jueves 05 noviembre, 2026
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BORIS BERENZON GORN COLUMNAS COLUMNA INVITADA

RIZANDO EL RIZO Trump no es la enfermedad: la democracia frente a sus propios fantasmas

Por. Boris Berenzon Gorn

X: @bberenzon

 

El trumpismo no nació en la Casa Blanca ni desaparecerá con una derrota electoral. Es la expresión de una fractura cultural más profunda: el resentimiento convertido en identidad, el miedo transformado en mercancía y la nostalgia elevada a proyecto político.

Hay victorias electorales que celebran un resultado y otras que, sin proponérselo, dejan al descubierto la profundidad de una herida. La reciente victoria del Partido Demócrata en Estados Unidos pertenece a esta segunda categoría. Su significado rebasa la aritmética de las urnas y la satisfacción inmediata de quienes consideran que Donald Trump ha recibido un nuevo revés. Confundir una derrota electoral con una curación sería, sin embargo, un error de diagnóstico. Que un personaje pierda el poder no significa que desaparezcan las ideas, los resentimientos y las condiciones históricas que hicieron posible su ascenso. Trump puede retroceder en las urnas y permanecer intacto como cultura política. Ahí comienza el verdadero problema.

Conviene formularlo sin rodeos: Trump no es la enfermedad; es uno de sus síntomas más visibles, su intérprete más eficaz y uno de sus beneficiarios más extraordinarios. Su importancia no reside únicamente en lo que dice, sino en haber descubierto una gramática emocional capaz de convertir el malestar social en adhesión política. No inventó el resentimiento, pero aprendió a administrarlo; no creó la desconfianza institucional, pero supo transformarla en lealtad; tampoco produjo las fracturas de la sociedad estadounidense, aunque encontró en ellas el terreno propicio para edificar una identidad política basada en la confrontación.

Reducir el fenómeno a la extravagancia de un individuo, a sus desplantes o a su retórica incendiaria resulta intelectualmente insuficiente. Todo eso forma parte del personaje, pero no explica su persistencia. La pregunta verdaderamente inquietante es otra: ¿qué tuvo que suceder en una de las democracias más poderosas del mundo para que millones de personas encontraran en él una representación de sus frustraciones, sus temores y sus expectativas?

La respuesta exige mirar más allá de la coyuntura. Hay que buscarla en las transformaciones del trabajo, el deterioro de las expectativas de movilidad social, las tensiones raciales, la concentración de la riqueza, la crisis de representación y la metamorfosis de los medios de comunicación. Pero también en algo menos tangible y quizá más decisivo: los imaginarios colectivos. Las sociedades no viven solamente de instituciones, salarios y leyes; necesitan relatos que expliquen quiénes son, de dónde vienen y hacia dónde se dirigen. Cuando esos relatos pierden credibilidad, la política puede convertirse en una fábrica de nostalgias.

Trump entendió esa nostalgia y la convirtió en programa. Su promesa de recuperar una grandeza perdida es, ante todo, una operación sobre la memoria: propone un pasado idealizado, despojado de sus conflictos y desigualdades, como horizonte de restauración. En ese territorio imaginario las jerarquías parecen naturales, las fronteras ofrecen seguridad y la identidad nacional no necesita explicarse. No importa demasiado si aquel pasado existió tal como se lo recuerda; importa que pueda ser deseado. La nostalgia se vuelve entonces una respuesta emocional frente a un presente que muchos experimentan como pérdida de control.

Aquí aparece una de las contradicciones fundamentales de la modernidad estadounidense. La sociedad que convirtió la movilidad, la innovación y la libertad individual en mitos fundacionales también produjo desigualdades persistentes y formas de concentración del poder que contradicen esas promesas. Tocqueville comprendió que la democracia no era únicamente una forma de gobierno, sino una manera de vivir, relacionarse e imaginar la igualdad. Su intuición conserva una vigencia notable: las instituciones pueden permanecer formalmente intactas mientras se deterioran las relaciones sociales que les dan sustento.

