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RIZANDO EL RIZO El mundo en vilo: el fantasma de la guerra en 2026

Por. Boris Berenzon Gorn

 

La guerra no siempre irrumpe: a veces se instala.
No grita, administra.
No vence, organiza el miedo.

El año 2026 no se abre con el estruendo inequívoco de una guerra total, pero sí con su respiración constante, casi íntima. No es el estallido lo que define nuestro tiempo, sino la persistencia del conflicto como horizonte mental, como cálculo político, como atmósfera moral. La guerra ya no se anuncia: se insinúa. Se filtra en los discursos oficiales, en los mercados nerviosos, en los lenguajes cada vez más técnicos de la diplomacia y en la vida cotidiana de sociedades que han aprendido a convivir con la incertidumbre como forma de normalidad. Es un fantasma que no necesita cuerpo para ejercer poder; basta su posibilidad para reorganizar el mundo, para condicionar expectativas y para redefinir prioridades colectivas.

Vivimos una época en la que la paz ha dejado de ser un estado reconocible y se ha convertido en una excepción administrada. La normalidad contemporánea es la tensión permanente. No estamos entre guerras, sino dentro de una continuidad difusa en la que el conflicto adopta múltiples formas: militares, económicas, tecnológicas, simbólicas. La frontera entre guerra y paz se ha vuelto porosa, casi irrelevante. En ese umbral incierto se mueven los Estados, los mercados y las sociedades, aprendiendo a gestionar riesgos más que a imaginar futuros estables. La política ya no promete horizontes; ofrece contención.

Europa encarna con particular crudeza esta mutación. El continente que durante décadas se pensó como laboratorio de integración y superación de la violencia histórica se reconoce hoy vulnerable, expuesto, atravesado por miedos antiguos que regresan con ropajes nuevos. La guerra en su frontera oriental no solo ha reconfigurado mapas, alianzas y presupuestos militares; ha erosionado una certeza más profunda: la idea de que la interdependencia económica y la arquitectura institucional bastaban para domesticar la violencia. En 2026, Europa no debate únicamente su seguridad, sino su identidad política y moral. Se pregunta qué significa ser una comunidad de valores cuando la fuerza vuelve a ser argumento legítimo y la excepción se normaliza.

Pero Europa no es un único escenario. Es también una guerra interior: la fatiga social, la inflación persistente, la polarización política, la tentación de sacrificar libertades en nombre de la seguridad. La guerra, incluso cuando se libra lejos del territorio, termina por habitar las decisiones domésticas, el lenguaje público y la relación entre ciudadanía y poder. El conflicto exterior se convierte en pedagogía del miedo interior.

En el arco que va del Mediterráneo a Medio Oriente, la guerra se manifiesta como una combinación de confrontación abierta y amenaza latente. Allí el conflicto no solo destruye, también redefine legitimidades. Las treguas son frágiles, las negociaciones reversibles, y la reconstrucción se vuelve un nuevo campo de disputa. La violencia ya no busca necesariamente la victoria; busca administrar el equilibrio, mantener abierta la herida, impedir el cierre político del conflicto.

Irán ocupa en este paisaje un lugar central. En 2026, el país vive una tensión permanente entre la presión externa y la fractura interna. Hacia afuera, es un actor clave en el tablero energético y geopolítico, capaz de alterar equilibrios regionales y de tensar, con un solo movimiento, las relaciones entre potencias. Hacia adentro, enfrenta una sociedad cansada de la represión, de las promesas incumplidas y de una economía que no logra traducir soberanía en bienestar. Irán encarna una paradoja del presente: un Estado fuerte en su capacidad de disuasión externa y, al mismo tiempo, profundamente cuestionado en su legitimidad interna. Allí, la guerra no es solo una amenaza externa; es también una forma de gobierno del conflicto social.

Asia concentra, quizá con mayor nitidez, la gramática del mundo que viene. En esta región la guerra no siempre se expresa como urgencia, sino como posibilidad estratégicamente administrada. La competencia entre grandes potencias no se dirime solo con ejércitos, sino con tecnología, control de datos, cadenas de suministro, infraestructuras críticas y narrativas de futuro. El conflicto se desplaza hacia zonas grises: maniobras, bloqueos simbólicos, demostraciones de fuerza que buscan disuadir sin detonar. La diplomacia deja de ser persuasión moral y se convierte en técnica de sobrevivencia.

