lunes 27 julio, 2026
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COLUMNAS COLUMNA INVITADA

SA RIBA DE LA VALL La fiebre del verano

Por. María del Socorro Pensado Casanova

X: @mariaaspc
IG: @pcasanovams
“Alguien está prendiendo por la yerba un murmullo.
Es que siempre en la noche del amor pasa un río.”
Rafael Alberti, Retornos del amor en una noche de verano, Buenos Aires, 1952.

Pasamos gran parte de la vida esperando que salga el sol. Esperamos el viernes, las vacaciones, el verano e incluso una señal mínima que nos recuerde que todavía existen motivos para seguir adelante. Tal vez por eso el verano provoca tantas emociones. No se trata únicamente del calor, de los días largos o de las fotografías junto al mar, se trata de la sensación colectiva de que todavía es posible comenzar algo distinto.

El verano representa una pausa emocional en medio del cansancio cotidiano, una oportunidad para respirar más lento y recordar que seguimos aquí. Y, aunque muchas veces depositamos nuestras ilusiones en una fecha específica, no necesitamos esperar una estación concreta para encontrar aquello que nos impulsa a vivir.

Bajo la lógica que exige productividad, entusiasmo permanente y felicidad inmediata, descansar es sinónimo de debilidad. La realidad es distinta. A veces resistir también implica detenerse y permitirnos existir sin la presión de demostrar fortaleza todo el tiempo. En los periodos más luminosos hay personas atravesando duelos, incertidumbre, ansiedad o cansancio extremo. La verdadera motivación no nace únicamente de los momentos felices, sino de la capacidad de encontrar una fuerza interna que permanezca cuando las cosas no salen como esperábamos.

El verano suele venderse como promesa de perfección. Las redes sociales se llenan de cuerpos impecables, playas interminables y vidas aparentemente resueltas. Todo parece indicar que deberíamos estar viviendo los mejores días de nuestra existencia. Sin embargo, detrás de esa estética perfecta continúan existiendo personas que cargan problemas familiares, rupturas, presiones económicas o heridas emocionales que no desaparecen con el cambio de estación. A veces el verano no llega acompañado de respuestas, sino de preguntas todavía más profundas sobre quiénes somos y hacia dónde queremos ir. Y aun así, existe algo profundamente valioso en seguir buscando motivos para ilusionarnos. Conservar esperanza en medio del desgaste es una forma de resistencia.

Quizá por eso también se aprecia al verano cuando no hay vacaciones, con trabajo y aunque las cosas no marchen exactamente bien. Hay algo en la luz de julio y agosto que nos recuerda que la vida siempre mejora. Las tardes largas, el sonido de las ciudades más lentas y esa sensación extraña de libertad temporal nos permiten imaginar otras posibilidades. El verano se convierte entonces en una metáfora de aquello que todavía deseamos alcanzar. No necesariamente grandes éxitos o vidas perfectas, sino pequeñas formas de bienestar, dormir tranquilos, recuperar energía, sentirnos acompañados o simplemente volver a sonreír sin culpa.

Pero la vida no permanece siempre en verano. Después de la euforia inicial reaparece la rutina y con ella también regresan los pendientes, las preocupaciones y el cansancio acumulado. El verdadero aprendizaje consiste en conservar algo de su luz cuando termina. Aprender a resistir durante las temporadas difíciles también implica recordar que ningún periodo oscuro es permanente.

Es importante dejar de romantizar la idea de que debemos tener la vida resuelta para disfrutarla. Muchas veces esperamos sentirnos completamente felices para permitirnos descansar, amar o comenzar nuevos proyectos. Pero la vida rara vez funciona de manera lineal. Existen momentos hermosos en medio de procesos dolorosos y también aprendizajes importantes durante etapas de profunda incertidumbre. El verano no elimina las heridas, pero sí puede recordarnos que seguimos teniendo derecho a buscar momentos de tranquilidad y alegría.

Mientras julio avanza y el año comienza lentamente a inclinarse hacia sus últimos meses, quizá sea necesario preguntarnos qué queremos conservar cuando termine esta temporada. Tal vez no podamos quedarnos con las vacaciones o las tardes interminables, pero sí con la certeza de que todavía somos capaces de encontrar fuerza en medio del cansancio.

Al final, la fiebre del verano no debería consistir únicamente en perseguir días perfectos, sino en recordar que siempre existe algo capaz de impulsarnos hacia adelante. A veces será un proyecto, otras veces una persona, una conversación, una meta pendiente o simplemente el deseo profundo de vivir con más calma y dignidad. Lo importante es no olvidar que, aunque el verano termine, la vida continúa ofreciéndonos oportunidades para reconstruirnos, reinventarnos y seguir avanzando hacia aquello que le da sentido a nuestra existencia.

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