Por. Boris Berenzon Gorn
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Existe otra paradoja aún más inquietante. Mientras la ciencia, la tecnología y la medicina han prolongado la esperanza de vida, reducido múltiples formas de sufrimiento físico y multiplicado las posibilidades de comunicación, pareciera que la experiencia cotidiana se ha vuelto emocionalmente más frágil. No necesariamente porque las personas sean más débiles, sino porque el significado mismo de la vulnerabilidad ha cambiado.
Durante siglos, el sufrimiento era concebido como una dimensión inevitable de la existencia. No se glorificaba el dolor, pero tampoco se esperaba que desapareciera. La literatura, la filosofía y el arte enseñaban a convivir con la pérdida, el fracaso, la incertidumbre y la muerte. Desde la tragedia griega hasta las novelas de los siglos XIX y XX, la pregunta no era cómo evitar el sufrimiento, sino cómo transformarlo en experiencia, en carácter y en conocimiento.
Nuestra época parece formular una pregunta distinta: ¿cómo eliminar cualquier forma de incomodidad? El cambio parece sutil, pero modifica profundamente la manera en que nos relacionamos con nosotros mismos.
La cultura contemporánea ha desarrollado una extraordinaria capacidad para identificar el sufrimiento, pero una creciente dificultad para otorgarle sentido. Vivimos rodeados de herramientas para nombrar emociones, aunque cada vez disponemos de menos relatos capaces de explicarlas. Sabemos diagnosticar la ansiedad, pero pocas veces comprendemos qué nos dice acerca de la sociedad en que vivimos. Reconocemos la depresión como un problema de salud pública, pero con frecuencia olvidamos preguntarnos qué tipo de mundo produce ese cansancio colectivo.
En este punto, el pensamiento de Guattari resulta especialmente fecundo. Su propuesta nunca consistió en negar el dolor ni en desacreditar el psicoanálisis. Por el contrario, buscó desplazar la mirada: el sufrimiento no nace únicamente del interior del individuo; también emerge de las formas en que una sociedad organiza el trabajo, el tiempo, el deseo, el lenguaje y las relaciones humanas. La subjetividad no puede comprenderse separada del contexto que la produce.
Quizá por ello hoy resulte insuficiente explicar la vida emocional exclusivamente mediante categorías individuales. Hay angustias que pertenecen tanto a una persona como a una época. Hay ansiedades que hablan menos de una biografía que de una civilización. El miedo constante a quedar fuera, la necesidad de reconocimiento inmediato, la comparación permanente y la obligación de construir una identidad atractiva no son simplemente características psicológicas: constituyen el clima afectivo del siglo XXI.
En este sentido, el filósofo Byung-Chul Han ha advertido que el poder contemporáneo ya no funciona principalmente mediante la prohibición, sino mediante la autoexigencia. Hemos dejado de obedecer únicamente a autoridades externas para convertirnos en administradores incansables de nosotros mismos. El individuo contemporáneo debe producir, aprender, actualizarse, cuidar su cuerpo, gestionar sus emociones, mantener una vida social activa y, además, proyectar una imagen de éxito permanente. El descanso comienza a parecer una culpa y la lentitud un fracasoLa subjetividad se transforma así en un proyecto infinito de optimización. Ya no basta con vivir. Ahora también hay que demostrar que se vive correctamente.
Esta lógica afecta de manera particular a los jóvenes. No porque sean incapaces de afrontar la realidad, sino porque crecieron en un entorno donde la identidad dejó de ser una construcción relativamente estable para convertirse en una tarea ininterrumpida. Cada fotografía, cada publicación, cada opinión y cada silencio participan en la elaboración de una versión pública del yo. Nunca antes una generación había tenido tantas posibilidades para expresarse; tampoco había soportado una presión semejante para mantenerse permanentemente visible.
