jueves 25 junio, 2026
Mujer es Más –
COLUMNAS COLUMNA INVITADA

RIZANDO EL RIZO La insoportable perfección de los imperfectos

 

“Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”.
Friedrich Nietzsche

 

Por. Boris Berenzon Gorn

X: @bberenzon

 

Mediocres emocionales. La mediocridad de sentirse superior. Expertos en vivir la vida de otros. Los apóstoles de la autoestima. El club de los perfectos agotados. La religión del yo. Santos del emprendimiento emocional. El cansancio de ser extraordinario. Los devotos del espejo. La epidemia del yo.

Nunca una época produjo tantos especialistas en la felicidad y tan pocos conocedores de sí mismos. Habitan entre podcasts motivacionales, frases inspiradoras, tutoriales para el alma y manuales para alcanzar una plenitud que siempre parece estar a una compra, un curso o una publicación de distancia. Dictaminan quién es tóxico, quién fracasa, quién merece triunfar y quién desperdicia su vida, aunque rara vez someten sus propias certezas al más elemental interrogatorio. Son expertos en el arte de diagnosticar las heridas ajenas mientras esconden las propias detrás de una sonrisa de catálogo. Predican autenticidad con palabras prestadas, independencia con fórmulas copiadas y fortaleza emocional con la fragilidad de quien no soporta permanecer cinco minutos a solas con sus pensamientos. Nunca hubo tantos gurús del éxito; tampoco tantos náufragos del espejo. Porque detrás de la seguridad que exhiben suele esconderse una vieja y conocida angustia: el miedo de descubrir que, después de todo, son tan humanos, contradictorios e imperfectos como el resto de nosotros.

Las librerías dedican estantes completos a la felicidad. Las redes sociales ofrecen miles de gurús capaces de explicar en treinta segundos el sentido de la existencia. Los algoritmos distribuyen consejos para sanar heridas, superar rupturas amorosas, alcanzar el éxito financiero, mejorar la autoestima, potenciar la productividad, controlar la ansiedad, desarrollar resiliencia y convertirse, en términos generales, en una versión optimizada de uno mismo.

La promesa es seductora: no importa la profundidad de la herida, siempre existirá una fórmula. No importa la complejidad del conflicto, siempre habrá una receta. No importa la magnitud de la pérdida, alguien habrá diseñado un método de cinco pasos para convertir el dolor en oportunidad.

La industria de la autoayuda ha construido una de las grandes ficciones contemporáneas: la idea de que la existencia puede gestionarse como si fuera un manual de instrucciones. Pero la vida no es un electrodoméstico. La muerte de un ser amado no es un error de configuración. El abandono no es una falla de programación. La angustia no es un virus que pueda eliminarse mediante afirmaciones positivas. Sin embargo, millones de personas consumen diariamente mensajes que les prometen exactamente eso.

La lógica es sencilla: si sufres, es porque no has trabajado suficientemente en ti. Si fracasas, es porque tu mentalidad no es correcta. Si no alcanzas el éxito, es porque no deseas lo suficiente. Si la tristeza persiste, entonces debes repetir más veces el mantra. La tragedia se transforma así en una responsabilidad individual. Y el dolor, en un problema de actitud. Detrás de esta aparente invitación al crecimiento personal se esconde una operación ideológica mucho más profunda. El sufrimiento deja de ser una experiencia humana para convertirse en un defecto de fabricación.

El fracaso deja de ser una posibilidad inherente a la existencia para convertirse en evidencia de una mala gestión emocional. La angustia deja de ser una pregunta para convertirse en un error. Lo que desaparece entonces es la condición humana misma. Porque toda vida está hecha de límites. Toda biografía contiene derrotas. Toda historia personal alberga heridas. Toda existencia es, en alguna medida, incompleta.

Ilustración: Diana Olvera

Desde los trágicos griegos hasta Freud, desde Montaigne hasta Cioran, desde Kierkegaard hasta Rolón, innumerables pensadores han recordado una verdad incómoda: vivir implica aceptar la falta. Pero la cultura contemporánea parece haber declarado la guerra contra esa idea.

El nuevo imperativo ya no consiste en comprender quiénes somos, sino en convencernos de que podemos ser cualquier cosa. El verbo dominante ya no es comprender. Es triunfar. No importa cómo. No importa para qué. No importa a costa de qué. Lo importante es triunfar. La consecuencia es visible por todas partes. Personas obsesionadas con construir una versión idealizada de sí mismas. Sujetos que hablan constantemente de autenticidad mientras copian las mismas frases, los mismos hábitos, las mismas formas de vestir, los mismos discursos motivacionales y hasta las mismas emociones prefabricadas.

Individuos convencidos de que poseen una extraordinaria singularidad mientras reproducen exactamente las mismas recetas que millones de desconocidos. La paradoja resulta fascinante. Nunca se había hablado tanto de individualidad. Y nunca se había producido una estandarización emocional tan masiva. Las redes sociales funcionan como gigantescas fábricas de subjetividades en serie. Los gurús digitales venden fórmulas para el éxito. Los influencers distribuyen protocolos para la felicidad. Los algoritmos recompensan las respuestas simples frente a las preguntas complejas. Y millones consumen esas fórmulas con una fe que siglos atrás habría estado reservada para las religiones.

