Por. Fernando Coca
X: @Fercoca
Cuando conocí a Cuauhtémoc Cárdenas, el viento democrático comenzó a derribar las puertas viejas de autoritario PRI.
La inconformidad de la militancia priista para convertir al partido en un ente de derecha encontró en él, en Porfirio e Ifigenia un dique que entendió que el silencio ante la imposición no era ni refugio ni sendero para México.
Desde adentro, la Corriente Democrática se convirtió en el reclamo de que el poder no podría ser el patrimonio de unos cuantos. Por primera vez en décadas, la palabra PUEBLO tomó un significado diferente.
Con la lucha interna, primero, y después con la prueba de las urnas, la democracia adquirió un nivel inesperado: ya no fue promesa, se volvió realidad cotidiana.
Yo estuve ahí, junto con millones que nos sumamos no para ser espectadores de la historia, sino para marchar por creer que la esperanza democrática por fin tenía una dirección y que esa ilusión se construía caminando las calles de nuestro México.
A cada encuentro, a cada convocatoria nos sumamos cada día más. Llenamos el Zócalo cuando Estados Unidos (Burton y Helms) amenazaban nuestra soberanía.
Luego, llegó el 88. Una campaña que no sólo llenó plazas, fue un proceso en el que los ciudadanos, muchísimos jóvenes como yo, que salimos a tocar casa por casa para invitarlos a sumarse a la causa. La candidatura del inge, del Cuauh, de Cuauhtémoc a secas prendió. Después de décadas, el pueblo salió a decir “aquí estamos”.
En México tenemos una certeza, el 6 de julio de 1988 Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano ganó la presidencia de la República.
Luego vino el PRD, había que darle curso a la frustración que implicó el fraude diseñado desde Los Pinos y orquestado por el siniestro que ocupaba las oficinas de Bucareli. Se cayó el sistema y los votos comenzaron a dejar de contar. Y el Sistema -el político- calló ante el cínico fraude.
Gracias a tu victoria, los mexicanos construimos el Instituto Federal Electoral.
Gracias a la “derrota”, los sectarismos de la izquierda por primera vez entendieron que sólo unidos se podría derrotar al autoritarismo.
El día en que se “contaron” los votos marcó la etapa más decisiva de la historia moderna de México.
Elecciones confiables, lucha política por los cauces democráticos y una nueva forma de entender el poder y la ciudadanía.
Al recordar esos momentos de marchas, de banderas a favor de abrir la política, los mítines y los discursos, volví a ver en un espejo a México.
Desde entonces, hacer política tuvo otra dimensión. Disentir ya no era el pecado original, se convirtió en la norma. No importaban ya los denuestos de los que siempre detentaron el poder. La férrea disciplina se rompía con la expresión de libertad.
Desde los 80 el nombre de Cuauhtémoc Cárdenas llenó paginas con los claroscuros de su vida pública. A parir de hoy, el nombre de Cuauhtémoc Cárdenas significará el antes y el después del México que quiere vivir en democracia.
Espero que las personas que ocupan los espacios en el Congreso acuerden que el nombre del ingeniero se inscriba al lado del de Lázaro Cárdenas del Río.
Ahí deben estar los dos hombres que, en el siglo XX, le dieron rumbo a la nación mexicana.
