jueves 15 octubre, 2026
Mujer es Más –

Por. Boris Berenzon Gorn

X: @bberenzon

 

A la memoria de Francisco “Pancho” Garfias

Hubo un tiempo en que el problema consistía en sentirse poco. Hoy hemos perfeccionado la paradoja: millones de personas han aprendido a mostrarse como demasiado mientras, en algún lugar menos visible de sí mismas, siguen sintiéndose insuficientes. Tal vez ahí se encuentre una de las contradicciones más inquietantes de nuestro siglo. Nunca habíamos tenido tantos instrumentos para exhibirnos, afirmarnos, fotografiarnos, describirnos, promocionarnos y recibir aprobación y, sin embargo, tampoco habíamos construido una maquinaria tan sofisticada para compararnos, medirnos y sospechar que la vida de los otros vale más que la nuestra.

Hace trece años apareció en México un libro pequeño en extensión, pero ambicioso en su pregunta: Cenicientas y patitos feos. De la desvalorización personal a la buena autoestima, de Marcelo R. Ceberio, publicado por Herder. La primera edición mexicana corresponde a 2013 y la obra permanece en el catálogo editorial de Herder. Su aniversario ofrece una ocasión particularmente fértil para volver sobre una pregunta que, lejos de haber perdido actualidad, se ha vuelto más incómoda: ¿qué sucede con nosotros cuando necesitamos que los demás nos digan quiénes somos? El propio planteamiento del libro se organiza alrededor de la desvalorización, la hiperexigencia, los límites y las distintas formas en que buscamos fuera de nosotros la confirmación de nuestro propio valor.  Lo interesante es que el libro puede leerse hoy desde una perspectiva que quizá en 2013 apenas comenzábamos a vislumbrar. No se trata solamente de preguntarnos si seguimos siendo Cenicientas o patitos feos. La cuestión es más perturbadora: el siglo XXI quizá no haya superado la desvalorización; simplemente aprendió a disfrazarla de autoestima.

Ceberio parte de una intuición extraordinariamente fecunda: los cuentos infantiles no son inocentes. En ellos se ensayan, desde muy temprano, gramáticas culturales de la belleza, la fealdad, el mérito, el reconocimiento, la aceptación y el rechazo. Cenicienta y el patito feo representan dos formas de una misma economía afectiva: alguien vale poco hasta que una instancia exterior, la familia, la comunidad, el príncipe, la mirada de los otros, descubre finalmente su verdadero valor. La Cenicienta no solamente quiere ser amada. Quiere ser reconocida como alguien que merece ser amada. El patito feo no solamente sufre porque es diferente: sufre porque aprende a interpretar la diferencia como defecto. Ahí comienza el problema.

Porque una cosa es querer ser querido y otra, mucho más peligrosa, necesitar ser querido para poder quererse. Una cosa es desear reconocimiento y otra construir la propia identidad sobre la obligación de obtenerlo. Una cosa es aspirar a ser mejor y otra vivir bajo la sospecha permanente de que uno todavía no es suficientemente bueno. Ceberio comprende que algunas conductas aparentemente virtuosas pueden convertirse en estrategias de aprobación. El niño bueno, el ayudador, el alumno ejemplar, el hiperexigente o el omnipotente pueden estar representando papeles distintos para resolver una misma angustia: la necesidad de sentirse valiosos ante los demás.  Y aquí aparece una extravagancia que el presente ha llevado hasta sus últimas consecuencias. El narcisista contemporáneo puede ser, en cierto sentido, la Cenicienta que descubrió que el mejor modo de no volver a sentirse despreciada era obligar al espejo a devolverle una imagen grandiosa. No conviene, desde luego, convertir esta observación cultural en diagnóstico clínico. No toda persona vanidosa es narcisista y no toda necesidad de reconocimiento constituye un trastorno. Pero existe una diferencia que nuestra época parece olvidar: el narcisismo no significa simplemente quererse demasiado. Puede significar, en determinadas configuraciones, no poder sostener el propio valor sin que otro lo confirme. Detrás de una apariencia de autosuficiencia pueden existir vergüenza, inseguridad, vacío y una sensibilidad extrema ante la crítica.

