RIZANDO EL RIZO  La perversión del miedo digital - Mujer es Más -

RIZANDO EL RIZO  La perversión del miedo digital

“Cuando la mentira se viste de algoritmo, la verdad necesita memoria,

coraje y altura humana.”

Por. Boris Berenzon Gorn 

X: @bberenzon

“Más vale una mentira que no pueda ser desmentida que una verdad inverosímil.” La frase atribuida a Goebbels no es solo un vestigio de la maquinaria propagandística del siglo XX; es un espejo incómodo del presente. Aquel siglo conoció ministerios de propaganda, censuras oficiales y monopolios de información. Hoy, la mentira ha encontrado formas más sofisticadas: circula sin rostro, se multiplica por algoritmos, se amplifica por millones de usuarios y se potencia mediante tecnologías capaces de fabricar imágenes, voces y documentos con verosimilitud inquietante.

Pierre Vilar escribió y pensó en circunstancias extremas. Historiador marxista formado en la tradición crítica francesa, vivió la Guerra Civil española con profunda implicación intelectual y fue prisionero tras la derrota francesa de 1940. En medio de la ocupación y la incertidumbre histórica, formuló una pregunta que no era retórica, sino moral: “En historia, señor coronel, ¿hay derrotas definitivas?”. No se trataba solo de una reflexión académica; era un acto de resistencia. Vilar comprendía que la historia no es una línea recta de fatalidades, sino un proceso abierto donde las correlaciones de fuerza pueden cambiar.

Cuando Vilar afirmaba que “la cultura es un sistema de referencias”, subrayaba que los hechos nunca circulan desnudos: siempre están inscritos en marcos interpretativos. Hoy, esos marcos se configuran en pantallas que deciden prioridades, jerarquizan temas y silencian otros. Lo que creemos espontáneo muchas veces responde a una arquitectura invisible que selecciona nuestra atención.

Los grandes eventos globales, como las Copas del Mundo, muestran con claridad esta dinámica. El fútbol, convertido en espectáculo planetario, condensa identidad nacional, orgullo colectivo y rivalidad histórica. En ese caldo emocional, la manipulación encuentra terreno fértil. Han circulado acusaciones sin sustento sobre arbitrajes comprados, teorías conspirativas sobre resultados predeterminados, estadísticas inventadas y declaraciones falsas atribuidas a protagonistas. En la era digital, videos fuera de contexto o generados con herramientas avanzadas se viralizan antes de que alguien contraste su autenticidad. La emoción precede a la verificación; la sospecha, al dato. Incluso en el caso de México, se ha invocado el fantasma de la posible pérdida de la Copa Mundial de este año para generar alarma infundada, cuando por el contrario la participación del país está confirmada oficialmente. Este tipo de rumores facciosos no busca información: busca manipular la percepción colectiva y mantener la atención en la incertidumbre, más que en la evidencia concreta.

Si el deporte moviliza pasiones, la seguridad pública moviliza temores. En operativos relevantes contra el crimen organizado, los rumores brotan casi de inmediato. Versiones no confirmadas sobre muertes o capturas, audios apócrifos, fotografías de otros lugares presentadas como recientes: el repertorio se repite. Tras la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, circularon múltiples versiones falsas que sembraron confusión. La velocidad de difusión supera con frecuencia la capacidad de verificación.

El mecanismo es revelador: primero se instala la versión; luego se multiplica; finalmente llega la aclaración, que rara vez alcanza el mismo impacto. La repetición crea apariencia de verdad. Pero la viralidad no sustituye la evidencia.

En medio de esta turbulencia narrativa, las instituciones de seguridad enfrentan un doble desafío: operativo y simbólico. El trabajo del Gabinete de Seguridad, de las Fuerzas Armadas y del Poder Ejecutivo se desarrolla bajo escrutinio constante y presión digital permanente. Evaluar su actuación exige datos verificables, análisis rigurosos y debate informado. Ni la idealización acrítica ni la descalificación basada en rumores fortalecen la vida democrática. La solidez institucional depende de resultados, transparencia y liderazgo responsable, no de la espuma efímera de la conversación digital.