Rusia representa la persistencia del conflicto como método. Su política exterior no busca integrarse a un orden compartido, sino demostrar que ese orden es frágil, revisable, reversible. En su desafío a Occidente hay cálculo estratégico, pero también una dimensión simbólica: la afirmación de que la historia no ha terminado y de que la fuerza sigue siendo una herramienta válida para corregir agravios reales o imaginados. No se trata de construir una alternativa coherente, sino de erosionar la pretensión de universalidad del orden liberal.

En América, el espectro de la guerra adopta otra tonalidad. Aquí la violencia aparece menos como confrontación interestatal clásica y más como doctrina, advertencia, gesto de poder. Estados Unidos continúa actuando desde una lógica que combina pragmatismo estratégico y nostalgia hegemónica: invoca valores universales mientras los subordina a la eficacia; defiende la legalidad internacional mientras la interpreta como un instrumento flexible. La guerra, en este contexto, se presenta como operación puntual, como corrección quirúrgica, como excepción necesaria.

Venezuela se ha convertido en uno de los símbolos más inquietantes de esta lógica. En 2026, el país condensa varias capas de conflicto: colapso institucional, violencia criminal, crisis social prolongada y proyección geopolítica. La intervención externa, justificada en nombre de la seguridad y la legalidad, reabre en América Latina un debate que parecía clausurado: el de la soberanía condicionada y la legitimidad de la fuerza como herramienta de orden. Venezuela muestra cómo un conflicto interno puede ser absorbido por disputas globales, y cómo la guerra puede presentarse como restauración cuando, en realidad, inaugura nuevas formas de dependencia y fragilidad.

África sigue siendo el continente donde el conflicto se vuelve tragedia sostenida. Guerras civiles prolongadas, Estados fragmentados, milicias, desplazamientos masivos y economías de guerra convierten la violencia en rutina. Allí el conflicto no necesita grandes declaraciones: se vive en el hambre, en el éxodo, en la imposibilidad de planear el mañana. Es la forma más cruda del fantasma: aquella que no ocupa titulares constantes, pero devora vidas con regularidad implacable.

En este contexto, hablar de un “nuevo orden mundial” resulta engañoso. Lo que emerge no es un orden, sino una reconfiguración permanente. El mundo de 2026 se organiza en fragmentos: bloques que se repliegan, alianzas flexibles, acuerdos temporales, coaliciones circunstanciales. La globalización no desaparece, pero se vuelve selectiva; el comercio continúa, aunque bajo sospecha; la cooperación persiste, subordinada a cálculos de seguridad. La política internacional se asemeja cada vez menos a un sistema de reglas compartidas y más a un mercado de riesgos.

La guerra, en este escenario, no es solo destrucción: es negocio. La industria de la seguridad, la vigilancia y la tecnología prospera en la incertidumbre. El miedo se convierte en recurso económico y político. El conflicto produce ganadores discretos y perdedores evidentes. Mientras algunos capitalizan la inestabilidad, otros pagan el costo en forma de inflación, precariedad, desplazamiento y erosión de derechos. Incluso sin combate abierto, la guerra se traduce en desigualdad.

Pero el efecto más profundo de este fantasma no es militar ni económico, sino moral. En 2026 asistimos a una vulgarización de los valores. No porque hayan desaparecido, sino porque se han vuelto intercambiables. La defensa de los derechos humanos, la soberanía, la democracia o la legalidad internacional se invoca según convenga, se suspende cuando estorba, se adapta al interés inmediato. El lenguaje ético se instrumentaliza hasta perder densidad. La diplomacia ya no busca construir consensos duraderos, sino administrar conflictos sin que se desborden.

