Por. Ana Gabriela Núñez Pérez*
Imaginemos, por un momento, una escena mínima y casi imposible de concebir hoy: abrimos una aplicación en el teléfono y al desplazar en la pantalla el contenido no se despliega sin fin, el siguiente video no se reproduce por su cuenta y, en algún punto, el feed se detiene y aparece algo que perdimos de vista hace más de una década, una frontera, un final, un “esto es todo por ahora”. Esa escena, que a cualquier usuario contemporáneo le resultaría extraña e incluso incómoda, ha dejado de ser una hipótesis de diseño para instalarse en el centro de una disputa jurídica global. La pregunta que organiza este texto es si estamos, en efecto, frente al fin del scroll infinito, o si asistimos apenas a la corrección superficial de un modelo que ha demostrado una notable capacidad para sobrevivir a sus críticos y ahora a sus demandantes.
El artículo parte del siguiente análisis: los litigios que enfrenta Meta en Estados Unidos, sumados a la investigación abierta en Europa y al debate que apenas comienza en México, apuntan hacia un mismo lugar: la posibilidad de que la arquitectura de las plataformas deje de estar optimizada para la permanencia y pase a estar organizada en torno a la agencia del usuario, es decir, en torno a la capacidad de decidir qué, cómo, cuándo y dónde consumir. Si esa transición se consolida, lo que está en juego no es una multa, por más monumental que sea, sino un cambio de paradigma en el diseño mismo del entorno digital. Pero conviene sostener la duda hasta el final, porque un modelo de negocio que factura cientos de miles de millones de dólares no se reconfigura por una sentencia, y la historia reciente de la autorregulación tecnológica está hecha, sobre todo, de gestos que cambiaron la forma sin tocar el fondo.
El paradigma que se agota
Para entender lo que podría terminar conviene recordar cómo empezó. En 2006, un diseñador de interfaces llamado Aza Raskin resolvió un problema pequeño y cotidiano: la molestia de tener que hacer clic en “página siguiente” para seguir viendo resultados. Su solución fue elegante, que el contenido se cargara solo a medida que uno bajaba, sin interrupciones. Nació así el scroll infinito, aunque la paternidad de la técnica está en disputa, pues un equipo de Microsoft reclama haber registrado antes una patente equivalente. Lo relevante no es la autoría sino el arrepentimiento. Raskin se ha convertido en uno de los críticos más lúcidos de su propia creación, y su diagnóstico es preciso: optimizar algo para la facilidad de uso no significa optimizarlo para el bienestar de quien lo usa ni para el de la humanidad. En una frase que resume toda una época, ha explicado que, en tecnología, los incentivos se comen a las intenciones. La suya era buena; el incentivo del negocio publicitario que la adoptó, no.
Ese es el corazón conceptual del asunto. Las plataformas digitales no fueron diseñadas como entornos pedagógicos ni como espacios de cuidado, sino como infraestructuras optimizadas para maximizar tiempo de permanencia, interacción y monetización de datos. El scroll infinito, la reproducción automática, las notificaciones constantes y los contadores de popularidad no son fallas ni excesos accidentales del sistema: son el sistema. Y su lógica tiene un nombre que la academia estudia desde mucho antes de que existieran las redes sociales. La antropóloga Natasha Dow Schüll, del Instituto Tecnológico de Massachusetts, dedicó quince años a investigar las máquinas tragamonedas de Las Vegas y llegó a una conclusión que hoy resuena de manera inquietante. En su libro Addiction by Design, Schüll demuestra que la adicción no es un estado psicológico interno del individuo, sino el resultado de una interacción asimétrica entre el usuario y una máquina diseñada para producir lo que ella llama la “zona”, un estado de absorción en el que las preocupaciones, las demandas sociales e incluso la conciencia del propio cuerpo se desvanecen. El objetivo de la máquina no es que el jugador gane, sino que siga jugando el mayor tiempo posible. La industria del casino tiene incluso una métrica para eso: time on device, tiempo en el dispositivo. Cualquiera que haya perdido cuarenta minutos en un feed sin recordar por qué lo abrió reconocerá la descripción. La propia Schüll ha señalado que su trabajo terminó siendo una lente para comprender la economía de la atención, esa migración de las técnicas del casino de Nevada hacia la pantalla que todos llevamos en el bolsillo.
