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RIZANDO EL RIZO  Clase media: ser o no ser (cuando el futuro se paga a meses)

Por. Boris Berenzon Gorn 

X: @bberenzon

 

La clase media no se define por lo que posee, sino por lo que teme perder. No es una clase en sentido rígido ni una cifra estable en una tabla estadística. Es, más bien, una experiencia social, una forma de habitar el mundo marcada por la administración constante del riesgo. Vive entre recibos, calendarios y plazos. Su identidad no descansa en la abundancia, sino en el equilibrio: llegar a fin de mes, sostener una rutina, mantener un estándar de vida que nunca termina de sentirse seguro.

Durante buena parte del siglo XX, la clase media fue el gran relato optimista de la modernidad. Representó la promesa de movilidad, la creencia en que el esfuerzo individual encontraba respaldo institucional. Estudiar tenía sentido, trabajar rendía frutos, ahorrar construía futuro. La vida se imaginaba como una escalera: lenta, quizá, pero ascendente.Hoy esa escalera existe, pero tiembla. Y a veces se mueve en dirección contraria.

Hablar de la clase media hoy no es un ejercicio estadístico ni un gesto afligido: es intentar comprender a la mayoría social. En buena parte del mundo, y de manera cada vez más visible en México, las clases medias constituyen el centro demográfico y simbólico de la vida pública. Sostienen el consumo, alimentan el sistema educativo, producen buena parte de la cultura urbana, pagan impuestos, votan, opinan, discuten. En ellas se concentra algo más profundo que el ingreso: la idea de normalidad social.

Cuando una sociedad imagina su vida cotidiana —la familia que trabaja, el estudiante que aspira a un título, la pareja que compra una casa a crédito, el trabajador que espera el aumento anual— suele imaginar una vida de clase media. Es allí donde se proyecta el sueño modesto de estabilidad: no la riqueza extraordinaria, sino la posibilidad de una vida previsible.

Por eso observar a la clase media resulta tan revelador. En sus hábitos, en sus temores, en sus aspiraciones, se reflejan las mutaciones profundas de una época. Las clases medias son espejos sociales: condensan identidades, estilos de vida, nociones de éxito, expectativas morales. Estudiarlas es estudiar cómo una sociedad se piensa a sí misma. Pero ese espejo hoy está lleno de fisuras.

La clase media contemporánea no vive un fracaso moral, sino una crisis estructural de expectativas. No asciende: se sostiene. No proyecta: calcula. Ha cambiado el verbo central de su experiencia: ya no es progresar, sino resistir. La pregunta que la acompaña no es “¿qué quiero ser?”, sino “¿qué puedo seguir pagando?”.

Por eso es una clase inestable. No por inconsistencia ética, sino porque habita una cornisa histórica. Vive entre dos abismos: el de la caída siempre posible y el del ascenso cada vez más improbable. Enfermedad, inflación, renta, colegiatura, deuda, inseguridad: cada una es una grieta. Juntas forman un suelo que cruje bajo los pies.

A la clase media se le sigue exigiendo responsabilidad individual en un mundo que dejó de ser estructuralmente responsable con ella. Se le predica mérito mientras las reglas cambian sin aviso. Se le exige planeación en una época de shocks. Se le pide paciencia cuando el salario pierde carrera frente a los precios. El mérito ya no garantiza estabilidad; apenas sostiene la autoestima.

En ese desplazamiento ocurre una mutación silenciosa: la estabilidad deja de ser un derecho social implícito y se convierte en un privilegio que debe conquistarse, defenderse y, muchas veces, financiarse. La clase media internaliza entonces una lógica cruel: si algo falla, la culpa es propia. El fracaso se privatiza; la estructura desaparece del relato.

Aquí emerge el nuevo sacramento civil: la deuda. No como exceso, sino como respiración asistida. Ya no se endeuda sólo quien quiere más, sino quien quiere seguir siendo. La tarjeta de crédito no es lujo: es amortiguador. Pagar a meses no es capricho: es una forma de extender el presente cuando el futuro se encoge.

En este contexto, el consumo ocupa un lugar que antes pertenecía al porvenir. La clase media compra no sólo objetos, sino señales de estabilidad. Compra tranquilidad simbólica, pertenencia, continuidad. Si no puede garantizar mañana, al menos puede mostrar hoy. Si no puede asegurar el suelo, puede decorar la cuerda floja.

Las redes sociales intensifican esta dinámica. La vida se vuelve performativa. El éxito deja de ser proceso y se convierte en narrativa. La identidad se gestiona como marca personal. El emprendimiento se presenta como solución universal y la precariedad se disfraza de épica motivacional. “Si no te va bien, es porque no te esforzaste lo suficiente”. La desigualdad se convierte en coaching. Pero el cuerpo sabe. El cansancio no se puede editar.

Por eso proliferan los memes del Godínez, la quincena celebrada como acontecimiento, la ironía defensiva frente a la adultez. Nos reímos porque no sabemos qué hacer con el miedo. El humor es el último refugio cuando la estabilidad se vuelve un recuerdo.

