Por. Ernesto Zavaleta
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Hay declaraciones que buscan resolver problemas y otras que buscan ganar elecciones. Las de Donald Trump suelen pertenecer a la segunda categoría.
Desde la cumbre del G7, el presidente estadounidense volvió a desempolvar uno de sus temas favoritos: México. Lo hizo con una frase diseñada para provocar titulares, alimentar a su base electoral y colocar nuevamente a nuestro país en el centro del debate político estadounidense. Según Trump, México ha perdido el control de su territorio y son los cárteles quienes gobiernan el país.
Si existe una oferta criminal de drogas en México es porque existe una demanda multimillonaria en Estados Unidos, una verdad incómoda que suele quedar fuera de los discursos de campaña en Washington.
No es una afirmación nueva. Tampoco es inocente.
Cada vez que Washington entra en ciclos de tensión interna, la frontera sur aparece como escenario perfecto para proyectar miedos, frustraciones y promesas de mano dura. El narcotráfico, la migración y la seguridad se convierten entonces en herramientas electorales más que en asuntos de cooperación binacional.
La novedad no está en el diagnóstico de Trump, sino en el contexto. Mientras el presidente estadounidense endurece el discurso, su propia zarina antidrogas, Sara Carter, directora de la Oficina de Política Nacional de Control de Drogas (ONDCP en inglés), reconoció públicamente una cooperación inédita con el gobierno de Claudia Sheinbaum. Más aún: presume operaciones conjuntas, intercambio de inteligencia y acciones coordinadas contra objetivos prioritarios del crimen organizado.
Sin embargo, Carter lanzó una dura advertencia: “Te vamos a atacar y te vas a arrepentir”, aunque resaltó la relación con el gobierno de Claudia Sheinbaum, pero fue dura al advertir que, si no hay cooperación, van a atacar y confirmó que el gobierno de Estados Unidos, encabezado por Donald Trump, tiene en la mira a funcionarios mexicanos relacionados con el crimen organizado.
Trump dice lo que hace: “Vamos por ti; si no cooperas con nosotros, te vamos a atacar y te vas a arrepentir’”, explicó Carter en una entrevista con el presentador Jan Jekielek, en el programa American Thought Leaders.
La contradicción es evidente.
Por un lado, la Casa Blanca sostiene que México está dominado por los cárteles, por el otro, los mismos funcionarios que amenazan, afirman que nunca habían observado un nivel de colaboración semejante por parte de las autoridades mexicanas.
Las dos cosas difícilmente pueden ser ciertas al mismo tiempo.
En San Lázaro, la respuesta oficial llegó por dos carriles distintos. Ricardo Monreal optó por la defensa institucional. Calificó las declaraciones de Trump como falsas y las ubicó en el terreno de la rentabilidad electoral.
Monreal recordó algo que pocas veces se menciona en el debate público estadounidense: durante el actual gobierno mexicano se han incrementado las extradiciones de capos, los decomisos de drogas sintéticas y la destrucción de laboratorios clandestinos.
Es decir, los resultados que Washington exige son, en buena medida, los mismos que hoy presume la administración Trump cuando habla de cooperación.
Por su parte, la presidenta de la Cámara de Diputados evitó la confrontación directa y puso el foco en el daño reputacional. No le falta razón. Cuando el presidente de la principal potencia económica del mundo afirma frente a los líderes del G7 que los criminales gobiernan México, el mensaje no queda encerrado en el ámbito diplomático. Lo escuchan inversionistas, mercados, agencias calificadoras y potenciales turistas.
La pregunta de fondo no es si Trump exagera. La pregunta es por qué insiste.
La respuesta probablemente se encuentre menos en México y más en Estados Unidos.
La crisis del fentanilo continúa cobrando decenas de miles de vidas al año. El flujo de drogas no ha desaparecido. Los costos sociales del consumo siguen creciendo. Y en año político siempre resulta más sencillo señalar hacia el exterior que explicar las fallas internas de prevención, salud pública, combate al lavado de dinero y distribución de narcóticos dentro del propio territorio estadounidense.
La narrativa de Trump tiene además una segunda derivación que no debe minimizarse. Cuando afirma que México ha perdido el control de su territorio, construye el argumento político que podría justificar medidas unilaterales futuras. No es casualidad que meses atrás insinuara la posibilidad de intervenir directamente contra los cárteles si México no actuaba.
Y por eso cobra relevancia la serenidad con la que el gobierno mexicano ha respondido hasta ahora. La presidenta Sheinbaum ha entendido que la relación con Washington no se administra desde la indignación ni desde los discursos patrioteros, se administra con resultados, inteligencia y cálculo político, aunque insistir en la defensa de los políticos reclamados por la justicia estadounidense no ayuda.
Mientras tanto, en los pasillos de San Lázaro hay una certeza compartida por oficialistas y opositores: la batalla contra los cárteles es real, compleja y pendiente. Lo que está en discusión no es su existencia, sino quién controla la narrativa.
Porque una cosa es combatir al crimen organizado, y otra muy distinta es utilizarlo como argumento de campaña desde el extranjero.
En política, como en la diplomacia, las palabras nunca viajan solas. Siempre llevan consigo una intención. Y las de Donald Trump, esta semana, parecen llevar más votos que soluciones.
Lo que sí es un hecho es que hay varios gobernadores en la mira, entre ellos Américo Villareal de Tamaulipas, quien a pesar de ello insiste en impulsar candidatos en su estado, contra quienes representan a sus adversarios políticos dentro de Morena.
Así ve el tamaulipeco a Marcelo Ebrard, quizá porque aún conserva su visa, y como el secretario de Economía está fuera de su alcance, arremete contra quien identifica en su estado como “su gente”.
Como un ejemplo de lo anterior está Pedro Lozano Martínez, dirigente de transportistas en Tamaulipas, mientras él se ocupa de acompañar a Marcelo Ebrard en las negociaciones del TMEC, en el tema de los transportistas, sus adversarios en la búsqueda de la candidatura por la alcaldía de Nuevo Laredo, Ninfa Cantú, secretaria de desarrollo económico del estado, impulsada por Américo Villareal, y Carlos de Anda, secretario de Obra Pública en esa alcaldía, sin haber renunciado a sus cargos, están en plena campaña, con recursos públicos.