La identidad dejó de ser una casa. Se convirtió en un escaparate. Esta transformación explica, al menos en parte, la extraordinaria sensibilidad que caracteriza a muchas discusiones públicas actuales. No vivimos únicamente una época de opiniones enfrentadas; vivimos una época de identidades expuestas. Cuando la identidad depende de la mirada constante de los demás, cualquier crítica puede sentirse como una amenaza existencial y cualquier diferencia como una forma de exclusión. No se trata de ridiculizar esa sensibilidad. Sería un error tan grave como idealizarla.
Muchas luchas por el reconocimiento de minorías, por la igualdad de género, por la diversidad cultural o por la salud mental han permitido corregir injusticias históricas que durante décadas permanecieron invisibles. Gracias a esa nueva sensibilidad, millones de personas encontraron finalmente un lenguaje para nombrar experiencias que antes sólo podían vivir en silencio. Pero toda conquista cultural corre el riesgo de exagerarse. Cuando toda discrepancia se interpreta como violencia, cuando cualquier desacuerdo se vive como agresión o cuando toda frustración exige una reparación inmediata, la sensibilidad deja de ampliar nuestra comprensión del otro para convertirse en un obstáculo para la convivencia. La convivencia democrática exige algo más que empatía. Exige la capacidad de soportar el conflicto sin destruir al adversario. Quizá esa sea una de las habilidades más amenazadas de nuestro tiempo.
La filósofa Martha Nussbaum ha insistido en que las emociones no son enemigas de la razón; forman parte esencial de los juicios morales y de la vida pública. Sin embargo, también recuerda que una sociedad libre necesita educar esas emociones, no simplemente celebrarlas. La compasión, la indignación o el miedo pueden fortalecer la democracia o debilitarla, dependiendo de cómo aprendamos a vivir con ellas. Algo semejante sucede con la subjetividad. No basta con reivindicarla. Es necesario cultivarla. Quizá el mayor desafío educativo del siglo XXI no consista únicamente en enseñar programación, inteligencia artificial o competencias digitales. Tal vez la tarea más urgente sea enseñar a construir una vida interior capaz de resistir la velocidad, la sobreinformación y la ansiedad permanente. Educar la subjetividad significa aprender a convivir con el silencio, con la incertidumbre, con la lectura lenta, con la conversación profunda y con la posibilidad de cambiar de opinión sin sentir que toda la identidad se derrumba.
Porque una subjetividad madura no es aquella que nunca se hiere. Es aquella que logra transformar sus heridas en comprensión. Y es precisamente ahí donde la inteligencia artificial abre un nuevo horizonte de interrogantes. Los algoritmos ya no sólo organizan la información que consumimos; comienzan a participar en la escritura, la creación artística, la toma de decisiones e incluso en el acompañamiento emocional. Por primera vez en la historia, una parte de nuestra conversación interior puede ser mediada por sistemas que aprenden de nuestros hábitos, anticipan nuestras respuestas y adaptan su lenguaje para generar confianza. La pregunta ya no es si la inteligencia artificial sustituirá determinados trabajos. La pregunta verdaderamente radical es otra: ¿cómo transformará nuestra manera de pensar, de recordar, de imaginar y de sentir?
Si Guattari afirmaba que la subjetividad siempre se produce colectivamente, hoy habría que añadir un elemento inesperado: comenzamos a producirla también junto a máquinas capaces de aprender de nosotros. Esa posibilidad no debe conducir al miedo, sino a una responsabilidad inédita. El desafío no consiste en competir con la inteligencia artificial, sino en preservar aquello que ninguna tecnología puede reemplazar por completo: la experiencia ética de encontrarse con otro ser humano, la imaginación que nace del conflicto, la memoria compartida, el sentido del humor, la compasión y la capacidad de crear significados que trascienden cualquier algoritmo.
Quizá el futuro no dependa de fabricar inteligencias cada vez más poderosas, sino de formar personas capaces de habitar críticamente ese nuevo mundo sin renunciar a su libertad interior.