La historia de la autoestima es, por supuesto, mucho más antigua que Instagram. William James ya había relacionado a finales del siglo XIX la valoración de uno mismo con la distancia entre aquello que aspiramos a ser y aquello que creemos conseguir. Después llegarían Rosenberg, la psicología humanista, la psicología del yo y las distintas tradiciones psicoanalíticas, que hicieron del reconocimiento, la identidad, el deseo y la valoración personal algunos de los grandes problemas de la subjetividad moderna. Durante el siglo XX ocurrió, sin embargo, algo decisivo: la autoestima dejó de ser únicamente una cuestión íntima y comenzó a convertirse en una preocupación educativa, familiar, social y cultural. Surgió incluso un verdadero movimiento de la autoestima, particularmente visible en Estados Unidos desde las décadas de 1970 y 1980. Había en él una aspiración legítima: nadie debería educarse bajo la humillación, el desprecio o la convicción de ser inferior.

Pero en algún momento confundimos dos cosas. Respetar a un niño no significa convencerlo de que es extraordinario. Una autoestima sólida no consiste en repetirle que es especial hasta inmunizarlo contra la frustración. Consiste en darle recursos para descubrir que puede equivocarse sin convertirse por ello en un error; perder sin considerarse un perdedor; ser rechazado sin concluir que carece de valor; descubrir sus límites sin vivirlos como una condena. Quizá una de las grandes incongruencias pedagógicas de nuestro tiempo sea ésta: hemos querido proteger tanto a nuestros hijos del fracaso que algunas veces les hemos impedido aprender a fracasar. Y fracasar es una de las experiencias más importantes de la vida.

En 2013, cuando apareció la edición mexicana de Cenicientas y patitos feos, Facebook ya era una poderosa infraestructura social y el teléfono inteligente comenzaba a transformar la experiencia cotidiana. Pero todavía no vivíamos plenamente bajo el actual régimen de la visibilidad. Hoy el yo aparece acompañado de cifras. Seguidores. Likes. Comentarios. Reproducciones. Visualizaciones. Contactos. Fotografías. Rankings invisibles. El espejo dejó de limitarse a reflejarnos. Ahora nos califica. Ésta es una de las transformaciones antropológicas más importantes del siglo XXI. Antes uno podía sentirse hermoso, inteligente, querido o importante. Ahora puede saber cuántas personas parecen estar de acuerdo con ello. La diferencia es enorme.

La autoestima tradicional podía ser íntima, silenciosa, incluso secreta. La subjetividad digital tiende a convertirla en una cuestión pública. La identidad se transforma en presentación; la presentación, en mercancía; y la mercancía, en dato. No son las redes sociales las que inventaron el narcisismo. Sería ingenuo atribuirles una culpa que pertenece a una historia mucho más larga. Pero sí han construido una infraestructura extraordinariamente eficaz para administrarlo. Han convertido la mirada ajena en una corriente continua y la comparación en una actividad prácticamente sin descanso.

Christopher Lasch lo había advertido mucho antes. En The Culture of Narcissism, publicado en 1979, no hablaba simplemente de individuos presumidos. Su diagnóstico era más profundo: determinadas transformaciones de la sociedad moderna estaban produciendo un yo inseguro, necesitado de reconocimiento, celebridad, consumo y aprobación. El narcisismo podía ser menos una demostración de fuerza que una respuesta a la inseguridad. Por eso resulta tan fecunda la lectura conjunta de Lasch y Ceberio. Lasch pregunta qué clase de sociedad fabrica sujetos obsesionados con su propia imagen. Ceberio pregunta qué mecanismos personales llevan a un individuo a necesitar desesperadamente la valoración exterior. El siglo XXI ha unido ambas preguntas. Y el resultado es extraño: una sociedad que proclama la autoestima mientras produce permanentemente motivos para sentirse insuficiente. Hay que ser joven, pero no envejecer. Exitoso, pero además feliz. Original, pero visible. Deseable, pero auténtico. Productivo, pero equilibrado. Hermoso, pero natural. Inteligente, pero popular. Único, pero aprobado.

