RIZANDO EL RIZO  El espejo de la multitud - Mujer es Más -

RIZANDO EL RIZO  El espejo de la multitud

 

“A veces no vamos a ver el partido: vamos a sentir que existimos en compañía.”

A Salomón y Rafael Berenzon, aficionados de excelencia.

Por. Boris Berenzon Gorn

 

El fútbol no empieza cuando rueda el balón. Empieza mucho antes, cuando la ciudad se altera. Hay una hora imprecisa en la que las calles dejan de ser tránsito y se convierten en expectativa. El trayecto importa tanto como el destino: la conversación en la esquina, la cerveza que inaugura el ánimo, el rumor que crece en el vagón del Metro como si ya se estuviera jugando algo decisivo. Nadie lo dice, pero todos lo saben: el partido comienza en el movimiento.

Ese movimiento no es inocente. Es una forma de orden que se disfraza de espontaneidad. Cada quien cree ir por su cuenta, pero termina entrando en una cadencia común. Se canta lo que ya estaba en el aire, se celebra como si se hubiera ensayado, se grita con una voz que parece prestada. El individuo no desaparece: se diluye lo suficiente para no estorbar al ritmo colectivo. Y en esa disolución hay un alivio antiguo, casi primitivo: dejar de ser uno solo por un instante.

La ciudad es el verdadero escenario. El estadio apenas concentra lo que ya venía ocurriendo. Todo participa: los vendedores, los policías, los semáforos, la impaciencia del tráfico. Cada elemento suma a una coreografía irregular que nadie dirige del todo, pero que tampoco es azar puro. Hay una inteligencia difusa en la multitud, una especie de acuerdo tácito que permite que miles de cuerpos se muevan sin colapsar… o casi.

Porque no todo movimiento es libertad. Ahí aparece la primera incomodidad. La pasión, que creemos indomable, también tiene horarios, rutas, precios, accesos. Está contenida por una arquitectura precisa. Se nos permite movernos, pero dentro de un mapa. Y, sin embargo, siempre hay fisuras: un canto que se desborda, una ola que no pidió permiso, una risa que rompe la solemnidad del espectáculo. En esas grietas se cuela lo vivo.

México añade su propio matiz a esta escena. Aquí el fervor convive con la ironía. El aficionado no sólo vibra: comenta, exagera, se burla, se mira a sí mismo participando. Hay una especie de doble registro: se está dentro y fuera al mismo tiempo. Se cree y se duda. Se celebra, pero también se observa la celebración. Tal vez por eso nuestras coreografías son menos pulcras y más humanas: están llenas de ingenio, de torpezas, de hallazgos inesperados.

El riesgo aparece cuando esa conciencia se pierde. Cuando la energía colectiva deja de ser danza y se vuelve empuje. Cuando el cuerpo del otro deja de ser compañero y se vuelve obstáculo. La frontera es tenue. La fiesta puede cambiar de tono sin aviso. Y entonces el estadio, que prometía encuentro, revela su otra cara: la de un espacio donde también se ponen a prueba nuestros límites como sociedad.

Foto: Pixabay

El Mundial de 2026 será, en ese sentido, algo más que una competencia. Será un espejo amplificado. No sólo veremos selecciones: nos veremos a nosotros mismos organizando —o desorganizando— nuestra manera de estar juntos. Las ciudades anfitrionas no serán simples sedes: serán textos abiertos donde se leerán nuestras formas de convivencia. Cada llegada, cada fila, cada canto, cada silencio dirá algo de lo que somos capaces de construir en común.

Lo mismo ocurre en los conciertos. Cambia el pretexto, no la lógica. Ahí también hay una búsqueda de sincronía. Miles de personas que, por unas horas, quieren latir al mismo tiempo. El escenario es un punto de fuga, pero la verdadera experiencia ocurre en el público: en esa sensación de estar siendo parte de algo que nos excede. El coro colectivo tiene algo de refugio, de tregua frente a la fragmentación cotidiana.

Pero incluso en ese abrazo aparece una tensión. Cuanto más compartida es la emoción, más se cuela el deseo de distinguirse. El teléfono levantado no sólo guarda un recuerdo: certifica una presencia. La emoción no basta si no queda registrada. Se canta, pero también se muestra que se canta. La multitud, en el fondo, se contempla a sí misma. Y en ese gesto se insinúa una forma de narcisismo que ya no es individual, sino compartido.

Entonces la pregunta se vuelve inevitable: ¿nos movemos porque queremos o porque el movimiento ya estaba dispuesto? ¿La pasión nos pertenece o simplemente la habitamos por un momento? Tal vez no haya que elegir una sola respuesta. Tal vez el desafío consista en reconocer esa ambivalencia: aceptar que somos parte de una coreografía mayor, pero sin renunciar a la conciencia de nuestros pasos.

Porque ahí está la clave. No en detener la danza, sino en saber que bailamos. En entender que cada gesto suma a un lenguaje común. Y que ese lenguaje no sólo expresa lo que sentimos, sino que moldea lo que podemos llegar a ser.

