Por. Boris Berenzon Gorn
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En 2025, en pleno corazón de una era dominada por una lectura reduccionista de las ciencias exactas y la tecnología, fuertemente vinculada al positivismo y la creencia en un progreso continuo e indiscutido, surge una pregunta fundamental: ¿estamos realmente en crisis con las humanidades? Lejos de ser una preocupación marginal, las humanidades se revelan más necesarias que nunca. Disciplinas como la historia y la antropología ofrecen una ventana insustituible para comprender los intrincados procesos sociales, culturales y políticos que han dado forma a nuestra realidad. Enseñar estas áreas desde una perspectiva integradora, que aborde temas como la interculturalidad, los derechos humanos y la justicia social, no solo permite a los estudiantes memorizar hechos aislados, sino que los invita a entender la historia como un espejo del presente: un espacio para la reflexión que cuestiona las narrativas dominantes y revela las conexiones profundas entre el pasado y los desafíos contemporáneos. A cuarenta y cinco años de la publicación del libro ¿Historia para qué?, resulta pertinente reavivar esta interrogante en un momento en el que la historia sigue siendo un referente constante de nuestro tiempo.
Al integrar la historia y la antropología con otras disciplinas y saberes, los escolares desarrollan un pensamiento crítico que va más allá de la simple acumulación de datos. Este enfoque les permite entender la historia no como una sucesión de fechas y nombres, sino como un relato dinámico y vivo, donde los conflictos sociales, las tensiones económicas y las luchas culturales se entrelazan en una red compleja que sigue modelando nuestra realidad. Por ejemplo, al estudiar las revoluciones industriales, los estudiantes no solo exploran innovaciones tecnológicas, sino también las profundas transformaciones en las relaciones laborales y las dinámicas de poder que continúan influyendo en los movimientos laborales actuales, como las luchas por los derechos de los trabajadores en el siglo XXI.
Al profundizar en el estudio de las civilizaciones indígenas, los estudiantes tienen la oportunidad de explorar cómo las estructuras de poder, la religión y las prácticas agrícolas no solo formaban parte de una cosmovisión única, sino que también influían profundamente en las interacciones entre distintos pueblos. Un ejemplo destacado de esto es la expansión del Imperio Mexica, que no solo se limitó a la conquista militar, sino que también reconfiguró las dinámicas sociales, políticas y económicas en vastas regiones. La relación con los toltecas, ilustra cómo las interacciones entre culturas no siempre se reducen a una dicotomía de opresores y oprimidos, sino que pueden dar lugar a complejas alianzas estratégicas. De manera similar, en la región andina, el Imperio Inca implementó un sistema de mit’a, un servicio obligatorio que, además de facilitar el trabajo en las minas y la agricultura, desempeñaba un papel fundamental en la cohesión social y la expansión territorial, permitiendo la unificación de vastos territorios bajo un mismo sistema jerárquico.
Al abordar los movimientos de independencia en América Latina, los estudiantes no solo conocen a los grandes líderes como Simón Bolívar, José de San Martín o Miguel Hidalgo, sino que también comprenden las complejas realidades sociales que impulsaron estas luchas. La esclavitud, el racismo estructural hacia los pueblos indígenas y la explotación económica de las clases bajas son factores esenciales para entender las causas subyacentes de la emancipación. En este sentido, la Revolución Haitiana se presenta como un punto de inflexión no solo para la independencia en el Caribe, sino también como un símbolo de la lucha de los esclavizados contra la opresión colonial. Su impacto trascendió las fronteras de Haití, inspirando a movimientos en toda América Latina.
Además, al examinar estos movimientos, los alumnos descubren cómo las tensiones entre las élites criollas y las clases subalternas jugaron un papel decisivo en la configuración de los procesos revolucionarios. En la Revolución Mexicana, por ejemplo, las tensiones entre los grandes terratenientes y los campesinos indígenas fueron determinantes, ya que los primeros intentaban mantener el control sobre vastas extensiones de tierra, mientras que los segundos luchaban por la reforma agraria y el reconocimiento de sus derechos. Este mismo tipo de lucha se reflejó en la independencia de Argentina, donde la rivalidad entre las élites porteñas y las provincias del interior reveló las profundas divisiones sociales y regionales que aún persisten en la política latinoamericana. Estos movimientos, nacidos de un impulso común hacia la emancipación, estuvieron marcados por contradicciones internas que no solo evidencian las luchas contra el colonialismo, sino también los esfuerzos por reconfigurar las jerarquías sociales preexistentes.
