lunes 26 octubre, 2026
Mujer es Más –

Por. María del Socorro Pensado Casanova

X: @mariaaspc
IG: @pcasanovams

 

“Su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, más tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.”
Francisco de Quevedo, Amor constante, más allá de la muerte, Madrid, 1648.

 

La Noche de Brujas, el Día de muertos o el Día de Todos los Santos son la ocasión casi perfecta para hablar de sincretismo. Definido por la RAE como la combinación de distintas actitudes, opiniones y teorías, el sincretismo también se manifiesta en el ámbito cultural.

En México, Halloween ya es una celebración habitual que convive con nuestras festividades del Día de Muertos. Y mientras los antecedentes de la Noche de Brujas se remontan al Samhain, celebración con la que los celtas marcaban el inicio de un año nuevo, el culto a los muertos en nuestra región sí que tiene raíces mesoamericanas. Luego de la conquista española y la evangelización, el calendario católico de Todos los Santos y los Fieles Difuntos se incorporaron a las prácticas culturales novohispanas.

Así, el sincretismo se manifiesta precisamente en la integración de las creencias mesoamericanas sobre la muerte con las conmemoraciones católicas introducidas en la época colonial. De hecho, la UNESCO ha caracterizado al Día de Muertos como una fiesta sincrética. Las ofrendas, las flores de cempasúchil, los alimentos y las velas han ido representando distintas expresiones en este proceso histórico, donde cada una de nuestras tradiciones han adquirido también nuevos significados sin desaparecer por completo. El Día de Muertos que hoy conocemos es el resultado de más de cinco siglos de transformaciones culturales y religiosas.

Sin duda, su proyección internacional es cada vez mayor e incluso cada otoño convence a miles de turistas para visitar nuestro país. En 2015, la película Spectre, protagonizada por el agente 007, presentó un desfile de Día de Muertos en las calles de la Ciudad de México, y esa representación inspiró la organización de un desfile oficial a partir de 2016. Apenas un año más tarde, en 2017, la película Coco contribuyó a ampliar el reconocimiento a nivel mundial de nuestras tradiciones, claro, acompañado de nuevas actividades artísticas y encuentros culturales. 

Como en todo, la creciente dimensión ha tenido efectos positivos y negativos. Entre los primeros destacan los relacionados con el turismo, por ejemplo, en Michoacán, donde las celebraciones en los alrededores de la Isla de Janitzio en el Lago de Pátzcuaro atraen a múltiples visitantes. También sobresalen los encuentros en los cementerios de Campeche, particularmente en Pomuch, donde se conserva la tradición de limpiar los restos óseos de los difuntos como una expresión de respeto y cercanía con quienes han fallecido.

Sin embargo, entre las controversias que acompañan la creciente visibilidad se encuentran las críticas a la mezcla de culturas. La combinación de catrinas con brujas o fantasmas, monstruos y personajes de terror en general es motivo de conflicto para muchos que consideran que se desvirtúan las expresiones culturales mexicanas. Por esto merece la pena recordar que la coexistencia de distintas celebraciones no constituye por sí misma un problema. El verdadero dilema surge cuando se pretende establecer una sola y legítima manera de celebrar, porque todas las personas tenemos derecho a participar en prácticas culturales que responden a experiencias generacionales y transformaciones sociales.

¿Quién determina qué, cómo o cuáles manifestaciones son lo suficientemente auténticas para representarnos?

Rechazar, burlarse y criticar a quienes viven las tradiciones de una manera diferente no significa ni implica defender a nuestras raíces, por el contrario, se trata de manifestaciones discriminatorias, agresivas y hasta violentas. Aceptar expresiones culturales de otros sitios tampoco conlleva la renuncia a nuestra identidad o cultura. Como si nos faltara otro erróneo motivo para dividirnos entre lo aceptable y lo inaceptable.

Al pretender la imposición de preferencias personales como reglas colectivas, contribuimos a las divisiones sociales que no hacen más que dificultar la convivencia y el respeto a nuestra propia Nación pluricultural.

El derecho a la cultura comprende el reconocimiento de esa diversidad que nos caracteriza, expresada en las distintas formas de celebrar, recordar y compartir tradiciones. La mayor riqueza de organizar una ofrenda, decorar y pedir calaverita o compartir el pan de muerto en familia y amistades está en la posibilidad de acercarnos y mantener vivos los recuerdos de nuestros seres queridos que han partido. Porque, si algo es cierto, es que los muertos nunca se van del todo mientras los sigamos recordando.

 

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