El fantasma de la guerra no actúa solo. Tiene actores concretos: Estados que convierten la fuerza en argumento; élites que administran el miedo como legitimación; complejos industriales y financieros que encuentran en la inseguridad una fuente constante de ganancia; plataformas tecnológicas que amplifican la lógica del conflicto en el espacio digital. A ellos se suman actores no estatales —corporaciones, ejércitos privados, redes de desinformación, grupos armados— que operan en zonas grises y diluyen responsabilidades. Incluso las sociedades participan cuando normalizan la retórica belicista o aceptan la erosión de derechos en nombre de la seguridad.

Pensar el fantasma de la guerra no implica aceptar su destino como inevitable. Reconocer su presencia puede ser el primer paso para desactivarlo. La historia muestra que los periodos de mayor tensión también han sido momentos de invención política. En un mundo atravesado por conflictos híbridos, la alternativa no es el pacifismo ingenuo ni el cinismo de la fuerza, sino una imaginación política capaz de reconstruir la legitimidad de la diplomacia, del derecho y de la justicia social.

El fantasma de la guerra en 2026 no es una profecía, sino una advertencia. Habita en las decisiones que se toman, en los silencios que se aceptan, en los valores que se relativizan. Pensarlo críticamente es una forma de resistirlo. Porque, al final, la verdadera batalla de nuestro tiempo no se libra solo en los frentes visibles, sino en la capacidad colectiva de imaginar un mundo donde la guerra deje de ser la gramática dominante del orden global y vuelva a ocupar el lugar que nunca debió abandonar: el de un fracaso de la política y de la razón.

La historia ofrece una advertencia persistente: las sociedades no se precipitan en la violencia solo por fanatismo o irracionalidad, sino por habituación. El mal no siempre se impone; muchas veces se administra con eficiencia. De ahí que el verdadero peligro de nuestro tiempo no sea únicamente la guerra que estalla, sino la guerra que se vuelve invisible, técnica, aceptable. Aquella que ya no escandaliza porque ha sido integrada al funcionamiento normal del mundo.

Frente a este escenario, la tarea intelectual y política no consiste en formular utopías desarmadas ni en refugiarse en el cinismo realista. Consiste en recuperar la capacidad de nombrar la guerra como lo que es: no una fatalidad histórica, sino una decisión humana, sostenida por estructuras, intereses y renuncias. Solo allí donde se restituye la responsabilidad —donde alguien vuelve a ser responsable— la política puede reaparecer como algo más que administración del miedo.

Ilustración. Diana Olvera

Manchamanteles 

El fantasma de la guerra no es una abstracción: tiene nombres propios y funciones precisas. Lo encarnan Vladimir Putin, que convierte la violencia en una herramienta de reescritura histórica y legitimación del poder; Xi Jinping, que administra el conflicto como latencia estratégica, haciendo del tiempo, la tecnología y la espera su principal arma; la presidencia estadounidense contemporánea —con Donald Trump como figura visible—, que sostiene la paradoja liberal de defender la democracia mediante sanciones, armas y excepciones jurídicas; Benjamin Netanyahu, para quien la seguridad deja de ser un medio y se transforma en identidad política permanente; Recep Tayyip Erdoğan, que usa la tensión bélica como recurso de equilibrio interno y externo; Vladímir Zelenski, símbolo trágico del liderazgo atrapado, donde incluso la resistencia justa queda absorbida por la lógica interminable del conflicto; y Kim Jong-un, que hace de la amenaza un espectáculo y de la catástrofe una puesta en escena disuasiva. A su alrededor orbitan ministros de defensa, burócratas de seguridad, CEOs del complejo militar-industrial, estrategas de think tanks, plataformas tecnológicas y mercados financieros que traducen la violencia en rentabilidad, mientras sociedades enteras normalizan la retórica bélica en nombre de la protección. Así, el fantasma se vuelve coral: una constelación de intereses, silencios y complicidades que mantiene viva la guerra incluso cuando no hay disparos, porque —y aquí la ironía— nunca hubo tantos discursos a favor de la paz pronunciados con tanta precisión desde la mira de un misil.

Narciso el obsceno 

El fantasma de la guerra y el narcisismo se alimentan mutuamente: uno necesita la amenaza permanente y el otro el reflejo constante, porque ambos convierten la destrucción en espectáculo y el poder en una imagen que exige adoración.

 

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