jueves 14 mayo, 2026
Mujer es Más –
BORIS BERENZON GORN COLUMNAS

RIZANDO EL RIZO Silencio: el último territorio íntimo

Por. Boris Berenzon Gorn

X: @bberenzon

 

Vivimos en una época que habla de manera compulsiva. Todo se publica, todo se comenta, todo se expone. Las pantallas rebosan confesiones, opiniones, indignaciones instantáneas y biografías convertidas en espectáculo. Nunca hubo tantas palabras circulando al mismo tiempo. Nunca hubo tanto ruido. Y, sin embargo, pocas veces una sociedad había guardado tantos silencios esenciales. Debajo de la saturación verbal sobreviven zonas enteras de miedo, dolor, memoria y poder que nadie logra nombrar del todo. Ahí comienza el verdadero mapa de nuestra época: no en lo que dice de sí misma, sino en aquello que calla para sostenerse. En ese territorio espeso, movedizo y profundamente humano, la obra de Laurence Joseph abre una fisura refulgente.

Psicoanalista y psicóloga clínica formada en el ámbito hospitalario parisino, especialmente en el hospital Sainte-Anne, vinculada también a la enseñanza universitaria, Joseph ha desarrollado una reflexión rigurosa sobre la intimidad contemporánea: su fragilidad, su exposición constante y su captura por los dispositivos sociales y tecnológicos. Su pensamiento dialoga con la tradición del psicoanálisis europeo, con las intuiciones de Sigmund Freud y las exploraciones hermenéuticas de Paul Ricoeur, aunque su mirada permanece anclada en las tensiones del presente, en la velocidad cultural de nuestra época y en las formas nuevas del aislamiento.

Su libro más reciente apareció en francés bajo el título Nos silences. Apprendre à les écouter (París, 2025), traducido al español como Nuestros silencios. Por qué callamos (2025). Antes publicó La chute de l’intime. La mélancolisation du discours (París, 2011), un texto que podría traducirse como La caída de lo íntimo. La melancolización del discurso. Ambos libros forman parte de una misma arquitectura conceptual sostenida por una intuición poderosa: la palabra nunca alcanza a contener por completo la experiencia humana; el silencio no representa su negación, representa una de sus condiciones más profundas. 

En la cultura contemporánea el silencio suele interpretarse como una ausencia, una falla de comunicación, un vacío incómodo que debe llenarse de inmediato. Joseph invierte esa lógica. El silencio posee espesor. Tiene densidad. Respira. Se parece a una habitación cerrada donde cada objeto conserva todavía su temperatura y su memoria, aunque la oscuridad impida verlo con claridad. Entrar en ese espacio exige otro tipo de sensibilidad. No basta encender la luz; hace falta aprender a mirar en la penumbra. 

El silencio constituye una gramática sin palabras. Tiene ritmo, dirección, intensidad. A veces funciona como pausa, otras como refugio, otras como herida. Puede proteger al sujeto frente a una invasión excesiva del mundo exterior; también puede convertirse en el signo visible de una violencia que dejó sin voz a quien la padeció. Allí aparece una de las grandes intuiciones clínicas de Joseph: no existe un solo silencio. Existen silencios múltiples, contradictorios, móviles.

Está el silencio fértil, semejante a la tierra antes de la lluvia, donde algo germina sin mostrarse todavía. Está el silencio íntimo, ese lugar interior donde el sujeto se repliega para no disolverse en la mirada ajena. Está el silencio impuesto, pesado como una losa, encargado de preservar jerarquías y ocultar verdades incómodas. Está también el silencio traumático, una zona devastada donde las palabras aún no encuentran camino posible. Cada uno exige una forma distinta de escucha. Cada uno implica una ética diferente. 

Aunque existe otra dimensión todavía más inquietante: aquello que el silencio mueve dentro de nosotros. Porque callar nunca significa simplemente guardar algo. El silencio desplaza emociones, reorganiza recuerdos, altera la percepción del tiempo y modifica la manera en que habitamos el mundo. Hay silencios que laten como una culpa antigua; silencios que pesan como habitaciones cerradas durante décadas; silencios que regresan en la madrugada convertidos en ansiedad, cansancio o insomnio. En ocasiones el cuerpo termina pronunciando lo que la boca no pudo decir. La angustia, el miedo, ciertas formas de tristeza e incluso algunos estallidos de violencia aparecen como lenguajes desplazados de aquello que permaneció oculto demasiado tiempo. El silencio también modela la memoria: borra, deforma, protege, hiere. Nos constituye incluso cuando creemos haberlo dejado atrás. 

