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RIZANDO EL RIZO ‘Verosimilitud rentable’

Por. Boris Berenzon Gorn 

 

¿Y si el problema ya no fuera que nos mienten, sino que hemos aprendido a convivir con la mentira sin sobresalto? La duda no es menor: tal vez no habitamos una época engañada, sino una época adaptada al engaño. Una época en la que lo falso no escandaliza, apenas entretiene; no irrumpe, circula. La sospecha, que antes era alarma, hoy es atmósfera. Y en esa atmósfera la mentira no necesita disfraz: se presenta como versión, como lectura posible, como contenido.

Hubo tiempos en que la falsedad requería coartada, sombra, secreto. Hoy avanza a plena luz, como si fuera una opinión más en el mercado de las sensaciones. No se esconde: se promociona. No pide perdón: exige atención. La desinformación ya no es un error del sistema informativo; es una de sus formas de funcionamiento.

Vivimos la era de la verosimilitud rentable. Lo verdadero compite con lo emocionante, y lo emocionante casi siempre gana. Un dato requiere contexto; una falsedad sólo necesita ritmo. La verdad es lenta, argumentativa, a veces incómoda. La mentira, en cambio, viene editada para encajar con nuestros prejuicios, para confirmar lo que ya sospechábamos, para indignarnos con eficiencia. Y la indignación —he ahí el secreto— genera tráfico, y el tráfico genera dinero.

Hay, por tanto, una economía de la desinformación. No es metáfora: es modelo de negocio. Páginas que inventan titulares, cuentas que fabrican escándalos, videos manipulados que apelan al miedo o al odio. Cada clic es ingreso. Cada compartido es amplificación gratuita. La mentira ya no necesita ideología: le basta el algoritmo. El sistema premia lo que provoca reacción, no lo que produce comprensión. La atención se ha convertido en la moneda de cambio, y lo falso es barato de producir y carísimo de desmentir.

Pero el dinero es sólo una parte de la ecuación. La otra es el poder. La desinformación no busca tanto convencer como encuadrar. No pretende que todos crean, sino que nadie esté seguro de nada. Su objetivo no es la adhesión total, sino la erosión del suelo común. Cuando todo es dudoso, cualquier narrativa puede proclamarse legítima. La noticia falsa funciona como clima: crea atmósfera. Y en una atmósfera cargada de sospecha, el adversario deja de ser interlocutor para convertirse en amenaza.

Aquí aparece una paradoja inquietante: tanto quienes están dentro del poder como quienes buscan entrar lo usan. Los que gobiernan pueden convertir la crítica en “campaña de desprestigio” y la crisis en “guerra mediática”. Los que aspiran a gobernar pueden transformar errores en conspiraciones y dificultades en pruebas de colapso. La desinformación es una técnica de transición: sirve para conservar, pero también para desestabilizar. No es ideológicamente fiel; es estratégicamente útil.

Y en medio de esta espuma, emerge otra arma: la revelación de secretos. Vivimos bajo la fascinación del documento filtrado, el audio “exclusivo”, el video “que no querían que vieras”. Hay revelaciones necesarias, claro: el periodismo existe para exponer abusos reales. Pero también hay filtraciones convertidas en montaje, recortes de contexto, archivos presentados como verdad total cuando son apenas fragmentos cuidadosamente curados. El secreto, por sí mismo, no es verdad: es materia prima narrativa. En la era digital, una filtración puede ser menos una revelación que una puesta en escena.

El resultado es una crisis que ya no es sólo de verdad, sino de verosimilitud. Lo falso aprendió a parecer auténtico; lo auténtico, saturado de sospecha, parece sospechoso. La ciudadanía oscila entre la credulidad impulsiva y el cinismo absoluto. Se comparte sin leer, pero también se desconfía de todo. Y esa oscilación es políticamente fértil: un público exhausto de versiones puede terminar aceptando cualquier relato que prometa orden.

En México, como en muchas partes del mundo, esta dinámica encuentra un terreno fértil en la mensajería privada, en los ecosistemas de amplificación digital, en los ciclos electorales convertidos en batallas de narrativas. La desinformación viaja envuelta en confianza: “me lo mandó alguien cercano”. Y la cercanía emocional funciona como certificado de autenticidad. Desmentir después es como intentar detener humo con las manos.

El problema de fondo no es tecnológico, aunque use tecnología. Es cultural y político. La democracia se sostiene sobre un pacto frágil: la existencia de una realidad compartida, aunque discutida. Sin ese suelo común, no hay deliberación posible, sólo tribus que gritan desde burbujas paralelas. La política se vuelve espectáculo de sobresaltos; la ciudadanía, audiencia permanente de escándalos sucesivos. La ebullición sustituye al juicio.

¿Qué hacer, entonces? No basta con más datos. La verdad necesita infraestructura: transparencia en la publicidad digital, responsabilidad de plataformas, educación crítica que enseñe a reconocer el montaje emocional, fortalecimiento de medios que investiguen con rigor. Pero, sobre todo, necesita una decisión cultural: recuperar el valor de la duda lenta frente a la certeza instantánea.

Porque al final, la desinformación no destruye la verdad de un golpe. La diluye. La convierte en una voz más en el ruido general. Y una sociedad que ya no distingue entre lo verdadero y lo verosímil queda a merced de quien mejor administre las emociones.

Tal vez ese sea el núcleo de nuestra época: no vivimos en la era de la mentira triunfante, sino en la era de la verdad fatigada. Y una verdad cansada no desaparece; simplemente deja de circular. La tarea —intelectual, política, ética— consiste en devolverle circulación, incluso cuando no seduzca, incluso cuando incomode. Porque sin ese esfuerzo, la democracia no cae por asalto: se evapora, convertida en espuma informativa que brilla un instante y luego no deja rastro.

Ilustración. Diana Olvera

Manchamanteles 

El poder ha comprendido algo que las viejas propagandas apenas intuían: no necesita que la mentira sea perfecta, sólo que sea oportuna. Las noticias falsas funcionan como dispositivos de intervención rápida sobre la percepción pública: introducen duda donde había certeza, sospecha donde había confianza, ruido donde podía surgir deliberación. No construyen legitimidad sólida, pero sí desgastan la ajena; no convencen a todos, pero desorientan a muchos. Su eficacia política no reside en ser creídas sin fisuras, sino en fragmentar la experiencia compartida de la realidad. Cuando la ciudadanía discute qué es real antes de discutir qué es justo, el poder —cualquiera que lo ejerza— gana tiempo, margen y ventaja. La desinformación, así, no es un simple exceso del debate democrático: es una tecnología de gobierno sobre la atención, la emoción y la incertidumbre colectiva.

Narciso el obsceno 

El narcisismo comparte noticias falsas como quien se mira en un espejo: no busca verdad, busca aplauso.

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