- Lula: el hombre que aprendió a sobrevivir a la historia
Por. Boris Berenzon Gorn
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Hay hombres que llegan al poder y hombres que, después de haberlo perdido todo, regresan para obligar a su país a preguntarse qué clase de democracia quiere ser. Lula pertenece a esa rara estirpe política en la que una biografía termina convirtiéndose en un campo de batalla de la memoria.
No volvió simplemente a ganar una elección. Volvió después de la prisión, de la derrota, de la controversia y de una de las mayores fracturas políticas de Brasil. Y volvió, además, cuando muchos creían que su tiempo histórico había terminado.
A los ochenta años, Lula acaba de ser elegido por cuarta ocasión presidente de Brasil. El 25 de octubre obtuvo 64.2 millones de votos y derrotó a Flávio Bolsonaro por poco más de 4.4 millones. No es solamente una victoria electoral: es una de esas escenas en las que una sociedad parece discutir consigo misma sobre qué quiere recordar y, sobre todo, qué teme olvidar.
Lula no llega por primera vez al poder. Llega después de haber recorrido casi todos los círculos posibles de la política contemporánea: obrero metalúrgico, dirigente sindical, fundador del Partido de los Trabajadores, presidente, expresidente, condenado, encarcelado, liberado, rehabilitado, candidato nuevamente y ahora vencedor por cuarta vez.
Hay algo casi novelesco en esa trayectoria. Pero reducirla a una novela de superación sería cometer una injusticia intelectual. Lula es mucho más interesante que su propia leyenda.
Nació en la pobreza del nordeste brasileño y llegó a convertirse en uno de los políticos más reconocibles del planeta. Su biografía contiene una transformación que América Latina conoce bien: la del excluido que consigue entrar en el centro del poder sin abandonar completamente el lenguaje de los que permanecieron afuera. Ahí está uno de sus secretos. Lula aprendió algo que muchos políticos profesionales olvidan: la política no comienza en las instituciones; comienza en la experiencia de la vida cotidiana.
Su lenguaje nunca fue el de la teoría política académica. Lula no necesitó citar a Gramsci para entender la hegemonía ni a Marx para saber qué significa la desigualdad. Su pensamiento político nació de otra biblioteca: la fábrica, el sindicato, la pobreza, la negociación, la calle, la conversación. Su gran talento consistió en transformar experiencia en representación.
Y después transformar representación en poder. Durante sus dos primeros gobiernos, entre 2003 y 2010, Brasil vivió una etapa de crecimiento y reducción significativa de pobreza y desigualdad. Bolsa Família se convirtió en uno de los programas sociales más conocidos del mundo. El Banco Mundial documentó tanto su enorme expansión como sus efectos en pobreza, desigualdad, escolaridad y acceso a servicios. Pero sería ingenuo atribuir todo aquello a Lula.
El ciclo favorable de las materias primas, el crecimiento chino y condiciones internacionales excepcionales también fueron decisivos. El propio Banco Mundial ha advertido que aquel auge ocultó problemas estructurales de productividad, inversión y gasto público que posteriormente reaparecieron. La grandeza política de Lula no consiste, entonces, en haber descubierto una fórmula mágica. Consiste en haber entendido que la democracia necesita producir una experiencia material de inclusión. Una persona que puede comer, estudiar, trabajar, acceder a servicios y sentirse reconocida comienza a experimentar la democracia de otra manera.
Ésa fue a lo mejor la verdadera revolución lulista: hacer que millones de brasileños que históricamente habían sido objeto de la política se sintieran sujetos de ella. Pero precisamente por eso Lula debe ser leído críticamente. Su gobierno estuvo atravesado por escándalos de corrupción y por el enorme trauma del Mensalão y, posteriormente, por la Operación Lava Jato. Sus condenas fueron anuladas por el Supremo Tribunal Federal debido a cuestiones de competencia jurisdiccional; posteriormente, el propio Supremo confirmó esa decisión. También hubo cuestionamientos sobre la imparcialidad del entonces juez Sergio Moro. Pero anulación jurídica no significa borrar la historia.
La política democrática exige algo más incómodo: distinguir entre una condena anulada, una responsabilidad judicial no demostrada y las prácticas políticas de un sistema que produjo corrupción estructural. Lula sobrevivió a esa tormenta porque logró construir algo que no se puede fabricar en una agencia de comunicación: una memoria afectiva en millones de ciudadanos.
Y aquí aparece el Lula cultural. Porque Lula no es solamente un dirigente de izquierda. Es también un símbolo alrededor del cual se organiza una parte considerable del imaginario democrático brasileño. En la campaña de 2026, artistas como Caetano Veloso, Gilberto Gil, Chico Buarque, Geraldo Azevedo, Paulinho da Viola y otros volvieron a cantar por Lula. En septiembre, el movimiento Bora, Lula convirtió la cultura en una forma explícita de participación electoral. Y ocurrió algo todavía más interesante. La “L” dejó de ser únicamente una inicial. Se convirtió en gesto. En signo. En cuerpo. En una pequeña coreografía política.
Durante la campaña, artistas brasileños e incluso figuras internacionales participaron en videos de apoyo. Mark Ruffalo, Tilda Swinton, Javier Bardem, Pedro Almodóvar y Guillermo del Toro aparecieron junto a artistas brasileños defendiendo democracia, cultura y libertad.

La política volvía a convertirse en cultura. Y la cultura, en política. Por eso la “L” merece ser tomada en serio. Una letra puede parecer insignificante, pero los símbolos nunca son inocentes. Durante el bolsonarismo, la bandera brasileña, el verde y amarillo y hasta la camiseta de la selección habían sido apropiados por la derecha. En 2026, la campaña lulista intentó recuperar esos signos como patrimonio común de todos los brasileños.
La disputa ya no era únicamente por el gobierno. Era por el significado de Brasil. Lula frente a Bolsonaro no representa simplemente izquierda contra derecha. Representa dos maneras de imaginar la nación. Una fundada en la confrontación permanente, la sospecha, el nacionalismo excluyente y la guerra cultural. Otra que intenta reconstruir la democracia como espacio de negociación, inclusión y pertenencia.
Eso no significa que Lula sea un santo. No lo es. Su pragmatismo político puede convertirse en dependencia de alianzas contradictorias. Su relación con el Congreso obliga a concesiones que muchas veces desdibujan su programa. Su política económica enfrenta problemas reales: la deuda pública aumentó considerablemente y la estructura presupuestaria brasileña deja poco margen de maniobra.
También existe una contradicción ambiental que merece vigilancia: Lula ha recuperado liderazgo internacional en materia amazónica, pero al mismo tiempo enfrenta críticas por su apuesta por la exploración petrolera costa afuera. Precisamente por eso resulta más interesante. Porque Lula no es una estatua. Es una contradicción viva. Y acaso ahí reside su dimensión histórica. Ha demostrado que la política puede ser una segunda oportunidad. Que un obrero puede llegar al Palacio de Planalto. Que un hombre encarcelado puede regresar a las urnas. Que una derrota puede no ser el final de una biografía.
Pero su cuarto mandato plantea una pregunta mucho más difícil: ¿puede Lula transformar su propia supervivencia histórica en un nuevo proyecto para Brasil? Porque la historia ya le concedió una oportunidad extraordinaria. Ahora le exige algo más. No solamente vencer. Gobernar el tiempo que viene. Lula, Lula, Lula. La letra vuelve a aparecer. Pero esta vez la pregunta no es qué significa la L. La pregunta es: ¿qué hará Lula con ella?
