Por. Saraí Aguilar*
X: @saraiarriozola
Cuando no puedas con la carga reparte. Esa es la estrategia que parece estar siguiendo el gobierno frente a los recién publicados resultados de la prueba PISA.
Mientras que a escala global los resultados recientes de PISA encendieron las alertas al documentar un retroceso generalizado y sin precedentes en las habilidades de los estudiantes de los países de la OCDE, en el plano nacional la evaluación confirmó un escenario crítico donde el 70% de los jóvenes mexicanos no alcanza siquiera el nivel básico en matemáticas y la mitad se queda rezagada en lectura, evidenciando que las deficiencias estructurales del país se entrelazan con una crisis de aprendizaje… como si faltara algo más.
El problema es que lo que no se admite no puede empezar acciones correctivas. Frente a la publicación de los datos de PISA, la presidenta Claudia Sheinbaum y el titular de la Secretaría de Educación Pública (SEP), Mario Delgado, optaron por una estrategia de matización oficialista: reconocieron parcialmente los datos, pero buscaron diluir la gravedad del fracaso argumentando factores externos y atribuyendo supuestos aciertos a la política educativa vigente (la llamada Nueva Escuela Mexicana).
Por un lado, Sheinbaum cuestionó las limitaciones de la prueba al señalar que no siempre considera los contextos específicos de cada país. Respecto a los desplomes, atribuyó la caída en lectoescritura a un fenómeno global impulsado por el uso masivo de las plataformas digitales y la tecnología. Aunque admitió que hubo un decremento en matemáticas, defendió que esto ocurrió de forma generalizada en varias naciones y presumió como un logro un supuesto repunte en el área de ciencias, el cual adjudicó directamente a los nuevos planes de estudio. Asimismo, se aferró a señalamientos optimistas de directivos de la OCDE sobre la “resiliencia” del sistema mexicano para matizar el golpe político. Esta reacción gubernamental demostró que se prioriza la imagen a asumir costos y dar soluciones. Se opta por descalificar el proceso, como si se tratara de una evaluación realizada por la fallida escuela mexicana, dejando de lado que el Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos (PISA), coordinado por la OCDE, se ha consolidado como el barómetro global más influyente para medir las competencias esenciales de los estudiantes de quince años en lectura, matemáticas y ciencias, por lo cual su relevancia.
Por su parte, Mario Delgado y la propia SEP se alinearon en el mismo discurso defensivo, culpando en gran medida a las distracciones digitales y al uso excesivo de los teléfonos celulares por parte de los jóvenes de 15 años como el factor principal detrás del bajo rendimiento, evitando asumir la responsabilidad institucional sobre las deficiencias estructurales, la falta de infraestructura o las fallas pedagógicas del modelo actual.
De esta manera el principal desafío educativo de México no es la prueba en sí misma ni su medición, sino la alarmante incapacidad del sistema para dotar a las mayorías de herramientas cognitivas básicas. Mientras el discurso oficial intente maquillar los datos utilizando indicadores secundarios de clima escolar o culpe exclusivamente a los teléfonos celulares, la realidad es que el rezago en matemáticas y lectura condena a la gran mayoría de los jóvenes a la exclusión del conocimiento complejo.
*Doctora en Educación. Máster en Artes. Especialista en Cultura con Perspectiva de Género
