La inclusión financiera de las mujeres: el espejismo del acceso - Mujer es Más -

La inclusión financiera de las mujeres: el espejismo del acceso

Por. Patricia López Rodríguez*

 

En los últimos años se ha instalado una narrativa optimista: cada vez más mujeres tienen cuentas bancarias. A nivel global, el 73% de las mujeres en países de ingreso medio y bajo ya está dentro del sistema financiero y la brecha de género se ha reducido. A primera vista, parecería que el problema de la inclusión financiera está resuelto.

Pero no lo está.

Detrás de estas cifras hay una realidad mucho más compleja, y menos cómoda: tener una cuenta no significa estar realmente incluida. La inclusión financiera de las mujeres sigue siendo, en muchos casos, un espejismo.

Cuentas sin uso, inclusión sin poder

En México, el acceso a servicios financieros ha crecido, en buena medida impulsado por programas sociales. Millones de mujeres hoy reciben transferencias a través de cuentas bancarias. Sin embargo, esto no necesariamente implica autonomía económica ni capacidad de decisión.

La evidencia es clara: muchas de estas cuentas tienen saldos bajos, uso limitado y poca vinculación con otros productos financieros. Es decir, son puertas de entrada… que no conducen a ningún lado.

El problema no es menor. Una inclusión basada únicamente en el acceso genera estadísticas favorables, pero no transforma las condiciones de vida de las mujeres.

Un sistema financiero diseñado sin mujeres

Parte del problema es estructural: el sistema financiero no está diseñado para las mujeres.

La mayoría de los productos financieros asume ingresos estables, empleo formal y disponibilidad de activos como garantía. Pero la realidad de millones de mujeres, particularmente en México, es distinta: ingresos intermitentes, alta informalidad, menor acceso a propiedad y una carga desproporcionada de trabajo no remunerado.

En estas condiciones, no sorprende que muchas mujeres queden fuera del crédito formal o que prefieran mecanismos informales como tandas o préstamos entre redes cercanas.

El problema no es que las mujeres “no usen” el sistema financiero. El problema es que el sistema financiero no está hecho para ellas.

Más responsables, menos reconocidas

Paradójicamente, cuando las mujeres sí participan en el sistema financiero, lo hacen bien. Diversos estudios muestran que son más constantes en el ahorro, mantienen relaciones financieras más estables y presentan buenos historiales de pago.

Y, aun así, reciben menos.

Las mujeres acceden a créditos de menor monto, tienen menos oportunidades de escalar hacia productos financieros más sofisticados y enfrentan mayores restricciones en seguros y pensiones.

Esto no solo es una desigualdad: es una falla del sistema. Se está subutilizando a un grupo de usuarias que ha demostrado ser financieramente confiable.

La trampa invisible: tiempo, cuidados y exclusión

Hay una dimensión que rara vez aparece en las estadísticas, pero que es central: el tiempo. Las mujeres dedican muchas más horas al trabajo no remunerado, cuidado de hijos, personas mayores, tareas del hogar.

Esta “pobreza de tiempo” limita su participación en el mercado laboral, reduce sus ingresos y, en consecuencia, su acceso al sistema financiero.

No se trata solo de abrir más sucursales o lanzar más apps orientadas a las mujeres.

Se trata de reconocer que la exclusión financiera está profundamente ligada a la desigualdad en la organización social del cuidado.

Digitalización: ¿solución o nueva brecha?

La digitalización ha sido presentada como la gran solución. Pagos móviles, banca digital, Fintech. Sin duda, hay avances importantes.

Pero también hay riesgos.

El acceso a teléfonos inteligentes, conectividad y habilidades digitales sigue siendo desigual. Y cuando estas condiciones no están garantizadas, la digitalización puede convertirse en una nueva forma de exclusión.

No basta con digitalizar servicios.

Hay que asegurar que las mujeres puedan usarlos, entenderlos y beneficiarse de ellos.

Lo que realmente está en juego

Hablar de inclusión financiera de las mujeres no es hablar de cuentas bancarias. Es hablar de poder económico.

Cuando las mujeres tienen acceso efectivo a servicios financieros, cambian las decisiones dentro del hogar, aumentan las inversiones en educación y salud, y se fortalece la resiliencia ante crisis.

No es casualidad que el Banco Mundial insista en que cerrar esta brecha es clave para el crecimiento económico y la reducción de la pobreza.

Pero ese cierre no ocurrirá con medidas superficiales.

De la inclusión simbólica a la transformación real

La agenda pendiente es clara, pero exige ir más allá de los lugares comunes.

Primero, diseñar productos financieros con perspectiva de género. No adaptaciones marginales, sino rediseños que consideren ingresos variables, trayectorias laborales interrumpidas y necesidades específicas.

Segundo, invertir seriamente en educación financiera. No como un complemento, sino como una condición necesaria para el uso efectivo de los servicios.

Tercero, reconocer el papel del Estado. Sin sistemas de cuidados, sin políticas que reduzcan la informalidad y sin marcos legales que garanticen igualdad de acceso, la inclusión financiera seguirá siendo limitada.

Y cuarto, medir mejor. Mientras sigamos evaluando el éxito en función del número de cuentas abiertas, seguiremos confundiendo acceso con inclusión.

La pregunta incómoda

La pregunta no es cuántas mujeres tienen una cuenta bancaria.

La pregunta es: ¿cuántas mujeres tienen realmente control sobre su dinero y capacidad de decidir sobre su futuro?

Hasta que no respondamos esa pregunta con honestidad, la inclusión financiera seguirá siendo, en buena medida, una promesa incumplida.


*Profesora de Economía de la Escuela de Ciencias Sociales y Gobierno del Tecnológico de Monterrey

Related posts

COLUMNA INVITADA  Igualdad y paz ausentes

RETROVISOR 20 años, gracias

RIZANDO EL RIZO  Matar para ser visto