Por. María del Socorro Pensado Casanova
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“Leyes hay, lo que falta es justicia.”
Ernesto Mallo, Crimen en el Barrio del Once, 2011.
En 1793, poco antes de morir en la guillotina y como muestra de agradecimiento, María Antonieta entregó un abanico a Claude-François Chauveau-Lagarde, uno de los abogados encargados de su defensa. Sus bienes habían sido confiscados y aquel objeto habría sido una de las pocas pertenencias que conservaba. Chauveau-Lagarde había aceptado defenderla ante el Tribunal Revolucionario en un proceso para el que dispuso apenas de unas horas de preparación. El abanico sobrevivió entonces como algo más que un objeto personal, ya que quedó asociado al valor de asumir una defensa incluso cuando la sentencia parece haberse adelantado al juicio.
Un objeto aparentemente cotidiano terminó convertido en memoria de la defensa, del debido proceso y de la obligación de garantizar derechos incluso frente a una causa que parecía perdida. Cuando pensamos en la justicia solemos imaginar precisamente ese momento: una persona frente a un tribunal, una defensa, una sentencia y la intervención del derecho después de que los acontecimientos ya han ocurrido.
¿Qué castigo recibe una persona responsable de la comisión de hechos delictivos? Esperamos que quien vulnera los derechos de otra persona enfrente las consecuencias jurídicas correspondientes. Sin embargo, esa mirada también revela una de las mayores limitaciones con las que frecuentemente entendemos la justicia. Hablamos de ella cuando el daño ya ocurrió, cuando la víctima ya existe y cuando la violencia ya produjo consecuencias que, en muchos casos, resultan irreparables.
Jamás será demasiado tarde para preguntarnos si la justicia puede empezar mucho antes. La prevención debe dejar de ser una actividad secundaria para convertirse en una responsabilidad permanente. Informar, educar, identificar factores de riesgo, coordinar esfuerzos y fortalecer capacidades representa una forma de protección tan importante como la respuesta judicial.
En México, la prevención pocas veces ocupa los titulares de los mass media porque sus resultados suelen medirse mediante aquello que logró evitar y no únicamente por los hechos que consiguió resolver. El panorama es distinto si abandonamos la idea de que prevenir significa actuar con menor firmeza, porque nos acercamos a comprender las causas que originan un problema, a identificar los espacios donde se reproducen, a reconocer a las poblaciones que enfrentan mayores riesgos y a diseñar respuestas capaces de modificar esas condiciones antes de que aparezca el daño.
Antes de exigir justicia frente a un tribunal, podemos preguntarnos cuántas oportunidades tenemos diariamente para construirla en los espacios que habitamos. Actuar con justicia también implica reconocer los derechos de quienes nos rodean, revisar nuestras propias conductas y evitar reproducir desigualdades que muchas veces hemos aprendido a considerar normales.
Podemos comenzar en la familia. Ser justos significa procurar que las responsabilidades no recaigan siempre sobre las mismas personas, escuchar todas las opiniones, evitar favoritismos y reconocer que el afecto no debería convertirse en una razón para tolerar diferencias injustificadas. Muchas desigualdades comienzan precisamente en espacios cotidianos, mediante pequeñas decisiones que determinan quién recibe mayor atención, quién asume más cargas o quién tiene mayores posibilidades de decidir.
De igual manera, en el trabajo, la igualdad no depende únicamente de reglamentos o políticas institucionales. Se construye cuando reconocemos labores de otras personas, evitamos apropiarnos de sus ideas, distribuimos oportunidades con criterios equitativos y cuestionamos prácticas que favorecen sistemáticamente a unas personas sobre otras. Un ambiente laboral justo también se forma mediante decisiones que parecen pequeñas, pero que, acumuladas, terminan definiendo la manera en que ejercemos el poder.
Lo mismo sucede entre amistades, en nuestros círculos cercanos y en el espacio público. Podemos escuchar sin descalificar, respetar los límites de otras personas, intervenir frente a una conducta discriminatoria o simplemente reconocer el derecho de quien llegó primero a ser atendido antes. La justicia también está presente cuando respetamos una fila, cedemos el espacio que corresponde, cumplimos nuestra palabra o decidimos no obtener una ventaja a costa de alguien más.
Hemos aprendido a buscar la justicia demasiado lejos de nuestra vida cotidiana, la reclamamos cuando algo falla, cuando una autoridad debe intervenir o cuando necesitamos reparar aquello que ya fue vulnerado. Y, por supuesto, debemos seguir exigiéndola. Pero también podemos contribuir a que exista antes de necesitarla.
Una sociedad más justa no comienza únicamente frente a un tribunal. Comienza cada vez que, teniendo la opción para actuar de otra manera, elegimos ser justos con los demás.
