RIZANDO EL RIZO La izquierda mexicana ante el intervencionismo - Mujer es Más -

RIZANDO EL RIZO La izquierda mexicana ante el intervencionismo

 

Genealogía de una conciencia crítica, crisis de una tradición política y disputa contemporánea por el sentido de la soberanía (siglo XX–2026)

(primera parte) 

La soberanía como conciencia histórica

 

Por. Boris Berenzon Gorn 

 

Introducción

Violencia administrada, soberanía erosionada y el retorno del miedo como pedagogía política. Una de las advertencias más persistentes del pensamiento político del siglo XX es que la violencia no se normaliza por su brutalidad, sino por su administración. Hannah Arendt no se refería únicamente al horror explícito, sino a un proceso más sutil y peligroso: la transformación de la violencia en rutina, en procedimiento técnico, en solución funcional. Las sociedades modernas —advertía— no se acostumbran a la violencia porque la justifiquen moralmente, sino porque aprenden a convivir con ella como si fuera una condición natural del mundo.

El intervencionismo contemporáneo opera exactamente en ese registro. Ya no irrumpe como acontecimiento excepcional ni se presenta como conquista abierta, sino como pedagogía silenciosa del poder: enseña a aceptar la suspensión de la soberanía como un mal menor, como una medida responsable frente al desorden, como una intervención “necesaria” cuando la política parece haber fracasado. No se impone a gritos; se filtra como sentido común.

En México, esta pedagogía encuentra hoy un terreno ambiguo y fatigado. La violencia criminal, el desgaste institucional y la saturación emocional de la vida pública han producido un clima en el que la intervención externa comienza a ser imaginada, no como dominación, sino como solución extrema. El peligro no radica únicamente en la amenaza externa, sino en la disposición interna a aceptarla.

Sin embargo, este no fue siempre el horizonte de la izquierda mexicana. Durante buena parte del siglo XX, la izquierda se constituyó como algo más que una fuerza política: fue una conciencia histórica antiintervencionista, capaz de leer el poder externo no solo como amenaza militar, sino como entramado económico, cultural, simbólico y epistemológico. Supo entender que la soberanía no se perdía solo con tropas, sino también con narrativas, tratados, dependencias y silencios.

La tesis que guía este texto es clara y deliberadamente incómoda: la izquierda mexicana no ha abandonado formalmente la defensa de la soberanía, pero ha perdido la capacidad de convertirla en horizonte político compartido. En lugar de disputar el sentido del intervencionismo, lo administra como riesgo; en lugar de nombrarlo como estructura de dominación, lo trata como coyuntura diplomática. Este desplazamiento no es menor. Implica el paso de una izquierda que interpretaba el mundo a una izquierda que se limita a gestionarlo.

Walter Benjamin advertía que la experiencia histórica de los oprimidos enseña que el estado de excepción no es una anomalía, sino una regla que se reactualiza bajo nuevos nombres. El intervencionismo contemporáneo se presenta precisamente así: como excepción necesaria frente al caos. La pregunta que atraviesa este ensayo es, por tanto, profundamente benjaminiana y radicalmente actual: ¿qué ha ocurrido con una izquierda que antes denunciaba el estado de excepción y hoy parece resignarse a administrarlo?

El antiimperialismo como formación de conciencia histórica

Leer el poder para no naturalizarlo. A lo largo del siglo XX, la izquierda mexicana desarrolló una comprensión particularmente sofisticada del intervencionismo estadounidense. No lo pensó como una sucesión de episodios aislados —1847, Veracruz en 1914, la expedición punitiva de 1916—, sino como una continuidad estructural inscrita en la formación del Estado nacional y en su inserción subordinada en el sistema mundial.

La historiografía crítica mostró que el problema no residía únicamente en la intervención directa, sino en la manera en que México fue integrado a un orden económico y político profundamente asimétrico. De ahí que el antiimperialismo mexicano no fuera solo una postura defensiva, sino una escuela de lectura del poder. Enseñó a desconfiar de lo que se presenta como inevitable, a identificar los mecanismos mediante los cuales la dominación se disfraza de racionalidad.

