miércoles 18 febrero, 2026
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COLUMNA INVITADA  La delgadez de las ilusiones ópticas

Por. María del Socorro Pensado Casanova

X: @mariaaspc / IG: @pcasanovams

 

“En lugar de resistirte a cualquier emoción, la mejor manera de disiparla es entrar
plenamente en ella, abrazarla y atravesar tu resistencia.”
Deepak Chopra

 

Iniciamos 2026 lleno de propósitos por cumplir, con un nuevo capítulo en nuestra vida que se asoma en cada frío e invernal amanecer. Si realizamos una lista de los objetivos que más se repiten en cada vuelta al Sol podemos encontrar: bajar de peso. Ya sea por salud, por belleza u otras muchas razones, el adelgazamiento se repite una vez tras otra en las conversaciones familiares, con las amistades e incluso en espacios laborales.

Para muchas personas puede resultar normal o fácil el hecho de controlar el peso, pero para otras no lo es, y poco se habla del daño que hacemos cuando interferimos directamente con el aspecto físico del cuerpo de alguien más. Los problemas o trastornos de la conducta alimentaria como lo son la anorexia y la bulimia aún siguen siendo un tabú (más de lo que imaginamos), preferimos ocultarlos, omitimos reconocerlos, y, por el contrario, los provocamos o agravamos realizando comentarios inapropiados y/o miradas ofensivas.

Es común normalizar la idealización de los cortes y tipos de cuerpos “con una belleza admirable” porque han aparecido desde siempre en todos los medios de comunicación, y recientemente también en nuestras redes sociales. Estamos saturados de cuerpos y pesos perfectos que por naturaleza no existen, que en realidad son modelos funcionales para lograr una exitosa validación social que esconde fines económicos perseguidos por la publicidad, entre otras materias y razones.

Sin embargo, lastimar y agredir a una persona por su peso y su apariencia física es el camino perfecto para dañar su salud mental, provocarle dismorfia corporal, y peor aún, motivar a alguien a sufrir anorexia o bulimia. Podría parecer una exageración, pero no lo es, los trastornos de la alimentación son más rápidos de lo que cualquiera puede imaginarse, porque toda la culpa recae en la mente. Y no, ninguna de las dos es congénita, porque, aunque exista una alta predisposición genética, en su mayoría son los factores sociales y psicológicos aquellos que las originan.

Recibir o dar felicitaciones por la pérdida de peso y asociar la delgadez con el éxito son actos erróneos que constituyen violencia simbólica. “En enero lo bajas con dieta y ejercicio”, “Mira nada más cuánto te serviste en la comida/ cena”, entre otras frases, ejemplifican claramente la violencia social. Además, las exigencias por verse bien con tallas de ropa que no corresponden someten a relacionar la atracción con la perfección inalcanzable.

Si bien, la violencia simbólica y social de las que les hablo dan como resultado a la violencia psicológica que se ejerce hacia la víctima, de igual manera ocurre con la propia persona que recibe los comentarios, ya que esta comienza a atacarse por sí sola, y es ahí cuando la violencia psicológica internalizada pocas veces encuentra freno.

Los sentimientos de culpa por comer, el castigo por ingerir ciertos alimentos, pensar en comer únicamente si lo mereces y medir tu valor por el número que aparece en la báscula o el de tu talla no son normales. Reconocer estas dinámicas no implica negar la responsabilidad individual, sino desplazar el foco hacia los entornos que moldean nuestras percepciones sobre el cuerpo, la salud y el valor personal. La anorexia y la bulimia no pueden seguir analizándose únicamente como decisiones aisladas o fallas de carácter, sino como fenómenos complejos atravesados por mandatos sociales, económicos y culturales que premian el control extremo y sancionan la diferencia.

Callar, minimizar o normalizar estos discursos reproduce el daño. Nombrarlos, en cambio, abre la posibilidad de una conversación más honesta, empática y responsable sobre el cuidado del cuerpo y de la salud mental. Hablar de delgadez como meta incuestionable exige preguntarnos qué estamos dispuestos a sacrificar para alcanzarla y a quién beneficia ese sacrificio. La delgadez de las ilusiones ópticas nos enfrenta a un ideal que parece cercano pero que, en realidad, distorsiona la mirada y erosiona la dignidad corporal. Cuestionar estas narrativas no es exageración ni corrección política, es una urgencia ética.
Porque cuidarse no debería doler, porque la salud no se mide en tallas y porque ningún propósito de inicio de año vale más que una vida atravesada por la culpa, el castigo y la autoagresión.

 


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