La fractura se vuelve todavía más profunda cuando los ciudadanos dejan de reconocerse como integrantes de una misma comunidad y la diferencia comienza a percibirse como amenaza. El adversario ya no es alguien con quien se disputa el poder, sino alguien cuya existencia parece intolerable. En ese desplazamiento, la política pierde su dimensión deliberativa y se convierte en una confrontación de identidades irreconciliables.

El problema de Trump debe situarse, por tanto, en una transformación más amplia: la dificultad creciente de construir una realidad compartida. Cuando la verdad se convierte en una cuestión de pertenencia y los hechos importan menos que las lealtades, cada grupo termina habitando su propia versión del mundo. Hannah Arendt advirtió sobre el peligro de destruir ese suelo común de la experiencia. Su reflexión resulta especialmente pertinente en una época en la que la información puede multiplicarse sin que necesariamente aumente nuestra capacidad de comprendernos. La posverdad no consiste simplemente en mentir —el poder ha mentido desde mucho antes de internet—, sino en debilitar la posibilidad misma de distinguir entre los hechos y las ficciones que convienen a cada comunidad. La información deja de buscar el conocimiento y se convierte, con frecuencia, en un mecanismo de confirmación.

Trump ha sabido desenvolverse en ese ecosistema con una habilidad que sus adversarios no siempre han comprendido. Su lenguaje privilegia la eficacia emocional sobre la precisión conceptual; la exageración, la repetición y la provocación mantienen su figura en el centro de la conversación pública. Incluso la indignación de sus críticos puede alimentar esa centralidad. Es una de las paradojas de la política convertida en espectáculo: a veces, combatir al personaje significa contribuir a su permanencia.

Pero sería cómodo atribuirlo todo a las redes sociales. Detrás de esa maquinaria comunicativa existen condiciones materiales: la desindustrialización, la precariedad laboral, el endeudamiento y el deterioro de las expectativas de las clases medias. Para muchos, el progreso parece ocurrir en otra parte, mientras su propia vida permanece estancada. Cuando la promesa de movilidad social pierde credibilidad, el malestar busca explicaciones y responsables. Trump comprendió cómo transformar ese resentimiento en identidad: ofrece pertenencia a quienes se sienten desplazados y respuestas sencillas para problemas complejos. El enemigo sustituye al análisis y la nostalgia ocupa el lugar del proyecto. Frente a la incertidumbre, una frontera; frente a la angustia, una identidad; frente a la complejidad, un culpable.

Tampoco conviene idealizar al Partido Demócrata. Su victoria no resuelve las contradicciones de las élites liberales y progresistas, que en ocasiones han confundido la defensa de determinados valores con una supuesta superioridad moral. Existe una distancia considerable entre hablar en nombre de los sectores populares y comprender sus experiencias concretas. La arrogancia cultural, el lenguaje inaccesible y la incapacidad de traducir las demandas de justicia en transformaciones materiales también producen exclusión. No basta con defender la diversidad si se ignoran las condiciones económicas que permiten ejercerla. Las ideas necesitan encontrar correspondencia en la vida cotidiana; de lo contrario, corren el riesgo de convertirse en un vocabulario de buenas intenciones.

A esta fractura se suma la economía de la atención. La indignación se consume, el miedo circula y la provocación obtiene mayor visibilidad que la reflexión. Los algoritmos favorecen circuitos de confrontación y recompensa inmediata. El ciudadano corre así el riesgo de convertirse en espectador de una disputa permanente, mientras los problemas colectivos quedan subordinados al espectáculo de los liderazgos. La política termina compitiendo por administrar emociones en lugar de ofrecer interpretaciones y respuestas a la realidad.

Por eso, el fenómeno Trump rebasa las fronteras estadounidenses. Su cultura política encuentra resonancias en movimientos nacionalistas y populistas de distintas geografías, particularmente en sociedades donde la desigualdad, el desencanto y la desconfianza institucional alimentan liderazgos que prometen soluciones definitivas. En América Latina conocemos bien esa seducción: hemos visto cómo las promesas de redención pueden justificar la concentración del poder y cómo la crítica legítima a las élites puede terminar descalificando cualquier forma de disenso. Ningún proyecto político está vacunado contra esas tentaciones, por más noble que sea su genealogía o convincente su discurso.