Ilustración: Diana Olvera

Pero las nuevas divinidades no prometen salvación. Prometen rendimiento. Prometen visibilidad. Prometen éxito. Prometen validación. Prometen convertirse en alguien. Y es precisamente ahí donde aparece uno de los grandes problemas de nuestro tiempo: el narcisismo emocional. No se trata necesariamente del amor excesivo hacia uno mismo. Se trata de algo más sutil. La incapacidad de salir del propio reflejo. Todo gira alrededor del yo. El éxito del yo. La imagen del yo. La felicidad del yo. La autoestima del yo. La productividad del yo. La marca personal del yo. La mejor versión del yo. La consecuencia inevitable es la desaparición de la autocrítica. Porque la autocrítica exige reconocer algo insoportable para el narcisismo: que quizá no siempre tenemos razón. Que quizá hemos contribuido a nuestros propios fracasos. Que quizá algunas heridas no provienen exclusivamente de otros. Que quizá nuestras decisiones tienen consecuencias. Que quizá también somos responsables de ciertos desastres personales. Pero esa posibilidad resulta incómoda.

Mucho más cómodo es atribuir todos los problemas a personas tóxicas, energías negativas, envidias ajenas, contextos adversos o conspiraciones emocionales. Mucho más sencillo es consumir una nueva receta. Mucho más rentable es comprar otro libro. Mucho más tranquilizador es seguir otro curso. Mucho más fácil es repetir una frase motivacional. Lo difícil es mirarse. Lo difícil es pensar. Lo difícil es asumir. Lo difícil es analizar las zonas oscuras de la propia historia. Lo difícil es reconocer que también habitamos contradicciones, mezquindades, miedos y fracasos. Por eso tanta gente corre hacia las recetas. Porque las recetas alivian. El análisis inquieta. Las recetas prometen. El análisis pregunta. Las recetas tranquilizan. El análisis desestabiliza. Las recetas ofrecen respuestas. El análisis descubre problemas. Y la condición humana se parece mucho más a una pregunta que a una respuesta. Quizá por eso la proliferación de discursos motivacionales no ha producido sujetos más libres. Ha producido, con frecuencia, personas más frágiles. Más dependientes de la aprobación. Más necesitadas de validación constante. Más incapaces de tolerar la frustración. Más vulnerables frente a cualquier fracaso. Más aterrorizadas ante la posibilidad de no ser extraordinarias. La ironía final es devastadora.

Quienes denuncian constantemente la mediocridad ajena suelen ser incapaces de examinar la propia. Quienes hablan obsesivamente de crecimiento personal suelen evitar cualquier exploración profunda de sí. Quienes proclaman haber encontrado el secreto de la felicidad suelen mostrar una enorme dificultad para convivir con la incertidumbre. Y quienes se consideran emocionalmente superiores suelen reaccionar con una extraordinaria fragilidad cuando la realidad contradice sus expectativas. Tal vez la verdadera madurez emocional no consista en convertirse en una versión perfecta de uno mismo. Tal vez consista en aceptar que nunca lo seremos. Tal vez el crecimiento no resida en eliminar las contradicciones, sino en aprender a convivir con ellas. Tal vez la felicidad no sea una conquista permanente. Tal vez sea apenas un instante. Un destello. Una tregua. Y tal vez la auténtica fortaleza no radique en repetir que todo saldrá bien. Sino en seguir adelante aun cuando sabemos que no siempre será así.

Porque vivir no es ganar. Vivir tampoco es triunfar. Vivir es algo mucho más difícil. Consiste en habitar dignamente nuestras luces y nuestras sombras. Y ninguna receta ha conseguido todavía reemplazar esa tarea.

Ilustración. Diana Olvera

Manchamanteles

Habitan gimnasios del alma y escaparates digitales. Son los devotos de la perfección permanente, peregrinos de la autoestima certificada, sacerdotes del éxito instantáneo y vigilantes obsesivos de su propia imagen. Despiertan preguntándose cómo serán vistos y se duermen calculando cuántos los vieron. Hablan de libertad mientras viven encarcelados en la mirada ajena. Predican autenticidad con frases tomadas de otros. Recomiendan valentía desde el refugio de las certezas prefabricadas. Temen fracasar, temen envejecer, temen equivocarse, temen no ser admirados; pero, sobre todo, temen encontrarse a solas con quienes realmente son. Por eso corren de receta en receta, de gurú en gurú, de tendencia en tendencia, como quien cambia de espejo esperando que el reflejo mejore. Llaman mediocres a los demás con una seguridad admirable, aunque pocas veces se atreven a examinar la mediocre fragilidad de sus propias convicciones. Se presentan como triunfadores, pero a menudo viven ahogándose en la imposibilidad de alcanzar el personaje que ellos mismos inventaron. Y, sin embargo, son profundamente humanos: criaturas vulnerables que han confundido el reconocimiento con el afecto, el aplauso con la identidad y la perfección con el sentido de la vida.

Narciso el obsceno

La autoayuda convertida en dogma suele alimentar una ilusión peligrosa: la de que el yo es siempre la respuesta y nunca la pregunta.

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