En este sentido, la izquierda mexicana fue gramsciana antes de leer a Gramsci: comprendió que la dominación no se sostiene solo por la coerción, sino por la producción de consenso, por la construcción de sentido común, por la pedagogía de lo inevitable. El intervencionismo no imponía únicamente decisiones; imponía una manera de pensar el mundo.

Las universidades públicas, las normales rurales, los sindicatos y los movimientos estudiantiles fueron espacios centrales de esta pedagogía crítica. Allí, la soberanía no era una consigna ritual, sino un problema intelectual vivo: ¿quién decide?, ¿desde dónde?, ¿para beneficio de quién?, ¿con qué costos sociales y culturales?

La izquierda mexicana fue, durante décadas, una fábrica de preguntas incómodas. Ese fue su mayor valor histórico.

El cardenismo y la ambigüedad del Estado soberano

Cuando la soberanía se vuelve virtud… y riesgo

El cardenismo representó una síntesis excepcional: soberanía económica, justicia social y legitimidad popular articuladas desde el Estado. La expropiación petrolera no fue solo una decisión económica; fue un acto simbólico que convirtió la defensa de los recursos estratégicos en experiencia colectiva de dignidad política. La soberanía se volvió cuerpo, gesto, orgullo compartido.

Pero toda síntesis histórica contiene su sombra. La identificación profunda entre Estado y soberanía generó una ambigüedad persistente para la izquierda mexicana: cómo defender la soberanía desde el Estado sin convertir al Estado en objeto de lealtad acrítica. Cuando esa tensión se debilitó, la soberanía dejó de ser proyecto colectivo y comenzó a funcionar como argumento de autoridad.

1968: soberanía, democracia y autocrítica

El movimiento estudiantil de 1968 fracturó de manera irreversible esa identificación. Mostró que la soberanía podía invocarse para justificar la represión interna y que el antiintervencionismo podía coexistir con prácticas profundamente autoritarias.

La izquierda universitaria aprendió entonces una lección decisiva: no hay soberanía sin democracia, y no hay antiimperialismo legítimo sin crítica al poder interno. A partir de ese momento, el antiintervencionismo dejó de ser reflejo automático y se convirtió en problema ético-político.

La memoria política dejó de ser épica y se volvió conflictiva. La izquierda ganó complejidad, pero también perdió certezas fáciles. Ese fue, paradójicamente, uno de sus momentos más fértiles.

La izquierda mexicana no está derrotada, pero sí está desafiada. Su valor histórico no reside en gobernar, sino en pensar contra la corriente, en nombrar el peligro antes de que se vuelva costumbre, en recordar que la soberanía no es una cláusula jurídica, sino una experiencia colectiva. Mientras no recupere esa función crítica, seguirá administrando el miedo. Y administrar el miedo nunca ha sido una política emancipadora.

Ilustración. Diana Olvera

Manchamanteles 

Con el giro neoliberal, el intervencionismo mutó de forma. Ya no necesitaba tropas ni banderas; necesitaba tratados, reformas estructurales, dispositivos financieros y un lenguaje técnico que presentara la subordinación como racionalidad económica. La soberanía comenzó a erosionarse sin espectáculo.

El poder dejó de ocupar territorios para gobernar conductas. La intervención se volvió contractual, normativa, invisible. El daño ya no era inmediato, pero sí profundo y duradero.

El zapatismo reactivó la crítica al mostrar que la intervención podía ser legal y devastadora al mismo tiempo, y que la soberanía podía defenderse desde abajo, desde la autonomía comunitaria. No como nostalgia, sino como invención política.

Narciso obsceno

La izquierda ante su propio reflejo. Hoy, una parte de la izquierda mexicana corre el riesgo de convertirse en Narciso, pero no el joven trágico que muere por amor a su imagen, sino un Narciso obsceno, satisfecho con su reflejo institucional, incapaz de mirar el mundo más allá del espejo del poder. Un Narciso que confunde gobernar con tener razón, administrar con transformar, callar con ser responsable. El intervencionismo se vuelve imaginable cuando la imaginación política se agota. Y ese agotamiento no es solo externo; es también interno.

 

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