El silencio tampoco pertenece únicamente al individuo. Las sociedades producen silencios del mismo modo en que producen leyes, instituciones y relatos históricos. Existen silencios fundacionales que permiten sostener una comunidad sin confrontar sus fracturas más profundas. Existen silencios heredados, transmitidos de generación en generación como sombras familiares que nadie nombra, aunque todos perciban su presencia.

La familia suele convertirse en el primer laboratorio de ese aprendizaje. Ahí se descubre qué puede decirse y qué debe permanecer oculto. Ahí circulan las omisiones, los secretos, las frases suspendidas. El niño no llega al mundo dentro de un lenguaje neutral; nace dentro de una red previa de palabras y silencios. Aprende a hablar dentro de una estructura donde ciertos temas parecen no existir. 

Las instituciones reproducen el mismo mecanismo. Iglesias, escuelas, partidos políticos, gobiernos, corporaciones: todas organizan parte de su estabilidad sobre zonas de silencio cuidadosamente administradas. La palabra italiana omertá condensa de manera brutal ese pacto colectivo. No se trata de ignorancia. Se trata de pertenencia. Callar equivale a permanecer dentro del grupo. Hablar implica romper el vínculo. El silencio deja entonces de ser un fenómeno psicológico para transformarse en una categoría política. ¿Qué se protege cuando se calla? ¿Qué se destruye cuando alguien es obligado a hablar? ¿Qué formas de poder circulan en la palabra y en su ausencia? 

La modernidad edificó un ideal seductor: el de la transparencia absoluta. Nombrar equivaldría a comprender. Mostrar equivaldría a autentificar. Decir equivaldría a liberar. La cultura digital llevó ese impulso hasta sus extremos. La experiencia se transformó en contenido. La intimidad comenzó a convertirse en espectáculo continuo. Cada emoción parece necesitar una evidencia pública para existir.

En medio de esa exposición permanente, el silencio empezó a verse como sospecha. Como residuo. Como anomalía. Joseph demuestra que esa lectura resulta profundamente equivocada. El silencio nunca desapareció. Cambió de forma. Se desplazó. Se volvió más complejo. La sociedad contemporánea exige hablar de manera constante mientras deteriora la capacidad de escuchar. El testimonio debe ser inmediato, coherente, verificable, visible. La experiencia subjetiva jamás obedece por completo a esos tiempos. El trauma avanza de manera fragmentaria. Se presenta en lapsos, interrupciones, vacíos, frases inconclusas. 

Forzar la palabra puede convertirse en otra forma de violencia. Obligar a narrar antes de tiempo puede destruir aquello que apenas intenta organizarse en el interior del sujeto. Convertir la intimidad en espectáculo termina vaciándola de sentido. La transparencia elevada a dogma erosiona lentamente la posibilidad misma de una vida interior.

En La chute de l’intime, Joseph describe precisamente esa erosión de la intimidad como espacio protegido. La caída de lo íntimo no ocurre como un derrumbe espectacular; aparece como un deslizamiento lento, casi imperceptible. El sujeto contemporáneo empieza a definirse por su visibilidad. Ser visto equivale a existir. Desaparecer de la mirada pública produce una sensación de inexistencia. En ese contexto, el silencio despierta sospecha. Quien no habla parece borrarse del mundo. 

Joseph propone entonces una metáfora inquietante: la intimidad como una casa sin muros. Todo circula. Todo se muestra. Todo puede observarse. La casa continúa en pie, aunque sus habitaciones han perdido la capacidad de resguardar algo. El sujeto vive expuesto a una mirada constante que interpreta, comenta y consume cada gesto. La consecuencia no es únicamente social. También es psíquica. Sin espacios de reserva, el pensamiento pierde profundidad. Sin márgenes de silencio, la palabra pierde densidad. El sujeto corre el riesgo de convertirse en una superficie lisa, continua, incapaz de conservar pliegues, sombras o zonas de misterio. 

