Por. Guadalupe Salmorán y Adriana Segovia
Quizá has visto ese experimento que circula en redes. La escena es sencilla: un niño y una niña reciben dos platos cubiertos. Cuando los descubren, el del niño está lleno de dulces y el de la niña tiene bien poquitos, a veces ninguno. La niña, al ver su plato casi vacío, entristece. El niño la mira y no tarda en compartirle algunos de sus dulces para que ambos queden parejos.
Nadie necesita obligarlo ni convencerlo de hacerlo. Su gesto no es solo una (re)acción espontánea; es la toma de conciencia de que “algo está mal”. El reconocimiento de una injusticia frente a sí. La conexión de una persona con el pesar de otra. Una conexión que, además, acarrea una re-acción que impulsa a intervenir para reparar una injusticia.
El #8M es un día de lucha y de protesta social. Las mujeres salimos a las calles para ocupar el espacio público con nuestras cuerpas, para reunirnos con nuestra manada, para gritar —muchas veces, llenas de rabia, frustración o desesperación— frente las injusticias y violencias que vivimos todos los días.
Muchos creen que lo que nos motiva a las mujeres para hacer todo ese performance es el enojo. Pero si escuchan con atención, pronto advertirán que detrás de esa indignación hay algo más profundo: el sufrimiento que producen las discriminaciones, las violencias y marginaciones que padecemos por el simple hecho de ser mujeres. El patriarcado produce malestar, limita proyectos de vida y, en demasiados casos, cuesta vidas.
El dolor y el duelo reverberan como protesta en el espacio público: porque las injusticias que los originan no han desaparecido. La protesta social no solo se vincula a los costados más obscuros del espectro emocional. Salimos a las calles precisamente porque sabemos que este estado de cosas no es normal —ni debería serlo— y porque creemos que puede ser distinto.
Creemos que un componente para la construcción de la igualdad entre los géneros -premisa básica del feminismo- exige empatía. Para avanzar hacia una igualdad sustantiva se requieren cambios estructurales en los patrones sociales, económicos y culturales. Pero también hay un componente menos visible y no por ello menos importante: la capacidad de reconocer el dolor que otros, otras experimentan. La empatía no consiste solo en “ponerse en el lugar de otrx”, sino de resonar con su dolor, de conectar con su vulnerabilidad, aunque no necesariamente se conozca la experiencia.
En muchos espacios, especialmente entre sectores urbanos, universitarios o que se consideran liberales e igualitarios, hoy existe un mayor acuerdo en torno a la igualdad formal entre mujeres y hombres. Sin embargo, ese consenso convive todavía con prácticas cotidianas en las que la experiencia de las mujeres se minimiza o se invisibiliza de forma sistemática.
Dichas discriminaciones e injusticias se transforman en rabia, en indignación manifestada en la protesta social como las marchas del #8M, y otras veces se traducen en “pequeñas protestas” cotidianas. Algunos de los enojos y malestares de las mujeres son eso.
Reconocer ese malestar supone algo básico: admitir que ese dolor existe y que las injusticias que lo producen siguen presentes. Tal vez ahí está el punto de partida para avanzar hacia una sociedad más igualitaria: en esa capacidad, tan simple y tan poderosa, de advertir que algo está mal cuando vemos el plato de alguien más casi vacío. Y actuar, intervenir para reparar la injusticia.