Por. Saraí Aguilar
X: @saraiarriozola
Al parecer, Claudia Sheinbaum pasó de ser la primera presidenta mujer en la historia del país a ser la mandataria de los segundos pisos y los planes “B”.
La más reciente reforma electoral que la presidenta envió en días pasados al Congreso es una versión alejada de los objetivos y prioridades de su primera propuesta de reforma constitucional en esa materia. Es una iniciativa al mínimo, que no toca el sistema electoral ni los privilegios de las cúpulas partidistas. Pero fue la reforma para la que el peso de su investidura y presencia le alcanzó a la presidenta para presionar a sus otrora incondicionales aliados, el Partido Verde y el Partido del Trabajo.
La primera propuesta, en la que se buscaba reducir el financiamiento a los partidos y el número de plurinominales, fue rechazada por los aliados de Morena en la coalición gobernante. En este segundo intento se busca consolidar la posibilidad de una súper elección en el año 2027, en la que podrían coincidir los comicios de diputados federales, 17 gubernaturas, 30 congresos locales y diversos ayuntamientos, con la elección de cargos judiciales y la consulta de revocación de mandato.
Y como en estas propuestas se nota la coincidencia y la continuación de lo que ella ha llamado “el segundo piso de la cuarta transformación”, la oposición no ha pasado por alto esta circunstancia y ha señalado los intentos de reforma electoral como la evidencia de que la presidenta no actúa de forma autónoma e independiente, sino a las órdenes de las instrucciones giradas por el expresidente Andrés Manuel López Obrador. Críticas a las cuales la mandataria ha contestado precisamente desde las conferencias matutinas, de la misma manera que solía hacerlo el tabasqueño.
“Piensan que hay un hombre atrás de nosotras”, ha afirmado Sheinbaum, sosteniendo que estas posturas buscan desacreditar la capacidad de decisión de las mujeres en la vida pública. “Sí es muy machista, vamos a decirlo así, que las mujeres no tenemos libre albedrío, que las mujeres dependemos de otros, que no podemos tomar nuestras propias decisiones, que necesariamente hay un hombre atrás de nosotras que nos está diciendo qué hacer. También tiene esa concepción, pero están muy equivocados”.
“Cada uno con su estilo, su forma de ser. López Obrador nació en Macuspana, Tabasco. Yo nací en la Ciudad de México. Él es hombre y yo soy mujer. Él tiene ciertas ideas sobre ciertos temas, yo tengo otras”, ha dicho Sheinbaum, defendiendo la continuidad del proyecto de transformación que encabeza.
El problema de la presidenta es que ella misma, al defenderse, se señala como si no contara con un plan de trabajo independiente. Pareciera que sólo se considera un segundo piso sin ser capaz de entender que el pueblo la eligió para tener su propia vía, su propia ruta de gobierno.
Y a esto se suman no sólo las críticas de sus adversarios, sino de sus propios correligionarios. En las asambleas el grito que los une es el honor de estar con Obrador, sin que nadie considere el honor de estar con Claudia. La presidenta habría de revisar si es machismo o violencia de género. Los comentarios que la ponen al servicio del expresidente en esta ocasión solamente señalan lo que es evidente.