Esa migración tiene, a su vez, una genealogía. Tim Wu, en The Attention Merchants, mostró que la captura y reventa de la atención humana es un modelo de negocio con más de un siglo de historia, del que las redes sociales son la versión más refinada. Y Shoshana Zuboff, con su concepto de capitalismo de vigilancia, aportó la pieza que faltaba: el producto no es el contenido que consumimos, somos nosotros, o más precisamente, la predicción de nuestro comportamiento que se construye con cada dato que dejamos al deslizar el dedo. Bajo ese marco, la idea de que el algoritmo es neutral se vuelve insostenible. El algoritmo no refleja nuestros intereses, los moldea; no responde a nuestra voluntad, la anticipa y la orienta hacia la permanencia. Es, para decirlo con una idea que he defendido antes, un entorno normativo de facto, un conjunto de reglas invisibles que influyen en el desarrollo cognitivo y emocional de quienes crecen dentro de él. Y durante quince años dimos ese entorno por natural, como si el desplazamiento sin fin fuera una propiedad del aire y no una decisión de ingeniería tomada en una tarde de 2006.
El giro jurídico: de juzgar el contenido a juzgar el diseño
Lo que hace de este momento un punto de inflexión, y no una crítica más entre las muchas que las plataformas han sabido absorber, es que la discusión salió de la academia y entró a los tribunales bajo una forma jurídica nueva. Durante casi treinta años, la industria tecnológica estadounidense se protegió con un escudo formidable, la Sección 230 de la Ley de Decencia en las Comunicaciones, que en esencia establece que una plataforma no es responsable por los contenidos que publican sus usuarios. Ese blindaje ganó prácticamente todos los litigios, porque la discusión siempre giraba en torno al contenido, es decir, en torno a lo que alguien había dicho o subido.
La estrategia que hoy está prosperando consiste en un desplazamiento conceptual tan sencillo como demoledor: dejar de discutir el contenido y empezar a discutir el diseño. No se acusa a Meta de una publicación específica, sino de la manera en que está construido el producto que decide qué publicaciones vemos y durante cuánto tiempo. Cuando el reproche se dirige a la arquitectura y no al mensaje, la Sección 230 deja de ofrecer refugio, porque ya no se trata de expresión de terceros sino de responsabilidad por producto, la misma figura que se aplicaría a un fabricante de automóviles o de fármacos defectuosos.
Los resultados de 2026 muestran que esa teoría no es una especulación de juristas, sino una línea argumental que ya convence a los jurados. En marzo, en el primer caso testigo del país, un jurado de Los Ángeles condenó a Meta y a YouTube a indemnizar a una joven que se volvió adicta a las redes siendo menor de edad. El veredicto es jurídicamente revelador porque se sostuvo en dos causas concretas, negligencia en el diseño de las plataformas y falta de advertencia sobre sus peligros, y porque, en una segunda fase, el jurado añadió daños punitivos tras concluir que las empresas actuaron con malicia, opresión o fraude. La distinción es decisiva: los daños punitivos no compensan a la víctima, castigan una conducta considerada deliberadamente reprochable. No fue negligencia inocente; fue, a juicio de esos ciudadanos, una decisión. En ese mismo proceso testificó Aza Raskin, el hombre que hizo posible el scroll infinito, ahora en contra de las empresas que lo convirtieron en un instrumento de captura.
