Por. Boris Berenzon Gorn
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“No hay mayor signo de crisis que aquel en el que lo esencial deja de conmover. La política no ha desaparecido: se ha vuelto paisaje. Y cuando aquello que decide nuestra vida común deja de sentirse, no estamos ante su ausencia, sino ante una forma más sutil —y más peligrosa— de desgaste.”
Hay un momento, difícil de precisar, pero cada vez más reconocible, en el que uno escucha un discurso político —en la televisión, en la radio, en una plaza pública o en el flujo incesante de las redes— y experimenta algo que no es indignación, ni entusiasmo, ni siquiera rechazo. Es otra cosa: una fatiga leve, una distancia apenas perceptible, una desconexión que se instala sin hacer ruido. Las palabras pasan, pero no tocan. Todo parece dicho antes de ser escuchado. Ese instante —aparentemente menor— es profundamente revelador.
Porque la política, que durante siglos fue vivida como un territorio de intensidad, de conflicto, de esperanza o de temor, hoy se experimenta, con frecuencia, como un espacio saturado y, al mismo tiempo, extrañamente deshabitado. Está en todas partes, pero no logra instalarse en nosotros. Nos rodea, pero no nos implica. Se ha vuelto omnipresente y, sin embargo, ajena.
El texto que hemos venido trabajando lo señala con precisión: la política no carece de visibilidad; carece de densidad. No es que falte información, sino que sobra sin articularse. No es que falten discursos, sino que abundan sin producir mundo.
Y acaso ahí comienza todo: en la pérdida de la capacidad de la política para producir sentido.
Si miramos hacia atrás, advertimos que esto no siempre fue así. Hubo momentos en los que la política no podía ser aburrida porque implicaba, literalmente, la vida. Pensemos en las revoluciones del siglo XIX, en los procesos de independencia en América Latina, en las luchas por la construcción de los Estados nacionales. La política no era un espectáculo ni una gestión: era una apuesta existencial. Quien participaba en ella se jugaba algo irreductible.
El siglo XX amplió esa experiencia de manera decisiva. La política dejó de ser privilegio de unos cuantos y se convirtió en práctica de masas. Partidos, sindicatos y movimientos sociales dotaron a la vida pública de una intensidad sostenida. Se discutía, se militaba, se creía. La política era, en muchos sentidos, una forma de pertenencia.
Incluso sus momentos más oscuros —las guerras, los totalitarismos— estaban cargados de una densidad simbólica que hacía imposible la indiferencia. La política podía ser temida, odiada, combatida… pero difícilmente aburrida.
¿Qué ha cambiado, entonces? No es que la política haya perdido importancia. Es que ha cambiado su forma de estar entre nosotros.
Hoy no nos jugamos menos cosas; tal vez nos jugamos más que nunca: la vida democrática, la convivencia social, el futuro ambiental, las formas mismas de habitar lo común. Pero ese juego ya no se percibe con la misma intensidad. Algo en la manera en que la política se dice, se muestra y se vive ha erosionado su capacidad de afectarnos.
Y ese “algo” no es único. Es una constelación de transformaciones que, al converger, producen lo que podríamos llamar el tedio contemporáneo de lo público.
Vivimos en una época acelerada. Todo ocurre demasiado rápido. Las noticias se encadenan sin pausa, los escándalos se sustituyen unos a otros, las declaraciones se superponen. No hay tiempo para comprender, para procesar, para sedimentar. La política se ha vuelto un flujo continuo en el que cada acontecimiento es inmediatamente reemplazado por el siguiente. Y en ese flujo, la intensidad se diluye.
Lo extraordinario deja de serlo cuando todo pretende ser extraordinario.
A esta aceleración se suma la saturación. Estamos expuestos a una cantidad inédita de información política. Sabemos más —o creemos saber más— que nunca. Pero ese saber fragmentado, disperso, acumulativo, rara vez se convierte en comprensión. Con frecuencia produce agotamiento. El ciudadano contemporáneo no carece de datos; carece de un sentido que los ordene.
Y cuando la información no se convierte en sentido, se vuelve ruido.
Hay, además, una transformación en el lenguaje. La política ha aprendido a hablar sin equivocarse. Ha perfeccionado sus técnicas, ha afinado sus discursos, ha calibrado sus mensajes. Pero en ese proceso ha perdido algo esencial: el riesgo. La palabra política contemporánea es, muchas veces, una palabra sin filo. Busca no fallar más que decir algo verdadero. Administra el error, pero también la intensidad.
Se habla mucho, pero se dice poco.
Y cuando la palabra pierde su capacidad de abrir, de incomodar, de interpelar, deja de ser plenamente política. Se vuelve mera comunicación.