La radicalidad del pensamiento de Joseph no reside únicamente en reivindicar el silencio. Su propuesta más poderosa consiste en construir una ética de la escucha. Escuchar el silencio no implica llenarlo apresuradamente de palabras. Implica reconocer su textura, su historia, sus ritmos invisibles. Escuchar significa suspender la ansiedad de comprender de inmediato. Significa aceptar que el sentido puede demorarse. En una época obsesionada con la velocidad y la reacción instantánea, la escucha se convierte en una forma de resistencia cultural. 

La clínica psicoanalítica enseña algo fundamental: el sujeto raras veces se revela en lo que dice de manera directa. Aparece en sus rodeos, en sus interrupciones, en sus vacíos. El silencio no obstaculiza la interpretación; constituye parte de su materia más profunda.

Quizá esa lección pueda trasladarse también a la cultura contemporánea. Una sociedad capaz de escuchar sus silencios adquiere otra sensibilidad crítica. Aprende a distinguir entre aquello que debe ser dicho y aquello que merece protección. Aprende a detectar la violencia escondida en lo innombrable. Aprende también a cuidar la intimidad sin convertirla en mercancía emocional.

La pregunta final que deja abierta Laurence Joseph resulta profundamente incómoda y necesaria: ¿qué tipo de sociedad queremos ser frente a aquello que no se dice?

Tal vez el verdadero desafío cultural de nuestro tiempo no consista en hablar más. Tal vez consista en escuchar mejor. Reconocer que lo esencial rara vez llega envuelto en discursos perfectos. Comprender que, en el fondo de cada cultura, existe una zona donde el lenguaje todavía no alcanza. Allí, en ese umbral incierto, el silencio deja de ser límite. Empieza a convertirse en origen.

Ilustración. Diana Olvera

Manchamanteles

La política también posee sus propios silencios, y muchas veces en ellos se revela más verdad que en los discursos oficiales. Existen silencios que encubren pactos, silencios que administran el miedo, silencios construidos para preservar privilegios o evitar que ciertas heridas colectivas entren en la memoria pública. Cada época organiza aquello que puede decirse y aquello que debe permanecer fuera del lenguaje. Las democracias contemporáneas producen una paradoja inquietante: nunca hubo tantas declaraciones, conferencias, mensajes y opiniones circulando al mismo tiempo, aunque rara vez se escucha lo esencial. El exceso de palabra puede convertirse en una nueva forma de ocultamiento. Entre cifras, narrativas y consignas, muchas sociedades terminan perdiendo la capacidad de nombrar el dolor real, la desigualdad, la violencia cotidiana o la fractura emocional de sus ciudadanos. Laurence Joseph permite pensar que la política no sólo se juega en los parlamentos o en las urnas; también se juega en aquello que una sociedad decide callar, en las memorias que reprime, en las víctimas que no escucha y en los silencios que lentamente ter

Narciso el obsceno

En una cultura dominada por el narcisismo, el silencio se vuelve insoportable porque obliga a confrontar aquello que ninguna exhibición pública consigue llenar.

Artículos Relacionados

SEXTO SENTIDO  Qué fácil tocar a una niña, qué difícil hacer justicia

Editor Mujeres Mas

ORACIONES A SAN LÁZARO En defensa de los acusados… y ¿la soberanía?

Editor Mujeres Mas

Chilapa: la memoria que resiste al miedo

Editor Mujeres Mas

EL ARCÓN DE HIPATIA Ayuso y el orgullo del privilegio

Editor Mujeres Mas

ORACIONES A SAN LÁZARO No hubo Día de las Madres para más de 25 mil mamás mexicanas

Editor Mujeres Mas

SA RIBA DE LA VALL Deudas de igualdad en la enseñanza

Editor Mujeres Mas
Cargando....
Mujer es Más es un medio en el que todas las voces tienen un espacio. Hecho por periodistas, feministas, analistas políticos y académicos que hacen de este sitio un canal de expresión para compartir historias, opiniones, victorias, denuncias y todo aquello que aporte en la vida de quien nos lee.