Este enfoque multidisciplinario, que fusiona historia, antropología, sociología y economía, permite a los estudiantes comprender que cada acontecimiento histórico está marcado por múltiples factores y que las luchas sociales no son incidentes aislados, sino parte de un proceso continuo que sigue dando forma a nuestra realidad. Al examinar estos procesos desde una perspectiva crítica, los estudiantes no solo adquieren un conocimiento más profundo de su pasado, sino que desarrollan una capacidad única para interpretar y debatir las dinámicas del presente.
Cuando la historia se aborda desde esta perspectiva crítica y transversal, se convierte en una herramienta vigorosa para visibilizar a aquellos que han sido sistemáticamente marginados. Los pueblos originarios y los afrodescendientes, cuyas historias fueron silenciadas durante mucho tiempo, ahora tienen el espacio para ser reconocidos en su justa medida. Este enfoque no solo enriquece nuestra comprensión de la identidad nacional, sino que también abre un camino hacia una sociedad más inclusiva, en la que todas las voces sean escuchadas y todas las realidades sean reconocidas. No se trata solo de enseñar historia, sino de aprenderla de una manera que transforme a los estudiantes en ciudadanos conscientes, comprometidos con la justicia y la equidad.
A través de esta metodología, los estudiantes desarrollan una visión holística que les permite identificar continuidades y rupturas en los procesos sociales. Por ejemplo, al estudiar la Revolución Industrial, los estudiantes pueden analizar cómo las transformaciones económicas y tecnológicas de la época siguen impactando las dinámicas laborales y las luchas por los derechos de los trabajadores en la actualidad. Al abordar los procesos de colonización y descolonización, los estudiantes reflexionan sobre las repercusiones que estos procesos siguen teniendo en las relaciones internacionales y en las luchas por la identidad cultural y la autonomía política en diversos países.
El uso de recursos innovadores, como documentales, entrevistas a expertos y estudios de caso sobre movimientos sociales contemporáneos, enriquece la experiencia de aprendizaje, permitiendo que cada estudiante se apropie de la historia de manera personal y profunda. Este enfoque también facilita una reflexión crítica sobre cómo los procesos históricos influyen en las estructuras sociales actuales, como el racismo, el patriarcado o la desigualdad económica. Además, permite a los estudiantes reconocer la historia como una herramienta clave para comprender el presente y transformar el futuro.
Este cambio metodológico, aunque desafiante, responde a una necesidad urgente: superar el analfabetismo histórico. En un contexto donde las fuentes de información son más diversas que nunca, la falta de alfabetización histórica se ha convertido en un obstáculo preocupante. Este déficit no solo limita la comprensión profunda de los procesos que han moldeado nuestras sociedades, sino que alimenta discursos reduccionistas que manipulan la realidad con fines de desinformación. Solo mediante enfoques transversales podremos superar esta limitación, entendiendo no solo los hechos del pasado, sino también sus implicaciones en el presente y el futuro.
Por ello, es crucial que los métodos de enseñanza histórica sean profundos, inclusivos y críticos. La historia debe ser vista no solo como un conocimiento del pasado, sino como un vehículo para la reflexión, la justicia y la transformación social. Así, la enseñanza de la historia se convierte en una herramienta poderosa para empoderar a los ciudadanos, promoviendo un entendimiento mutuo y la construcción de una sociedad más equitativa.
Manchamanteles
Obras como las de Juan Rulfo, que capturan las luchas campesinas, y las pinturas de Rufino Tamayo y Francisco Toledo, que celebran la diversidad cultural de México, actúan como puentes entre el arte y la historia. Estas expresiones artísticas no solo profundizan nuestro conocimiento del pasado, sino que también ofrecen una visión crítica del presente. Rulfo, por ejemplo, refleja la violencia y el abandono en la vida rural, mientras que Tamayo y Toledo abordan la identidad del choque de las culturas y las luchas indígenas. Además, el arte de Rivera y los muralistas italianos del Renacimiento también nos convoca a entender las realidades sociales de su tiempo. Como dijo Tamayo, el arte es una expresión que surge de nuestra experiencia, y al interpretarlo, podemos articular el pasado con las luchas sociales y culturales actuales, enriqueciendo nuestra comprensión de la identidad y los procesos de transformación.
Narciso el obsceno
El narcisismo histórico es como contar solo nuestra versión favorita de la trama, olvidando que el mundo tiene miles de voces. Al mirar solo hacia adentro, perdemos la riqueza de la diversidad y la belleza de las historias no contadas. Es hora de dejar de ser los protagonistas y empezar a escuchar a todos los personajes de la historia.