jueves 29 octubre, 2026
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BORIS BERENZON GORN COLUMNAS COLUMNA INVITADA

RIZANDO EL RIZO Lula, Lula, Lula II

  • La “L” que vuelve a mirar al mundo

Por. Boris Berenzon Gorn

X: @bberenzon

 

Brasil acaba de elegir a Lula cuando el mundo parece haber perdido la costumbre de saber quién manda. Washington aprieta, Pekín avanza, los BRICS se ensanchan, las guerras rompen el lenguaje diplomático y América Latina vuelve a preguntarse si puede dejar de ser escenario para convertirse, por fin, en actor. En ese tablero, Lula no regresa simplemente a la presidencia: regresa a una disputa mucho mayor que Brasil.

Su cuarta llegada al poder ocurre cuando la vieja geografía del poder comienza a resquebrajarse y nadie sabe todavía qué ocupará su lugar. Por eso Lula importa más allá de sus fronteras. No porque Brasil vaya a convertirse de pronto en una potencia capaz de ordenar el mundo, sino porque su presidente vuelve a colocar sobre la mesa una palabra que durante demasiado tiempo pareció gastada: autonomía. La pregunta ya no es qué hará Lula con Brasil.

Es qué puede hacer Brasil —con Lula— ante un mundo que está cambiando de dueño, de reglas y hasta de lenguaje. Brasil vuelve a mirar al mundo a través de Lula, y el mundo vuelve a mirar a Brasil con una mezcla de expectativa, cautela y cálculo. La elección del 25 de octubre de 2026, en la que Lula obtuvo 51.79% de los votos válidos frente a 48.21% de Flávio Bolsonaro, confirmó una sociedad profundamente dividida. Pero reducir ese resultado a una contienda electoral sería perder lo esencial. Lo que se enfrentó en las urnas fueron también dos imaginarios de nación, dos maneras de entender la democracia y dos formas de relacionarse con el mundo.

De un lado, el Brasil que busca reconocerse en la inclusión social, el multilateralismo y una idea de soberanía que no equivale al aislamiento. Del otro, un Brasil atravesado por la herencia política del bolsonarismo, por la confrontación cultural y por una relación distinta con la derecha internacional. No es una diferencia menor.

Brasil no es un país cualquiera. Es territorio, población, alimentos, energía, agua, biodiversidad, industria, agricultura, minerales, tecnología potencial y capacidad diplomática. Es demasiado grande para ser una pieza secundaria y demasiado complejo para convertirse en satélite de cualquier potencia. Ahí comienza la verdadera dimensión del regreso de Lula. Porque el mundo al que vuelve ya no es el de 2003.

El viejo orden liberal se ha agrietado. Estados Unidos mira con preocupación el ascenso chino. China se ha convertido en un socio económico fundamental para Brasil. Rusia conserva capacidad de perturbación global. Los BRICS se han ampliado. Las guerras de Ucrania y Gaza han erosionado certezas diplomáticas. La inteligencia artificial está modificando las relaciones de poder. La transición energética ha convertido los minerales críticos, los datos y la infraestructura tecnológica en instrumentos geopolíticos. El planeta ya no gira alrededor de una sola brújula. Y Lula llega precisamente cuando las brújulas se contradicen.

Su apuesta histórica ha sido el multilateralismo y una mayor autonomía del Sur Global. Durante la presidencia brasileña de los BRICS en 2025, Brasil impulsó una agenda centrada en cooperación entre países del Sur, financiamiento climático, comercio, sistemas de pago, inteligencia artificial y una gobernanza internacional más representativa. Pero conviene deshacer una ilusión.

Los BRICS no son una nueva Unión Soviética ni una alianza ideológica contra Washington. Son una constelación de intereses. China no piensa como India; India no piensa como Rusia; Arabia Saudita no piensa como Brasil. Su fuerza no reside en la homogeneidad, sino precisamente en la posibilidad de construir un espacio de negociación allí donde antes sólo existía la jerarquía. La pregunta importante, entonces, no es si los BRICS reemplazarán a Occidente. La pregunta es si pueden contribuir a que Occidente deje de ser el único lugar desde donde se define el mundo. Y aquí América Latina debería prestar atención.

Durante décadas hemos hablado de autonomía como quien pronuncia una palabra hermosa pero difícil de financiar. Nuestra región posee recursos estratégicos, pero importa tecnología. Tiene talento científico, pero pierde investigadores. Habla de integración, pero sus economías continúan fragmentadas. Reclama soberanía, pero muchas veces exporta materias primas e importa conocimiento. La geopolítica del siglo XXI ya no se decide únicamente en los cuarteles ni en las cancillerías.

Se decide en los laboratorios. En los centros de datos. En las cadenas de suministro. En las fábricas de semiconductores. En quién controla los minerales críticos, la energía, los alimentos y los algoritmos. Ése es el verdadero desafío de Lula: conseguir que la autonomía deje de ser una palabra diplomática y se convierta en capacidad material. Porque una nación no es soberana solamente cuando dice que lo es. Lo es cuando puede elegir. Y elegir cuesta.

La relación con Estados Unidos será, por ello, uno de los grandes capítulos de su cuarto mandato. En 2026 Washington endureció su política comercial hacia Brasil mediante aranceles e investigaciones bajo la legislación comercial estadounidense. La elección brasileña fue seguida de cerca desde Washington y las declaraciones de Donald Trump sobre el proceso electoral introdujeron una tensión adicional. Lula no puede escoger cómodamente entre Washington y Pekín. Brasil necesita negociar con ambos. Pero una cosa es negociar y otra obedecer. Ésa es quizá la palabra que mejor define la apuesta geopolítica de Lula: autonomía. No neutralidad. No aislamiento. No antiamericanismo. Autonomía. La diferencia parece semántica, pero es política. Y América Latina conoce demasiado bien el precio de confundir independencia con retórica.