El fútbol, como los conciertos, es una forma de encuentro que revela tanto como oculta. Nos muestra en nuestra capacidad de celebrar juntos, pero también en nuestra tendencia a repetir sin pensar. Es una coreografía imperfecta, sí, pero profundamente reveladora.

Si algo nos deja el espectáculo que se aproxima —ese Mundial de 2026 que ya respira en las ciudades— no es únicamente la promesa del juego, sino la evidencia de una forma de estar juntos. La multitud, vista con detenimiento, deja de ser un accidente para convertirse en un texto. Un texto que se escribe con cuerpos, con desplazamientos, con gestos repetidos y con irrupciones inesperadas. Un texto que habla de cultura, de sociedad y, sin decirlo explícitamente, de política.

Foto: Pixabay

La cultura aparece ahí como una memoria en movimiento. No como una tradición fija, sino como una práctica que se rehace cada vez que miles de personas deciden cantar lo mismo, mirar hacia el mismo punto, reaccionar al unísono. Hay en la grada una pedagogía invisible: aprendemos a pertenecer repitiendo, a reconocernos en el eco de otros, a sentirnos parte de algo que no nos pertenece del todo. Pero también, y ahí está la riqueza, introducimos variaciones. Un gesto distinto, una ironía, una manera propia de habitar el ritual. La cultura, en ese sentido, no es sólo herencia: es improvisación compartida.

En el plano social, la multitud funciona como un espejo incómodo. Nos gusta pensarla como comunidad, pero también es un espacio donde se exhiben nuestras tensiones. Ahí conviven la solidaridad espontánea y la exclusión automática, la alegría compartida y el impulso que desborda. Lo que ocurre en la grada no es ajeno a la vida cotidiana: es su condensación. Se ensayan, en pocas horas, formas de convivencia que en otros espacios se diluyen. Por eso la multitud fascina y preocupa al mismo tiempo: porque muestra, sin filtros, de qué estamos hechos cuando dejamos de ser individuos aislados.

Y en ese punto aparece la dimensión política, no como discurso, sino como práctica. La organización del espacio, la regulación de los flujos, la vigilancia, los accesos, los precios: todo configura una manera de ordenar a la multitud. No es casual. El espectáculo contemporáneo no sólo convoca emociones, también las administra. Decide dónde se puede estar, cómo se puede circular, cuánto cuesta participar. La pasión, que creemos libre, está inscrita en un sistema de decisiones. Y, sin embargo, nunca es completamente domesticable. Siempre hay desvíos, apropiaciones, pequeños gestos que escapan al guion.

Ahí radica, quizá, la potencia y el riesgo. La multitud puede ser un espacio de encuentro o un territorio de manipulación. Puede abrir experiencias de comunidad genuina o reproducir inercias que evitan toda reflexión. Puede ser celebración o puede ser síntoma. Todo depende —y esta es la parte más exigente— del grado de conciencia con el que la habitamos.

El Mundial de 2026 será, en ese sentido, una oportunidad y una prueba. No sólo para medir la capacidad organizativa de los países anfitriones, sino para observar cómo se configuran nuestras formas de convivencia en un contexto de visibilidad global. ¿Qué tipo de cultura mostramos cuando nos reunimos? ¿Qué tipo de sociedad se deja ver en nuestros modos de celebrar, de contenernos, de reaccionar? ¿Qué tipo de política se filtra en la manera en que se gestiona —o se desborda— la multitud?

Tal vez la pregunta de fondo no sea qué tanto nos movemos, sino hacia dónde. Porque moverse no siempre implica avanzar. Y la multitud, con toda su fuerza, puede ser también un círculo: un giro constante que da la impresión de cambio sin modificar el fondo.

De ahí la urgencia de pensarla. No para desactivarla —eso sería negar uno de los pocos espacios donde todavía nos sentimos juntos—, sino para habitarla de otro modo. Con más conciencia, con más cuidado, con una comprensión más clara de lo que ahí se juega.

Porque en esa coreografía —imperfecta, vibrante, excesiva— no sólo se expresa la pasión por un deporte o por un espectáculo. Se ensaya, sin saberlo del todo, una forma de sociedad. Y en ese ensayo, siempre abierto, se decide algo más que un resultado: se decide cómo queremos convivir.

Ilustración. Diana Olvera

Manchamanteles

Las coreografías del fútbol son escrituras del cuerpo en tiempo real: a ratos precisas, a ratos caóticas. En algunos estadios se vuelven mosaicos casi calculados; en otros, estallan como oleadas impredecibles. En México, ese vaivén entre orden e improvisación termina siendo una firma cultural: sabemos organizarnos, pero también sabemos desbordarnos. Y en ese equilibrio inestable se juega buena parte de lo que somos.

Narciso el obsceno

Hoy la afición no sólo busca apoyar: busca verse apoyando. En el reflejo de la multitud, cada quien intenta confirmar que estuvo ahí, que sintió, que perteneció… aunque sea por un instante.

¡Felices Pascuas!

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