miércoles 07 octubre, 2026
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COLUMNAS COLUMNA INVITADA

RIZANDO EL RIZO El país que imaginamos: realidad, poder y fantasmas políticos I

  • La realidad no existe sola

Por. Boris Berenzon Gorn

X: @bberenzon

 

Hay una pregunta que parece sencilla y termina siendo bastante incómoda: ¿qué llamamos realidad?

La respuesta habitual es tranquilizadora: realidad es aquello que está ahí, independientemente de nosotros. La montaña, el hambre, la muerte, la lluvia. Pero basta mirar un poco más de cerca para descubrir que buena parte de aquello que gobierna nuestra vida no tiene esa inocencia. El dinero, la patria, la autoridad, el prestigio, la propiedad, la frontera, el éxito, la ciudadanía, la normalidad, incluso la idea de quién merece ser escuchado, son construcciones humanas que hemos aprendido a experimentar como si fueran hechos naturales.

Peter Berger y Thomas Luckmann lo explicaron con precisión: los seres humanos producen instituciones y significados, los repiten, los legitiman y terminan encontrándolos frente a sí como una realidad objetiva. La paradoja es formidable: hacemos la sociedad y después la sociedad parece hacernos a nosotros.

No es un tema menor. Significa que una sociedad puede convertir una decisión histórica en una evidencia, una costumbre en una ley moral y una relación de poder en sentido común. Ahí comienza la política.

Porque gobernar no consiste solamente en administrar recursos, ganar elecciones o controlar instituciones. También consiste en determinar qué será considerado real. El poder más eficaz no siempre es el que ordena; a veces es el que consigue que su orden deje de parecer una orden.

Una sociedad que acepta que determinadas desigualdades son “naturales” necesita menos policías que aquella que las considera intolerables. Una sociedad que aprende que ciertos grupos “no están preparados” para decidir no necesita prohibirles expresamente el poder: basta con haber construido durante generaciones el imaginario que los mantiene lejos de él. La dominación perfecta sería aquella que consiguiera presentarse como paisaje.

México conoce bien esa operación. Nuestra historia está poblada por realidades que fueron fabricadas, impuestas, discutidas y finalmente naturalizadas. La conquista no fue únicamente una ocupación territorial: implicó la imposición de categorías para nombrar al otro, ordenar el mundo y establecer quién podía hablar en nombre de Dios, de la ley y de la civilización. La ciudadanía, por ejemplo, no apareció mágicamente con la República; fue penetrando lentamente en el imaginario social y político, atravesando jerarquías, exclusiones y formas anteriores de pertenencia. Por eso conviene desconfiar de la palabra “natural” cuando aparece en política. Lo natural suele tener una larga historia detrás.

También América Latina ha vivido esa tensión entre realidad e imaginación. El Estado no es solamente una burocracia con oficinas, sellos y presupuestos. Es también una representación colectiva: una idea de protección, amenaza, autoridad, justicia o abandono. Los estudios sobre el imaginario social latinoamericano han mostrado precisamente cómo las transformaciones económicas y las crisis políticas modifican la imagen que las sociedades construyen del Estado y de su propio futuro.

Castoriadis llevó el punto más lejos: una sociedad no solamente instituye leyes; instituye significaciones. Decide, en cierto sentido, qué considera valioso, deseable, legítimo o posible. Los imaginarios sociales no son fantasías en el sentido de simples ilusiones. Organizan prácticas reales. Se incorporan al lenguaje, a las instituciones, a los hábitos y a los cuerpos. Aquí aparece una distinción decisiva. Decir que la realidad social es construida no significa decir que sea falsa.

El dinero es una construcción social, pero la pobreza que produce puede ser brutalmente verdadera. La frontera es una convención histórica, pero puede separar familias. El título universitario es una institución, pero puede abrir o cerrar puertas. La nacionalidad es una categoría jurídica e imaginaria, pero puede decidir dónde una persona puede vivir, votar o trabajar. Lo construido puede ser terriblemente real.