Hay, además, una dimensión cultural que suele quedar fuera de los análisis geopolíticos y que, sin embargo, explica parte de la fuerza simbólica de Lula. La campaña convirtió una letra en un gesto. La “L”. Una mano levantada. Un cuerpo que dibuja una inicial. Una señal elemental que comenzó a disputar el espacio simbólico de la nación. Artistas brasileños e internacionales participaron en campañas públicas de apoyo a Lula. Caetano Veloso, Gilberto Gil, Chico Buarque, Paulinho da Viola y otros nombres de la cultura brasileña se sumaron a la movilización; figuras internacionales como Tilda Swinton, Mark Ruffalo, Javier Bardem, Pedro Almodóvar y Guillermo del Toro participaron en un video concebido por el cineasta Kleber Mendonça Filho.

Pero lo más interesante no fue solamente quién apareció. Fue lo que estaba en juego. El verde y amarillo de Brasil había sido apropiado simbólicamente por el bolsonarismo. Lula intentó devolver esos colores a una idea más amplia de nación, incluso utilizando la camiseta de la selección brasileña. La batalla política se convirtió así en una batalla por los signos. La bandera. La camiseta. La música. La calle. La memoria. El cuerpo. La letra. Porque gobernar también es disputar el significado de las cosas.

Una bandera puede ser una bandera y, al mismo tiempo, convertirse en una frontera imaginaria entre nosotros y ellos. Una camiseta puede representar al país entero o convertirse en uniforme partidista. Una letra puede ser apenas una inicial o condensar una época. La “L” consiguió algo que la propaganda política rara vez consigue: simplificar sin empobrecer. Lula. Lucha. Libertad. Brasil.

Las asociaciones son abiertas, y precisamente por eso funcionan. Pero los símbolos no pagan las deudas. No producen productividad. No reducen por sí solos la desigualdad. No resuelven la crisis climática. No sustituyen la política económica. Y aquí comienza la parte menos romántica del cuarto mandato. Lula tendrá que gobernar con un Congreso donde las fuerzas de derecha conservan un peso considerable, con una deuda pública elevada, tasas de interés altas y fuertes restricciones fiscales. Tendrá que demostrar que crecimiento y responsabilidad fiscal no son enemigos irreconciliables y que las políticas sociales pueden sostenerse sin convertir el futuro en la hipoteca del presente.

También tendrá que enfrentar una contradicción ambiental incómoda. Brasil quiere ser potencia climática y, simultáneamente, necesita ingresos, energía y crecimiento. La reducción de la deforestación amazónica durante su gobierno ha sido recibida favorablemente por organizaciones ambientales y comunidades indígenas, pero su política petrolera frente a la costa amazónica ha generado críticas. La contradicción no es exclusiva de Lula. Es el drama del desarrollo contemporáneo.

Queremos descarbonizar el planeta, pero todavía necesitamos petróleo. Queremos inteligencia artificial, pero no sabemos quién controlará sus datos. Queremos soberanía tecnológica, pero compramos la tecnología fuera. Queremos democracia, pero nuestras sociedades se acostumbraron a discutir mediante trincheras.

La política contemporánea está llena de estas singularidades. Lula también. Y quizá por eso resulta históricamente interesante.

Su regreso no debería ser leído como el regreso de un salvador. Las democracias que dependen demasiado de sus líderes terminan debilitando aquello que dicen defender. Lula es, más bien, una oportunidad para observar una tensión mayor: cómo una democracia intenta reconstruirse después de una época de polarización extrema sin borrar las diferencias que la atraviesan. Ése es también el verdadero contraste con el bolsonarismo

No se trata solamente de izquierda contra derecha. Se trata de qué hacer con el conflicto. Si convertirlo en guerra cultural permanente o en materia de negociación democrática. Si la política será una máquina de enemigos o un mecanismo imperfecto para convivir con quienes piensan distinto. El futuro brasileño dependerá, en buena medida, de esa respuesta. Y el futuro latinoamericano también.

Porque el regreso de Lula puede abrir una nueva etapa de diálogo regional, pero no garantiza por sí mismo una América Latina integrada, autónoma o menos desigual. Eso dependerá de instituciones, acuerdos, capacidades económicas y, sobre todo, de una voluntad política que sobreviva a los nombres propios. Lula ha demostrado algo extraordinario: que un hombre puede perder el poder, perder la libertad, perder durante un tiempo incluso su lugar en la historia y, sin embargo, regresar. Pero ahora la historia le exige algo diferente. No regresar. Transformar. La “L” ya no puede ser solamente la inicial de una campaña. Tiene que convertirse en una dirección. Brasil vuelve a levantar la mano ante un mundo que cambia de reglas. Washington observa. Pekín calcula. Los BRICS esperan. América Latina escucha. Y Lula, por cuarta vez, entra en escena. Quizá ésa sea la verdadera rareza: el hombre que llegó a la política desde la periferia social de Brasil vuelve hoy a la presidencia cuando la propia periferia del mundo reclama dejar de ser periferia. Por eso la pregunta ya no es qué significa Lula. La pregunta es qué hará Lula con el momento histórico que lleva su nombre.

Porque una letra puede ganar una elección. Pero sólo la historia decide qué termina significando.

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