El imperativo contemporáneo ya no dice simplemente: sé alguien. Dice algo más perverso: sé alguien que los demás puedan reconocer inmediatamente como alguien. De ahí que nuestra época sea quizá menos la época de la vanidad que la de la vanidad ansiosa. No basta con ser admirado: hay que seguir siendo admirable. No basta con tener éxito: hay que mostrarlo. No basta con ser feliz: hay que documentarlo. No basta con existir: hay que producir evidencia de que nuestra existencia merece ser contemplada. las selfies, vistas desde esta perspectiva, dejan de ser una simple fotografía. Se convierte en una pequeña ceremonia de existencia. Y mientras tanto, el vacío…

Aquí la discusión adquiere una gravedad que no deberíamos convertir en espectáculo. Mientras aumenta la exposición del yo, persisten problemas de ansiedad, depresión, soledad, malestar y suicidio. Sería intelectualmente irresponsable afirmar que el narcisismo, las redes sociales o la baja autoestima causan directamente el suicidio. Se trata de un fenómeno multicausal en el que intervienen dimensiones psicológicas, sociales, culturales, biológicas y económicas. Pero el contraste resulta demasiado poderoso para ignorarlo. Nunca habíamos tenido tantos dispositivos para decir “mírame” y, al mismo tiempo, seguimos enfrentando una profunda crisis de pertenencia, reconocimiento y sentido. El problema del siglo XXI no es solamente cuánto valgo. Es también una pregunta mucho más antigua y mucho más difícil: ¿para qué vale mi existencia? Ésta es una pregunta filosófica antes que psicológica. Camus comprendió que la cuestión fundamental no era simplemente alcanzar la felicidad, sino enfrentarse al absurdo. Viktor Frankl colocó el sentido en el centro de la experiencia humana. El psicoanálisis, desde Freud hasta sus múltiples derivaciones, nunca dejó de recordarnos que el sujeto no coincide consigo mismo y que debajo de la imagen consciente existe una zona de deseo, conflicto, pérdida y desconocimiento. La cultura contemporánea, en cambio, ofrece con frecuencia una solución bastante pobre: Si no sabes quién eres, construye una marca personal.

Si estás triste, mejora tu imagen. Si fracasaste, conviértelo en contenido. Si tienes miedo, aparenta seguridad. Si estás solo, publica. Si no sabes qué hacer con tu vida, optimiza tu perfil. La antigua pregunta por el sentido ha sido parcialmente sustituida por la pregunta por la visibilidad. Y allí el diagnóstico de Ceberio adquiere una actualidad inesperada. El patito feo de Andersen sufría porque los otros animales le devolvían una imagen degradada de sí mismo. El joven contemporáneo puede sufrir por algo más perverso: tiene acceso simultáneo a miles de imágenes idealizadas de los demás y a ninguna versión completa de su propia vida. Ya no necesita que diez personas le digan que es feo. Le basta con deslizar el dedo durante cinco minutos. La comparación se ha vuelto infinita. Y la comparación infinita produce una nueva forma de insuficiencia: nunca sabemos exactamente contra quién estamos compitiendo porque el otro aparece siempre en su versión editada.

La Cenicienta tradicional esperaba que llegara el príncipe. La Cenicienta digital espera una notificación. El patito feo esperaba convertirse en cisne. El usuario contemporáneo espera convertirse en una versión suficientemente visible de sí mismo como para que el algoritmo le confirme que existe. La diferencia parece pequeña. Antropológicamente es enorme. Y aquí quizá esté la mayor vigencia de Ceberio. La salida no consiste en una exaltación narcisista del yo. Consiste en desplazar la valoración de afuera hacia adentro: reconocer los recursos propios, aceptar límites, aprender a pedir, decir no, tolerar el ridículo y abandonar la necesidad permanente de aprobación. Esto resulta casi revolucionario en una época que ha convertido la autoestima en mercancía. Porque una buena autoestima no, es decir: “Soy maravilloso”. Es poder decir: “No necesito ser maravilloso para tener derecho a existir.” Tampoco es necesario sentirse siempre bien consigo mismo. Una persona madura puede sentirse insuficiente algunas mañanas, fracasar, equivocarse, ser rechazada, envejecer, perder belleza, prestigio, dinero, una elección o una batalla amorosa y, aun así, no perderse completamente a sí misma. Eso es mucho más difícil que repetirse afirmaciones frente al espejo. La industria contemporánea del bienestar ha hecho algo extraordinariamente eficaz: convirtió la antigua inseguridad humana en mercado. Libros, cursos, aplicaciones, influencers, coaches, gimnasios, cosméticos, cirugías, filtros, suplementos, plataformas de citas, redes profesionales. Todo parece decirnos: puedes convertirte en una versión mejor de ti. Pero detrás de esa promesa existe una pregunta que casi nunca se formula: ¿y si no necesitas convertirte permanentemente en otra persona para merecer tu propia vida? La obsesión por mejorar puede esconder una forma sofisticada de desprecio hacia uno mismo. Hay personas que no se odian de manera evidente. Se odian trabajando sobre sí mismas sin descanso. Nunca están suficientemente delgadas. Nunca son suficientemente cultas. Nunca tienen suficiente dinero. Nunca producen suficiente. Nunca son suficientemente deseables. Nunca descansan sin culpa. El perfeccionismo puede ser una forma elegante de crueldad.

