jueves 08 octubre, 2026
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BORIS BERENZON GORN COLUMNAS COLUMNA INVITADA

RIZANDO EL RIZO El país que imaginamos: realidad, poder y fantasmas políticos II

  • Los fantasmas también nombran

Por. Boris Berenzon Gorn

X: @bberenzon

 

Hay países que tienen pasado. Y hay países cuyo pasado se niega a pasar. México pertenece, sin duda, a la segunda categoría.

Aquí los muertos tienen una sorprendente vocación política. Viven en los nombres de las calles, en los monumentos, en los discursos presidenciales, en las ceremonias escolares y, sobre todo, en nuestras discusiones interminables sobre quiénes somos. Juárez aparece cuando necesitamos República; la Revolución cuando necesitamos justicia; la Conquista cuando necesitamos explicar una herida; el pueblo cuando necesitamos legitimidad.

Los fantasmas no siempre asustan. A veces hacen campaña. La historia, en América Latina, rara vez ha sido solamente una explicación del pasado. Ha sido también un repertorio para disputar el presente. Cada proyecto político necesita genealogías: antepasados, agravios, héroes, enemigos y promesas. Necesita decir de dónde venimos para convencernos de hacia dónde debemos ir. Por eso la conciencia política no nace únicamente de conocer los hechos. Nace de las imágenes que una sociedad construye acerca de esos hechos.  Ésta es una diferencia fundamental.

Podemos conocer la Revolución mexicana y, sin embargo, tener imaginarios radicalmente distintos sobre ella. Para unos significa justicia social; para otros, destrucción institucional; para otros, nacionalismo; para otros, la posibilidad inconclusa de una transformación. El acontecimiento es histórico. Su significado es una batalla.

Hay algo particularmente incómodo en mirar de frente el Segundo Imperio: Maximiliano no fue simplemente un proyecto europeo impuesto sobre una nación enteramente republicana. El Imperio también encontró en México aliados, promotores y administradores; fue, en buena medida, una empresa sostenida por mexicanos que vieron en él una posibilidad política. La lección es enorme.

Los países no solamente sufren imposiciones externas. También fabrican interiormente las condiciones que permiten que ciertas imposiciones parezcan deseables. Éste es uno de los grandes puntos ciegos de la conciencia política latinoamericana: nos gusta identificar al invasor, al imperialista, al enemigo exterior. Nos cuesta bastante más reconocer al mexicano que lo invita a entrar. La historia, cuando se convierte en mito, simplifica. El bueno queda demasiado bueno. El malo, demasiado malo. Y nosotros, naturalmente, quedamos del lado correcto. Es una comodidad extraordinaria.

Pero una conciencia política madura empieza exactamente dónde termina esa comodidad. Significa aceptar que las sociedades están hechas de contradicciones. Que quienes defienden la libertad pueden excluir a otros; que quienes hablan de democracia pueden temer al pueblo; que quienes invocan al pueblo pueden terminar hablando en su nombre sin escucharlo. El poder sabe aprovechar esas contradicciones. Uno de sus recursos más antiguos consiste en transformar una interpretación particular en sentido común. Otro, en fabricar enemigos. Otro, en apropiarse del lenguaje de sus adversarios.

La palabra “ciudadano” puede ser emancipadora o autoritaria. “Patria” puede significar solidaridad o convertirse en una contraseña para cerrar la conversación. “Democracia” puede nombrar participación o reducirse al acto periódico de depositar una papeleta. Las palabras también tienen historia. Y tienen dueños temporales.

Por eso la política contemporánea se juega cada vez más en el terreno de los imaginarios. No basta controlar una institución si no se controla también la narrativa que permite interpretarla. Los estudios sobre propaganda y memoria han señalado precisamente la relación entre medios, poder, memoria histórica y fabricación de imaginarios sociales.

Hoy esa batalla es todavía más intensa porque las redes sociales han convertido la circulación de imágenes, emociones y relatos en una actividad permanente. La política dejó de pedir únicamente adhesiones. Ahora pide identificaciones. No quiere que pensemos solamente “esto es correcto”; quiere que sintamos “esto soy yo”. Ésa es una transformación profunda. El ciudadano puede dejar de ser sujeto político para convertirse en personaje de una historia que otros escribieron. El algoritmo conoce nuestras indignaciones, nuestros enemigos favoritos y hasta la velocidad con que cambiamos de escándalo.