La clase media es políticamente volátil no por ignorancia, sino por herida. No se moviliza sólo por políticas públicas, sino por dignidad. Se siente señalada cuando se le caricaturiza; manipulada cuando se le promete; invisible cuando cumple y no alcanza. En ese punto, la polarización encuentra su combustible más eficaz.

La discusión pública deja de ser material y se vuelve moral. Ya no se debate qué funciona, sino quién merece. El lenguaje se envenena: aspiracionistas, fifís, resentidos, nacos. La clase media —ansiosa por definición— se convierte en campo de batalla simbólico. Y cuando la dignidad se percibe atacada, la razón se repliega y el rencor avanza.

La polarización contemporánea no nace del exceso de ideología, sino de la escasez de futuro compartido.

En el México actual la paradoja es especialmente aguda: nunca la clase media ha sido tan visible y nunca ha estado tan desprotegida. Es invocada en el discurso político, segmentada por el mercado, analizada por encuestas y algoritmos. Pero esa visibilidad no se traduce en resguardo, sino en exposición.

México crece en cifras, pero se encoge en certezas. Hay empleo, pero es frágil; hay crédito, pero es caro; hay educación, pero ya no garantiza movilidad; hay consumo, pero no tranquilidad. El horizonte se acorta y la vida se vuelve una gestión permanente del riesgo.

La clase media se siente sola frente al mercado, sola frente al Estado y, a veces, sola frente a sí misma, porque ha aprendido que pedir ayuda equivale a confesar fracaso.

México no sólo es desigual: es desemejante. Mundos sociales que ya no se reconocen conviven en el mismo territorio. En ese paisaje, la clase media queda atrapada en una zona de fricción permanente: demasiado “arriba” para ser considerada vulnerable, demasiado “abajo” para sentirse protegida. Sostiene servicios, paga impuestos, consume cultura, participa en la conversación pública… y, sin embargo, vive con la sensación de que todo puede perderse sin red.

Esa intemperie explica mucho de clima actual: el enojo, el repliegue al ámbito privado, la obsesión por la seguridad, la tentación del orden duro, la fatiga democrática. Cuando la vida cotidiana se vuelve una administración constante del miedo, la política deja de ser deliberación y se transforma en demanda urgente: que alguien controle esto.

Y, sin embargo, existe otra clase media menos visible y más valiosa: la que no grita, pero sostiene; la que no se radicaliza, pero tampoco abandona; la que sigue apostando por la educación, la cultura, la conversación, la vida común. Esa clase media silenciosa mantiene abierto el espacio del nosotros.

Pensar hoy a la clase media no es nostalgia ni contabilidad. Es una pregunta política mayor: ¿puede una democracia sostenerse cuando cumplir ya no basta?, ¿cuándo el esfuerzo no alcanza?, ¿cuándo la estabilidad se vive como privilegio y no como piso común?

Las clases medias no sólo sostienen economías; sostienen imaginarios. En ellas se construye la idea de que el mundo puede ser habitable, previsible, justo en alguna medida. Cuando ese imaginario se fractura, la sociedad entera pierde equilibrio.

La clase media no necesita sermones ni celebraciones vacías. Necesita instituciones que devuelvan horizonte, políticas que reduzcan el miedo cotidiano, un relato público que no la convierta en chivo expiatorio ni en fetiche electoral.

Porque un país donde la clase media vive en la intemperie no está simplemente en crisis: está aprendiendo a normalizar la precariedad. Y cuando la precariedad se vuelve costumbre, el futuro deja de ser proyecto y se convierte en mercancía.

Ser o no ser clase media hoy ya no es una cuestión de ingreso. Es una pregunta existencial: ¿vivir para pagar o pagar para vivir?, ¿consumir para existir o existir sin garantía?, ¿seguir creyendo en lo común o refugiarse en la supervivencia individual?

Cuando el futuro se compra a meses, no sólo se endeuda el bolsillo. Se endeuda la esperanza. Y una sociedad que financia su esperanza siempre termina pagando intereses demasiado altos.

Quizá por eso las clases medias viven en una paradoja silenciosa: son la mayoría, pero se sienten minoría; sostienen el mundo cotidiano, pero temen perderlo; trabajan para el futuro, pero el futuro parece trabajar contra ellas. Y aun así persisten.

Porque la clase media —con todas sus contradicciones— sigue creyendo en algo profundamente humano: que la vida común todavía vale la pena.

Ilustración. Diana Olvera

Manchamanteles

La clase media ama como administra su vida: con prudencia, con Excel emocional y con miedo al desbalance. Ama a plazos, con metas compartidas y riesgos calculados. Antes del “te quiero” viene el “¿nos alcanza?”, antes del arrebato el presupuesto, antes del deseo el seguro médico. El amor, para la clase media, no es una caída sino una inversión afectiva. Se firma sin notario, pero con cláusulas tácitas: estabilidad, horarios compatibles, afinidad de consumos, expectativas razonables. Se promete para siempre, pero se revisa cada fin de mes. Y, aun así, cuando el amor falla, no se rompe como tragedia griega sino como contrato mal negociado: duele, sí, pero sobre todo deja la sensación amarga de haber creído que la estabilidad también podía enamorarse.

Narciso el obsceno

El narcisismo de la clase media es miedo con vitrina: se exhibe para no caer.

 

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