Intentar ensombrecer la altura humana y el liderazgo del General Ricardo Trevilla Trejo resulta no solo injusto, sino incomprensible. Durante la operación de captura de Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, el general no solo coordinó con rigor táctico las acciones de las fuerzas armadas, sino que dio cuenta con transparencia de las bajas sufridas en sus filas. Su intervención en “La Mañanera”, al expresar con voz quebrada el pésame a los familiares de los soldados caídos y tomarse unos segundos para recomponerse antes de continuar, revela la mezcla de fortaleza, sensibilidad y compromiso que caracteriza su liderazgo. Ese gesto humano, ese respeto profundo por quienes sirven, lo convierte en un verdadero gigante moral y profesional, un referente que inspira confianza y orgullo en los mexicanos.

Otro fenómeno significativo es el uso tendencioso del humor. La sátira ha sido, desde la antigüedad, una forma legítima de crítica. Sin embargo, en la dinámica algorítmica contemporánea, el humor puede transformarse en arma de simplificación extrema: el meme reemplaza al argumento; la burla reiterada sustituye al análisis; la caricatura constante erosiona reputaciones sin ofrecer comprensión. Cuando la risa deja de cuestionar al poder y se limita a deshumanizar, se convierte en depredación simbólica. No persuade: estigmatiza. No abre diálogo: lo clausura.

Hannah Arendt advirtió que la destrucción deliberada de los hechos comunes mina el espacio donde la política puede existir. Si todo puede ser fabricado —imagen, audio, documento— la sospecha se vuelve universal. Y cuando todo es sospechoso, la confianza pública se desintegra. Esa erosión no afecta solo a gobiernos o instituciones; afecta la posibilidad misma de convivencia democrática.

Vilar sabía que la historia no avanza en línea recta. Su experiencia como prisionero en 1940 le enseñó que incluso en momentos de derrota aparente persiste la capacidad humana de recomponer fuerzas. Su pregunta sobre las derrotas definitivas resuena hoy frente al dominio algorítmico: ¿Está la verdad condenada a sucumbir ante la viralidad? No necesariamente. Pero su defensa exige conciencia histórica y determinación.

La alfabetización mediática se convierte en tarea cívica. Aprender a verificar antes de compartir, distinguir entre crítica fundada y rumor interesado, ejercer el humor con inteligencia y no con crueldad, reconocer la complejidad donde otros ofrecen simplificaciones seductoras: todo ello es parte de una ética pública indispensable.

La soberanía contemporánea ya no se disputa solo en fronteras físicas, sino en territorios simbólicos. Quien controla la narrativa influye en la percepción de legitimidad, estabilidad y liderazgo. Sin embargo, como enseñó Vilar, ningún proceso histórico está clausurado de antemano. La esfera pública digital puede degradarse en ruido permanente o consolidarse como espacio crítico y plural.

No hay derrotas definitivas mientras exista voluntad de pensar con rigor y actuar con responsabilidad. La verdad es frágil, pero no inerme. Su defensa exige memoria histórica, disciplina intelectual y ciudadanía consciente de que cada palabra compartida contribuye a modelar el mundo común.

Ilustración. Diana Olvera

Manchamanteles

La literatura no está fuera del ambiente digital. Los escritores contemporáneos utilizan redes para difundir obras y posicionarse. Pero la cultura literaria también se ve atrapada por la lógica de la visibilidad inmediata: reseñas rápidas, fragmentos citables, polémicas virales. La reputación puede construirse o destruirse en horas. Frente a esta transformación, la literatura puede optar por adaptarse al consumo acelerado o reafirmar su vocación crítica: complejizar donde la red simplifica; narrar donde la red grita; pensar donde la red reacciona.

Narciso el obsceno

En las redes, el narcisismo busca aplauso; los depredadores digitales buscan poder en el anonimato. ¿Hay derrotas definitivas?

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