jueves 26 marzo, 2026
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COLUMNAS

RIZANDO EL RIZO  Matar para ser visto

Por. Boris Berenzon Gorn

 


“No hay violencia sin historia ni silencio sin herida: lo que estalla en un instante lleva

tiempo gestándose en lo invisible.”

Una sociedad se asoma a sí misma como a un espejo roto. No ve un reflejo nítido, sino fragmentos: gestos inconclusos, silencios densos, preguntas que nadie quiere formular del todo. Lo ocurrido en Michoacán —un joven de bachillerato que, tras anticipar su acción en redes sociales, disparó en su escuela contra dos profesoras con un arma de alto poder y dejó tras de sí no sólo muerte, sino una escena pensada para ser vista— no es únicamente una tragedia que irrumpe en la vida de una comunidad; es una grieta que deja ver algo más profundo, algo que nos incomoda porque no es ajeno, porque de algún modo nos pertenece.

No se trata sólo del acto, sino de su forma. No sólo de la violencia, sino de su inscripción previa, de su anuncio, de su voluntad de existir también como relato. Ese detalle —el de anticipar el crimen, el de convertirlo en una suerte de “trofeo” narrado— marca una inflexión inquietante: la violencia deja de ser únicamente ruptura para convertirse, peligrosamente, en lenguaje. Un lenguaje aprendido, repetido, amplificado. Un lenguaje que circula, que se codifica, que se vuelve disponible.

En ese sentido, lo ocurrido en Michoacán no es un hecho aislado. Se inscribe en un fenómeno más amplio que diversas investigaciones han señalado: el llamado efecto contagio de la violencia. No es una consigna retórica, es una constatación empírica. Desde los estudios posteriores a la masacre de Columbine hasta análisis contemporáneos sobre la mediatización del horror, sabemos que ciertos actos violentos generan imitaciones, especialmente cuando son narrados de manera intensa, espectacular o reiterada. El agresor no actúa en el vacío: actúa en un campo simbólico donde otros ya han actuado, donde existen precedentes, guiones, imaginarios disponibles.

Y ahí radica uno de los núcleos más perturbadores: el crimen como performance. No en el sentido banal del espectáculo, sino en su dimensión más cruda: como acto que busca ser visto, reconocido, inscrito. El agresor ya no sólo destruye; también se construye —de manera perversa— como sujeto visible. En un entorno donde la visibilidad se ha vuelto una forma de existencia, donde el reconocimiento se mide en términos de exposición, la violencia aparece, para algunos, como una vía extrema de afirmación.

Hay, en el fondo, una mutación en la economía del reconocimiento. Antes, el acto violento buscaba, en muchos casos, poder, venganza o control. Hoy, en ciertos contextos, también busca atención. Presencia. Permanencia en la memoria colectiva. Como si la pregunta que atraviesa a algunos sujetos ya no fuera “¿quién soy?”, sino “¿cómo logro que me vean?”.

Pero esta mutación no ocurre en el vacío. Se entrelaza con condiciones sociales, culturales y psíquicas que no podemos ignorar. Vivimos en una época atravesada por una paradoja profunda: hiperconectados, pero profundamente solos; expuestos, pero escasamente escuchados; saturados de información, pero empobrecidos en sentido. En ese contexto, emerge lo que podríamos llamar una intemperie emocional: una dificultad creciente para nombrar el malestar, para tramitar la frustración, para encontrar lugar en el mundo.

Cuando la palabra falla, cuando no hay mediaciones, cuando los espacios de escucha se erosionan, la violencia puede aparecer como un lenguaje sustitutivo. No porque sea legítima, sino porque, en ese horizonte distorsionado, se percibe como eficaz. El disparo, en su brutalidad, dice lo que no pudo decirse de otra manera. No explica, pero irrumpe. No dialoga, pero impone.

Nada de esto justifica. Nada de esto atenúa el horror de lo ocurrido en Michoacán, donde dos vidas fueron arrebatadas y una comunidad entera quedó atravesada por una herida difícil de cerrar. Pero comprender no es absolver. Comprender es asumir que el problema no se agota en la figura del agresor, que hay condiciones que lo preceden, que lo hacen posible, que lo vuelven pensable.

Y ahí es donde la pregunta se vuelve incómoda, pero necesaria: ¿en qué momento lo impensable comenzó a volverse imaginable? ¿Cuándo dejamos de sorprendernos radicalmente ante estos actos? ¿Qué hemos normalizado, casi sin darnos cuenta, en la manera en que hablamos, miramos o narramos la violencia?