El viejo propagandista necesitaba un periódico. El nuevo apenas necesita una pantalla. Pero sería demasiado fácil culpar a la tecnología. Los algoritmos no inventaron nuestros fantasmas. Los encontraron. Encontraron viejos racismos, viejos resentimientos, viejos nacionalismos, viejas desigualdades y viejas nostalgias. Lo novedoso es la velocidad con que pueden amplificarlos.

América Latina ofrece un laboratorio extraordinario de estas mutaciones. Las crisis económicas, el desencanto con los partidos, la desigualdad, la violencia y la pérdida de confianza institucional han producido nuevos imaginarios políticos, pero también nuevas formas de polarización. Los estudios regionales muestran cómo distintos movimientos han intentado desplazar imaginarios neoliberales mediante lenguajes de resistencia, soberanía y transformación social.

En México, incluso conceptos como “corrupción” pueden funcionar como verdaderas máquinas interpretativas: sirven para explicar casi cualquier fracaso institucional y para ordenar moralmente el campo político entre buenos y malos.  El problema aparece cuando la explicación sustituye a la comprensión. Cuando una palabra sirve para explicarlo todo, termina explicando muy poco. Aquí entra el principio de realidad.

Freud lo pensó originalmente en el terreno del aparato psíquico: el deseo no puede vivir eternamente de la satisfacción imaginaria; tiene que encontrarse con el mundo exterior, reconocer sus límites y buscar caminos efectivos para transformarlo. El principio de realidad no elimina el deseo: lo obliga a tomar un rodeo.  Quizá ésa sea también una buena definición de conciencia política. No consiste en abandonar los ideales. Consiste en impedir que los ideales nos impidan mirar.

Una sociedad políticamente madura debería poder sostener simultáneamente dos preguntas: ¿qué queremos construir? y ¿qué está realmente ocurriendo? Sin la primera, sólo tenemos administración. Sin la segunda, tenemos fanatismo.

Las nuevas generaciones enfrentan aquí una responsabilidad inédita. No heredarán únicamente instituciones: heredarán relatos sobre esas instituciones. Recibirán imágenes de la nación, de la democracia, del fracaso, del éxito, del enemigo y de la esperanza. Muchas llegarán disfrazadas de hechos indiscutibles. Su tarea no será destruir todos los relatos. Será aprender a interrogarlos. Preguntar quién habla. Desde dónde habla. Qué queda fuera de cuadro. Qué intereses protege. Qué memoria invoca. Qué miedo despierta. Qué futuro promete. Porque el poder no solamente construye edificios, leyes o gobiernos. Construye dibujos. Dibuja al ciudadano obediente, al enemigo conveniente, al héroe necesario, al traidor indispensable y, de vez en cuando, al pueblo perfecto que sólo existe mientras permanece en silencio. La verdadera conciencia política comienza cuando dejamos de mirar esos dibujos como si fueran fotografías.

Entonces descubrimos algo inquietante y liberador: detrás de cada imagen del poder hay una historia, detrás de cada historia hay una selección y detrás de cada selección existe una posibilidad de elegir nuevamente. Los fantasmas no desaparecen porque los ignoremos. Pero tampoco tienen por qué gobernarnos.

Tal vez la democracia consista, en buena medida, en aprender a vivir con ellos sin obedecerles. Y en atreverse, de vez en cuando, a decirle a la historia algo que el poder detesta escuchar: te recuerdo, pero no estoy obligado a repetirte.

Ilustración. Diana Olvera

Manchamanteles

La literatura conoce desde hace siglos un secreto que la política suele olvidar: la realidad también se cuenta. Antes de que una sociedad pueda obedecer una ley, necesita imaginarla; antes de aceptar un poder, necesita inventarle una legitimidad; antes de convertir una versión del pasado en verdad, necesita encontrarle una buena historia. Cervantes sabía que un hombre podía convertirse en caballero porque se contaba a sí mismo como tal; Borges entendió que una biblioteca podía contener mundos enteros; García Márquez nos enseñó que América Latina podía convivir con muertos, milagros y gobiernos absurdos sin que nadie se sorprendiera demasiado. La literatura no evade la realidad: le levanta el mantel. Allí donde el discurso político dice “hechos”, la novela pregunta: ¿quién los contó? Y a veces descubre que detrás de una patria hay un relato, detrás de un héroe una edición conveniente de la historia y detrás de una certeza un fantasma que todavía no hemos aprendido a nombrar.

Narciso el obsceno

También las sociedades pueden volverse narcisistas cuando convierten sus propios imaginarios en espejos: se cuentan una historia hasta creer que es la realidad y terminan confundiendo la defensa de su identidad con la defensa de sus fantasmas.

 

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