Ceberio lo vio en la hiperexigencia: el deseo de alcanzar una imagen ideal termina convirtiéndose en una máquina de producir insuficiencia. El algoritmo simplemente perfeccionó esa máquina.  Por eso conmemorar Cenicientas y patitos feos no debería consistir en declarar que el libro “tenía razón”. Sería demasiado sencillo. Lo verdaderamente interesante es comprobar que la pregunta se desplazó. En 2013 podíamos preguntarnos por qué una persona se sentía poco valorada. En 2026 debemos preguntarnos qué ocurre cuando una sociedad entera convierte la valoración en una moneda de circulación permanente. Ceberio escribió sobre personas que buscaban desesperadamente reconocimiento.Nosotros vivimos en un mundo en el que el reconocimiento ha sido cuantificado. Antes necesitábamos ser queridos. Ahora podemos saber cuántos nos quieren. Antes queríamos ser admirados. Ahora podemos consultar nuestras métricas. Antes sufríamos por el rechazo de alguien. Ahora podemos sufrir por la indiferencia de miles. Sin duda la lección más hermosa que podamos extraer, tantos años después del libro de Ceberio, sea también la más sencilla y la más difícil: hay una vida posible más allá de la mirada de los otros.

Ilustración. Diana Olvera

Manchamanteles

La tecnología no inventó nuestra fragilidad. La volvió mensurable. Y quizá ése sea uno de los rasgos más conspicuos del siglo XXI: hemos conseguido externalizar el espejo. Tal vez haya llegado el momento de reivindicar algo que la cultura de la perfección no soporta: el derecho a no ser extraordinario. El derecho a tener días mediocres. A no ser fotografiable. A no gustarle a todo el mundo. A equivocarse sin convertir el error en una lección. A envejecer sin pedir disculpas. A no tener una marca personal. A no transformar cada dolor en contenido. A no ser productivo. A guardar silencio. A desaparecer un rato. A ser querido sin demostrar méritos. Y, sobre todo, a comprender que la dignidad no es un premio otorgado por los demás. Quizá ésa sea la verdadera segunda parte que falta en todos los cuentos infantiles. Cenicienta no necesita finalmente al príncipe para demostrar que vale. El patito feo no necesita convertirse en cisne para justificar su existencia. Y nosotros tampoco necesitamos convertirnos en una versión espectacular de nosotros mismos para merecer estar aquí.

Narciso el obsceno

Después de todo, una autoestima verdaderamente adulta no consiste en contemplarse fascinado frente al espejo, sino en poder apartarse de él sin dejar de saber quién se es.

Artículos Relacionados

ACTOS DE PODER  Guadalajara, agua hedionda, política puerca

Editor Mujeres Mas

EL ARCÓN DE HIPATIA Tragedia en Torreón: el tribunal de las redes ya dio su veredicto

Editor Mujeres Mas

SA RIBA DE LA VALL Entre pluriculturalidad e hispanidad

Editor Mujeres Mas

ORACIONES A SAN LÁZARO “Si puedes escribir ¡hazlo!”: Pancho Garfias a quien extrañamos mucho

Editor Mujeres Mas

KIREI Cosas bellas

Editor Mujeres Mas

INTERESES CRUZADOS El bolsillo familiar prende las alertas

Editor Mujeres Mas
Cargando....
Mujer es Más es un medio en el que todas las voces tienen un espacio. Hecho por periodistas, feministas, analistas políticos y académicos que hacen de este sitio un canal de expresión para compartir historias, opiniones, victorias, denuncias y todo aquello que aporte en la vida de quien nos lee.