Tal vez por eso las nuevas generaciones viven una contradicción que sus padres no siempre comprenden. Han heredado instituciones que fueron diseñadas para responder a problemas de otro tiempo y, simultáneamente, habitan un universo tecnológico que modifica las formas de autoridad, información y pertenencia. La realidad llega a ellas ya editada.

Antes la escuela, la familia, la iglesia, el periódico y el Estado tenían una enorme capacidad para organizar la percepción del mundo. Hoy compiten con plataformas digitales que convierten cada teléfono en una pequeña fábrica de realidad. El problema no es solamente que circulen noticias falsas. Es más profundo: cada grupo puede terminar habitando una realidad distinta, alimentada por algoritmos que seleccionan aquello que confirma sus expectativas. Ya no vivimos solamente una disputa por la interpretación de los hechos. Vivimos una disputa por los hechos que merecen existir. Y ahí reaparece la política.

Ilustración: “Dama De Sensibilidad Cognitiva”, Alejandro Quijano.

Porque quien decide qué se recuerda, qué se olvida, qué se nombra, qué se exhibe y qué se silencia participa en la construcción de la realidad colectiva. La memoria histórica no es un depósito neutral del pasado: se produce desde el presente y está atravesada por relaciones de poder, medios de comunicación, intereses e identidades. Recordar también es seleccionar.

México tiene una extraordinaria experiencia en esta materia. Nuestra historia está llena de héroes convertidos en estatuas, derrotados convertidos en villanos, derrotas transformadas en epopeyas y contradicciones convenientemente acomodadas en los libros de texto. La historia nacional suele parecer una familia mexicana durante la cena de Navidad: todos recuerdan perfectamente lo que ocurrió, siempre que nadie pregunte demasiado. Pero los fantasmas regresan.

Regresan porque aquello que una sociedad no termina de elaborar vuelve convertido en símbolo, resentimiento, mito o nostalgia. Los estudios sobre la memoria de 1968, por ejemplo, han mostrado cómo los acontecimientos del pasado reaparecen en coyunturas políticas posteriores y pueden convertirse en verdaderos “fantasmas políticos”.  Ésa es quizá una de las grandes tareas de la conciencia política: aprender a distinguir entre realidad y realidad heredada. No para vivir en una sospecha permanente, sino para recuperar la capacidad de preguntar.

¿Quién decidió que esto fuera así? ¿Quién se beneficia de que siga siendo así? ¿Qué historia tuvo que olvidarse para que esta historia pareciera natural? Y, sobre todo, ¿qué otra realidad podríamos construir? La pregunta es peligrosa porque devuelve a los ciudadanos algo que todo poder preferiría administrar por ellos: imaginación. Una sociedad sin imaginación política sólo puede repetir. Una sociedad con imaginación puede cambiar. Pero para cambiar la realidad primero debe descubrir que alguna vez fue hecha.

Ilustración. Diana Olvera

Manchamanteles

Por eso la literatura puede ser una de las formas más incómodas de la conciencia política. No porque entregue programas de gobierno —Dios nos libre de convertir una novela en plataforma electoral—, sino porque devuelve a las palabras su capacidad de inquietar. Una sociedad empieza a transformarse cuando vuelve a imaginar que las cosas podrían ser de otra manera. El escritor trabaja precisamente en esa grieta: entre lo que existe y aquello que todavía no sabemos nombrar. Frente a los dibujos del poder, introduce otra perspectiva; frente a la historia oficial, una memoria lateral; frente a un principio de realidad convertido en resignación, devuelve el deseo. Y quizá ésa sea su mayor subversión: recordarnos que ninguna realidad social es tan eterna como pretende, que ningún poder posee para siempre el monopolio de la imaginación y que, detrás de cada mundo que parece inevitable, siempre hay alguien —un escritor, un lector, una sociedad— dispuesto a escribir en el margen: esto también pudo haber sido de otra manera.

Narciso el obsceno

El narcisismo comienza cuando el yo prefiere la imagen que tiene de sí mismo a la resistencia del mundo; por eso el principio de realidad resulta tan incómodo: obliga a descubrir que no somos el centro, ni tenemos siempre la razón, ni el mundo está obligado a confirmarnos.

 

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