La cuestión de fondo consiste en recuperar la posibilidad de compartir un mundo sin tener que pensar de la misma manera. El conflicto es inherente a la política; lo verdaderamente destructivo es que el adversario se convierta en enemigo absoluto y que disentir implique deshumanizar. La convivencia exige reconocer que, aun desde posiciones distintas, existe una responsabilidad común sobre el destino colectivo. No se trata de eliminar las diferencias, sino de impedir que se conviertan en fronteras infranqueables.

La lección de la victoria demócrata no debería limitarse, por tanto, a celebrar el retroceso de Trump. Obliga también a preguntar qué condiciones sociales y culturales permiten que el trumpismo siga siendo una posibilidad. La autocrítica resulta indispensable: las instituciones pierden credibilidad cuando dejan de ofrecer respuestas a las experiencias concretas de la población. No basta con defender lo existente; hace falta recuperar la capacidad de imaginar alternativas.

La política es, en última instancia, una disputa por el futuro. Trump ha construido su relato sobre la restauración de un pasado idealizado, las fronteras y la exclusión. Sus adversarios necesitan algo más que oponerse a esa narrativa: necesitan formular un horizonte colectivo capaz de reconciliar libertad, igualdad, pluralidad y justicia. No alcanza con decir qué no queremos; hace falta volver a discutir qué sociedad queremos construir. Una sociedad no puede vivir eternamente de sus mitos fundacionales, sobre todo cuando sus realidades contradicen las promesas que esos mitos contienen.

Trump no es la enfermedad, pero tampoco un accidente menor. Es la expresión de una crisis que encontró en él un intérprete eficaz, capaz de convertir las frustraciones sociales en adhesión y el resentimiento en capital político. Su figura revela hasta qué punto una sociedad puede conservar sus rituales electorales mientras se deterioran los vínculos culturales que les dan sentido.

La verdadera pregunta no es cuánto tiempo permanecerá Trump en el centro de la escena, sino qué ocurrirá con la sociedad que lo hizo posible. Los personajes pasan, pero los imaginarios sobreviven; los gobiernos terminan, pero las fracturas pueden heredarse. Las elecciones modifican las relaciones de poder, aunque no necesariamente las estructuras que las producen.

Quizá esa sea la singularidad más inquietante de nuestro tiempo: hemos multiplicado los medios para comunicarnos y, sin embargo, parecemos cada vez menos capaces de escucharnos; disponemos de más información que nunca, pero nos cuesta construir una realidad compartida. Celebramos la libertad individual mientras crecen nuevas formas de dependencia económica, tecnológica y emocional. Trump no inventó esas contradicciones. Aprendió a convertirlas en una fuente de poder. Mientras no seamos capaces de enfrentarlas, su nombre podrá desaparecer de las papeletas, pero la cultura política que representa seguirá encontrando candidatos, escenarios y públicos dispuestos a reproducirla.

Derrotar a Trump puede ser una victoria electoral. Comprender y transformar las condiciones que hicieron posible el trumpismo es un desafío histórico mucho más profundo.

Ilustración. Diana Olvera

Manchamanteles

La comunidad artística tampoco ha escapado a estas tensiones. Desde Hollywood hasta las universidades y los circuitos culturales, figuras como Meryl Streep, Robert De Niro y Bruce Springsteen han expresado públicamente sus diferencias con Trump, mientras otros sectores han respaldado su discurso. Esta división revela que la cultura no es un territorio neutral ni homogéneo. Pero el arte pierde su sentido cuando se convierte en simple propaganda: su mayor fuerza reside en incomodar, cuestionar al poder y preservar la libertad de disentir, incluso de las ideas que parecen incuestionables.

Narciso el obsceno

El narcisismo político convierte el poder en un espejo: el gobernante deja de mirar a la sociedad para exigir que la sociedad no deje de mirarlo a él.

 

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