Por. María del Socorro Pensado Casanova
X: @mariaaspc / IG: @pcasanovams
“Vivir leyendo, leyendo
mientras la paz en el mundo
no se nos vaya muriendo.”
Rafael Alberti, La primavera ha venido, 1924.
La negociación internacional se ha presentado históricamente como un espacio neutral, racional y estratégico. Un terreno donde los Estados dialogan, ceden y acuerdan. Pero esa neutralidad resulta una ilusión. Detrás de cada proceso de negociación existen estructuras de poder que determinan quién participa, quién decide y quién asume las consecuencias.
El conflicto entre Israel y Palestina es un ejemplo claro de esta tensión. Durante décadas, ha sido objeto de múltiples intentos de negociación, mediación y acuerdos que, en su mayoría, no han logrado construir una paz duradera. Sin embargo, más allá de sus dimensiones geopolíticas, los conflictos prolongados, las crisis humanitarias y los procesos de paz impactan de manera diferenciada a las mujeres.
En la vida cotidiana, las mujeres palestinas enfrentan restricciones a la movilidad, dificultades para acceder a servicios básicos y una constante precarización de sus condiciones de vida. La ocupación, los desplazamientos y la fragmentación territorial no solo afectan el territorio, sino también los cuerpos, los tiempos y las posibilidades de vida. En ese contexto, muchas mujeres asumen una carga desproporcionada de cuidados, sosteniendo a sus familias en medio de la incertidumbre.
Las mujeres israelíes, por su parte, también viven en escenarios marcados por la violencia, la inseguridad y la tensión permanente. Aunque sus experiencias son diversas y atravesadas por múltiples factores, lo cierto es que también enfrentan los efectos de un conflicto que se ha normalizado en la vida cotidiana.
Sin embargo, a pesar de que las mujeres viven el conflicto, lo resisten y lo sostienen, rara vez participan en la construcción de las soluciones. Las mesas de negociación continúan siendo espacios dominados por liderazgos masculinos, donde las decisiones se toman desde una lógica que prioriza la seguridad estatal, el control territorial y el equilibrio de poder, dejando en segundo plano la vida cotidiana de las personas.
Esta exclusión no es menor. No se trata únicamente de un problema de representación, sino de una limitación estructural para la construcción de la paz. Cuando las negociaciones se centran exclusivamente en intereses estatales y en dimensiones militares o territoriales, se pierde de vista que la paz implica mucho más que la ausencia de guerra. Implica condiciones dignas de vida, acceso a derechos, seguridad humana y justicia.
Las crisis humanitarias que acompañan a los conflictos prolongados profundizan aún más estas desigualdades. En contextos donde los recursos son escasos y las instituciones se debilitan, las mujeres suelen asumir el papel de sostener la vida. Son ellas quienes enfrentan mayores riesgos de violencia, incluida la violencia sexual, la explotación y el abuso, mientras buscan garantizar la supervivencia de sus familias.
A pesar de esta realidad, los procesos de negociación continúan reproduciendo las mismas lógicas de exclusión. Las mujeres están subrepresentadas y sus experiencias, conocimientos y propuestas son sistemáticamente relegadas.
Incorporar una perspectiva de género en la negociación no significa únicamente incluir a las mujeres en la mesa. Significa transformar la forma en que entendemos los conflictos y las soluciones. Implica reconocer que la paz no puede construirse si no se atienden las desigualdades estructurales que atraviesan a las sociedades.
Las mujeres israelíes y palestinas han demostrado, a lo largo del tiempo, que existen otras formas de construir paz. Desde organizaciones comunitarias hasta iniciativas de diálogo, han generado espacios de resistencia y de encuentro que cuestionan la lógica de confrontación permanente. Sin embargo, estas iniciativas suelen ser invisibilizadas o relegadas a un plano secundario.
Reconocer el impacto diferenciado de los conflictos en las mujeres no es un gesto simbólico, es un paso fundamental para replantear la negociación internacional. Es entender que la paz no se construye únicamente desde el poder, sino desde la vida cotidiana de quienes la habitan.
La comunidad internacional ha avanzado en el reconocimiento de esta necesidad a través de instrumentos como la agenda de mujeres, paz y seguridad. Sin embargo, la distancia entre el discurso y la práctica sigue siendo profunda.
Cerrar esa brecha implica algo más que voluntad política. Implica transformar las estructuras, los enfoques y las prioridades. Implica reconocer que las mujeres no son únicamente víctimas de los conflictos, sino también actoras clave en su transformación.
Negociar la paz sin las mujeres es dejar fuera una voz e incompleta la solución.