A ese fallo se sumó, en agosto, la condena en Nuevo México, donde un tribunal ordenó a Meta destinar cientos de millones de dólares a un fondo de mitigación de daños y modificar el funcionamiento de sus redes, al considerarla responsable de perjudicar el bienestar de los menores y de no protegerlos frente a la explotación sexual. Sumadas ambas fases, la exposición de la compañía en ese estado asciende a 942 millones de dólares. Y por encima de todo se alza el proceso que comenzó esta semana en un tribunal federal de Oakland, California, donde una coalición encabezada por California, Colorado, Kentucky y Nueva Jersey reclama una sanción que en teoría podría alcanzar hasta 1.4 billones de dólares, una cifra cercana al valor bursátil de toda la empresa. Aquí conviene la cautela que exige la honestidad analítica: los expertos consideran improbable que se materialice una cantidad capaz de llevar a la bancarrota a una de las mayores compañías del mundo, y los propios fiscales han admitido ante la corte que un objetivo más realista rondaría los 200 mil millones. Pero el dato económico, con ser espectacular, no es el más importante. Lo decisivo es que los estados no piden únicamente dinero: exigen cambios estructurales en la forma de operar de Facebook e Instagram. Ahí, y no en la cifra, es donde el litigio deja de ser un asunto financiero y se convierte en un asunto arquitectónico.
La hipótesis: qué significaría rediseñar
Conviene detenerse en esa palabra, rediseñar, porque es la que da título a este texto y la que encierra su apuesta. Si Meta pierde y se le imponen remedios de diseño, ¿cómo se vería, en concreto, una red social obligada a devolverle el control al usuario? La respuesta dibuja el reverso del paradigma actual: un desplazamiento que no se activa solo, sino que exige una acción consciente para continuar; feeds con un final visible, que reconozcan un momento de cierre en lugar de simular un pozo sin fondo; la reproducción automática desactivada por defecto, los contadores de “me gusta” ocultos salvo que el usuario decida verlos, las notificaciones reducidas a lo esencial. Significaría, en suma, introducir fricción de manera deliberada en un sistema diseñado durante años para eliminarla.
La teoría que fundamenta ese giro proviene de la economía del comportamiento, y en particular del trabajo de Richard Thaler y Cass Sunstein sobre lo que llamaron la arquitectura de las decisiones. Su tesis central es que no existe el diseño neutral: toda interfaz organiza las opciones de una manera que empuja al usuario en cierta dirección, y esa dirección, la que opera cuando el usuario no hace nada, es la configuración por defecto. El poder del default es enorme, porque la mayoría de las personas nunca cambia la opción predeterminada. Durante quince años, el default de las redes sociales fue extractivo, diseñado para prolongar la sesión. Lo que la literatura sobre safety by design, seguridad desde el diseño, propone es invertir esa lógica: que la configuración predeterminada proteja al usuario en lugar de explotarlo, sobre todo cuando es un menor de edad. Sunstein acuñó incluso un término para las fricciones diseñadas para dificultar, el sludge, esas trampas que complican darse de baja de un servicio o desactivar una función. La paradoja del posible rediseño es que consistiría, en buena medida, en introducir un sludge virtuoso, una fricción que en vez de retener al usuario contra su voluntad lo devuelva a la conciencia de lo que hace.
Aquí es donde la tensión debe mantenerse abierta, porque hay al menos dos razones para dudar de que ese nuevo paradigma se imponga con la limpieza que la hipótesis sugiere. La primera es económica y es la más poderosa. El modelo de negocio de Meta depende de la publicidad, y la publicidad depende del tiempo de atención. Pedirle a la empresa que rediseñe sus productos para reducir la permanencia es pedirle que atente contra su propia fuente de ingresos, y es difícil imaginar que una reconfiguración tan profunda sobreviva intacta a la presión de un modelo que necesita, para existir, exactamente aquello que se le ordena desmontar. La segunda razón tiene que ver con la naturaleza del cumplimiento corporativo. Las plataformas han demostrado una enorme habilidad para acatar la letra de una norma mientras vacían su espíritu, para ofrecer controles parentales que casi nadie encuentra, verificaciones de edad que cualquiera burla y “herramientas de bienestar” que funcionan más como coartada que como remedio. Existe el riesgo real de que un rediseño impuesto por los tribunales se traduzca en una capa de ajustes cosméticos que deje intacto el mecanismo de fondo. El fin del scroll infinito podría ser, entonces, menos un cambio de paradigma que un cambio de apariencia. Sostener esta duda no es escepticismo por deporte, es la condición para no confundir un titular con una transformación.
Mañana segunda parte…
*Ana Gabriela Núñez Pérez es colaboradora de la Escuela de Gobierno y Transformación Pública del Tecnológico de Monterrey.