Hay otro elemento, más silencioso, pero igualmente decisivo: la pérdida de credibilidad.
No se trata sólo de promesas incumplidas —eso ha acompañado siempre a la política—, sino de su acumulación persistente. Durante décadas, los discursos han prometido transformaciones que no terminan de concretarse, o que lo hacen de forma parcial, contradictoria, insuficiente. Poco a poco, esa distancia entre lo que se dice y lo que ocurre ha producido un escepticismo extendido que ya no se expresa en indignación, sino en retirada emocional.
La gente no siempre cree que la política mienta; sospecha, más bien, que repite.
Y frente a la repetición, la emoción se apaga.
En paralelo, el imaginario colectivo —ese conjunto de relatos que permite a una sociedad reconocerse— se ha fragmentado. Hubo un tiempo en que la política ofrecía grandes narrativas: la nación, el progreso, la revolución, la justicia social. Esos relatos organizaban la experiencia, daban sentido al esfuerzo, permitían imaginar un futuro compartido.
Hoy, esos grandes relatos han perdido fuerza o se han dispersado en múltiples versiones que compiten entre sí sin lograr articularse. No es que falten historias; sobran. Pero pocas logran arraigar. Vivimos en una pluralidad que no siempre encuentra lenguaje común.
Y cuando no hay horizonte compartido, la política se vuelve un conjunto de discursos que coexisten sin encontrarse.
A todo esto se suma la transformación de la política en espectáculo. Durante un tiempo, esta mutación pareció revitalizarla. La provocación, el exceso, la ruptura de las formas tradicionales introdujeron una energía distinta. Pero el espectáculo, como toda forma, se desgasta. La sorpresa se vuelve previsible. La provocación se convierte en estilo. El escándalo en rutina.
Y entonces ocurre algo profundamente paradójico: incluso lo escandaloso termina por aburrir.
En este escenario, la distinción entre ser y parecer adquiere una centralidad inquietante. La política no sólo actúa: se muestra actuando. La imagen precede a la acción, la narrativa anticipa el hecho. Y el ciudadano, cada vez más consciente de esta lógica, adopta una mirada distante. Aprende a reconocer los códigos, a anticipar los gestos, a descifrar las estrategias.
La política deja de ser acontecimiento para convertirse en lenguaje aprendido.
Y los lenguajes, cuando se dominan, dejan de sorprender.
Pero hay algo aún más profundo, casi imperceptible, que atraviesa todo esto: la pérdida de libido política. La política ha dejado de seducir. No en el sentido superficial del espectáculo, sino en el sentido más profundo de convocar, de implicar, de movilizar afectos duraderos. Sus palabras ya no encienden, sus relatos ya no arrastran, sus promesas ya no generan pertenencia.
La libido se ha desplazado hacia otros espacios: el consumo, la cultura digital, la inmediatez de la vida cotidiana. Y la política, despojada de esa energía, se vuelve un ejercicio necesario, pero poco vivido.
¿Es este, entonces, el final de la política?
Todo indica que no.
Porque el aburrimiento, lejos de señalar su desaparición, señala su desajuste. Nos aburrimos de aquello que, en el fondo, debería importarnos. El tedio político es una forma de conciencia: nos advierte que algo esencial sigue ahí, pero no logra expresarse de manera significativa.
Es la tensión entre la importancia de lo que está en juego y la pobreza de las formas en que se lo representa.
Y tal vez, justamente ahí, se abre una posibilidad.
Porque todo aburrimiento profundo contiene una pregunta: ¿qué falta?
Falta riesgo en la palabra. Falta densidad en el discurso. Falta tiempo para comprender. Falta un imaginario que convoque sin imponer. Falta una relación más honesta entre lo que se dice y lo que se hace.
Pero, sobre todo, falta vida.
No más política, sino otra política. No más discursos, sino otras palabras. No más promesas, sino otras formas de construir lo común.
Recuperar la vitalidad de lo político no implica hacerlo más espectacular ni más solemne. Implica hacerlo más significativo. Devolverle a la palabra su potencia, al conflicto su sentido, al imaginario su capacidad de reunir sin borrar las diferencias.
Implica, en última instancia, volver a sentir que la política no es algo que ocurre fuera de nosotros, sino algo que nos atraviesa.
Porque cuando la política aburre —y hoy lo hace con una claridad que ya no admite evasivas— no es que haya perdido importancia.
Es que nos está diciendo, en voz baja pero persistente, que hemos dejado de habitarla.
Y quizá el desafío más urgente de nuestro tiempo no sea reformarla desde fuera, sino volver a entrar en ella desde dentro.