En México, estas preguntas adquieren una densidad particular. No partimos de un terreno neutro. Vivimos en un país donde la violencia forma parte del paisaje cotidiano, donde la impunidad erosiona la confianza, donde la vida, en demasiados contextos, parece tener un valor frágil. En ese entorno, la violencia escolar no es una anomalía absoluta, sino una expresión más —particularmente dolorosa— de una cultura que no hemos logrado desmontar.

Las instituciones que tradicionalmente mediaban la vida social muestran fisuras. La familia, muchas veces desbordada, fragmentada, sin los recursos —materiales y simbólicos— para contener. La escuela, que debería ser un espacio de resguardo y construcción de sentido, reducida en ocasiones a la transmisión instrumental de contenidos, sin tiempo ni herramientas para atender la dimensión emocional de quienes la habitan. El Estado, que llega tarde o de manera insuficiente, incapaz de responder a la complejidad del fenómeno.

Pero más allá de estas instancias, hay una crisis más profunda: la erosión de los límites simbólicos. Aquello que antes se percibía como radicalmente intolerable comienza a desplazarse, a volverse pensable, narrable, incluso representable. Y cuando algo puede ser representado de manera reiterada, corre el riesgo de convertirse en opción.

Lo más inquietante, quizá, es que empezamos a acostumbrarnos. No a aceptar, pero sí a integrar estas tragedias en el flujo incesante de noticias. Se comentan, se lamentan, se olvidan. Y en ese proceso se desgasta algo esencial: la capacidad de indignación sostenida, de reflexión profunda, de duelo colectivo que no se diluya en la siguiente noticia.

¿Qué podemos hacer frente a esto? No hay respuestas simples ni soluciones inmediatas. Pero hay tareas urgentes que no pueden seguir postergándose.

Recuperar la palabra como espacio de escucha real. No como consigna, sino como práctica cotidiana. Generar en la escuela espacios donde el conflicto pueda nombrarse, donde la frustración no sea inmediatamente sancionada sino comprendida y trabajada. Integrar la salud mental como un eje central de la política pública, no como un añadido marginal. Formar docentes con herramientas no sólo pedagógicas, sino también socioemocionales.

Revisar la manera en que narramos la violencia. No para ocultarla, sino para evitar su espectacularización acrítica. Cada acto violento amplificado sin contexto puede convertirse en modelo. La responsabilidad narrativa no es censura; es ética.

Y, sobre todo, reconstruir vínculos. Formas de comunidad que devuelvan sentido a la experiencia de vivir con otros. Espacios donde el reconocimiento no dependa de la exposición extrema, donde la identidad no tenga que afirmarse a través de la destrucción.

Porque si la violencia es contagiosa, también puede serlo otra cosa. El cuidado. La palabra. La presencia. La posibilidad de ser visto sin necesidad de irrumpir en el horror.

Lo ocurrido en Michoacán nos enfrenta a una verdad incómoda: la violencia no nace en el instante del disparo. Se gesta en silencios, en ausencias, en fracturas acumuladas. Y si no somos capaces de intervenir en esos niveles —los más profundos, los menos visibles— seguiremos reaccionando tarde, una y otra vez, ante tragedias que, en el fondo, ya estaban anunciadas.

Cuando un joven decide que su única manera de existir es a través del horror, lo que está en juego no es sólo su historia individual. Es la capacidad de una sociedad para ofrecer alternativas al vacío. Y esa capacidad no se decreta ni se impone: se construye, lentamente, en lo cotidiano, en aquello que aún —pese a todo— puede sostener la vida frente a la tentación de la muerte.

Ilustración. Diana Olvera

Manchamanteles 

Lo ocurrido en Michoacán no es un hecho aislado, sino parte de una inquietante constelación global donde la violencia juvenil ha comenzado a repetirse con patrones similares: desde Columbine High School massacre, que inauguró una era de violencia escolar mediatizada, hasta tragedias como Sandy Hook Elementary School shooting o Robb Elementary School shooting, donde el horror no sólo se consuma, sino que se inscribe en una narrativa que otros pueden imitar. En muchos de estos casos, los agresores dejaron huellas previas: manifiestos, publicaciones, advertencias que no fueron leídas a tiempo o que quedaron diluidas en el ruido digital. La violencia, así, deja de ser un estallido imprevisible para convertirse en una secuencia que se repite, un eco que viaja de un país a otro, de una pantalla a otra, alimentado por la visibilidad, por la notoriedad instantánea y por una cultura que, sin quererlo, ha comenzado a convertir el horror en referencia. Lo más inquietante no es sólo que estos hechos ocurran en contextos distintos, sino que compartan una misma lógica: la de sujetos que, incapaces de encontrar lugar en el mundo, terminan por inscribirse en él a través de la destrucción.

Narciso el obsceno

En el narcisismo digital, algunos prefieren ser vistos en el horror antes que invisibles en la vida.

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