Por. Fernando Coca
X: @Fercoca
Es paradójico que el mayor beneficiario de las reformas electorales que se han registrado desde 1977 sea quien le dé sepultura a un organismo que, con todo y sus defectos, se convirtió en una de las instituciones más preciadas por la sociedad.
Pablo Gómez Álvarez, identificado como el plurinominal más activo en los últimos 50 años en nuestra vida pública, es quien le está dando una muerte anticipada a la institución electoral que le dio confianza a los electores para participar en la vida política de México.
Durante la vida institucional del Instituto Federal Electoral, convertido luego en Instituto Nacional Electoral, Pablo Gómez se oponía firmemente a que el Ejecutivo formara parte del Consejo General.
En 1989, en el debate para crear el IFE, Pablo Gómez acusaba al PRI de “establecer un nuevo sistema de organización electoral bajo control moderado, pero efectivo del oficialismo sobre diversos organismos de la gestión electoral”.
Un segundo objetivo, argumentaba Gómez Álvarez, era “lograr la sobrerrepresentación del partido que obtuviera la mayoría relativa a la mayoría absoluta de votos para que en la Cámara de Diputados contara con un número desproporcionado respecto a sus votos que le permitieran aplicar el programa legislativo del gobierno actual”.
Hoy, esos argumentos se escuchan del otro lado del escritorio desde donde se argumenta, igual que lo hacia Pablo Gómez de que el régimen de entonces requería de una “mayoría más fácilmente manejable, más cómoda, más encajonada en ciertas penurias circunstanciales y momentáneas, que permita con entera libertad aplicar un programa legislativo… que no ha sido consultado con el pueblo mexicano”.
Y si bien es cierto que Gómez criticaba la forma en la que serían nombrados los consejeros electorales, además de que una de las condiciones para que el diseño del IFE fuera viable, decía que no estaban en contra de la profesionalización de los funcionarios del instituto, “siempre y cuando sea imparcial”.
Hoy, quien fuera diputado plurinominal gracias a la reforma del 77, afirma que la reforma electoral que se propone no será producto del consenso entre las fuerzas políticas. Ese giro declarativo se contrapone a todo su discurso en medio siglo de actividad política.
Su exigencia de imparcialidad quedó sepultada al considerar que el INE, como organismo administrativo, no puede ser autónomo, pero debe tener independencia en sus resoluciones”.
En unos días veremos el incremento de declaraciones en torno a la Reforma Electoral que viene. El financiamiento a los partidos podría verse achicado; seríamos testigos de la cancelación de plurinominales como los conocemos hoy y se reconfiguraría la participación política de los ciudadanos y su posibilidad de acceder a los cargos públicos y, también, seríamos testigos de la creación de un instituto electoral que acote sus facultades a las de un organismo que sólo instale urnas, si es que la reforma Gómez tiene éxito.
Y mientras la mal llamada oposición sigue sin dar señales de vida. No sólo están derrotados en las urnas, se muestran incapaces de entender que ya no tienen el respaldo de su militancia, pero ni siquiera se han dado cuenta de ello.
(Si alguien tiene curiosidad de cómo debatía Pablo Gómez en los tiempo de la creación del IFE, les dejo la siguiente liga, https://legislacion.scjn.gob.mx/Buscador/Paginas/wfProcesoLegislativoCompleto.aspx?q=b/EcoMjefuFeB6DOaNOimHkx8mSqdNxzE6PfPtQFcoZ8SvMMCFcOLjFggNjMvbed2Wfb36SlQA1npiESL7CeTg== )