viernes 14 junio, 2024
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MARISSA RIVERA

«CUARTO PISO»: ¿Quién no quiere la segunda vuelta?

La mayoría de presidentes de izquierda en Latinoamérica ha ganado en segunda vuelta.

 

No hay duda de que las elecciones presidenciales de 2018 serán las más competidas de México, en los últimos años. El hartazgo y “el mal humor social” han generado rechazo y desprestigio hacia todos los partidos políticos, unos más que otros, pero todos. Lo que es un hecho es la fragmentación del electorado. Súmele que por primera vez en una elección presidencial tendremos por lo menos dos o tres candidatos independientes.

 

Varios han levantado la mano. Unos con gran carisma, otros con tablas en la política, otros con infinitos deseos y unos más acompañados de la hilaridad: Pedro Ferriz de Con, Jorge Castañeda,  Denisse Dresser, Jaime Rodríguez “El Bronco” y los que se sumen a la lista, incluidos los aspirantes que no ganen la candidatura en sus partidos.

 

¿Con qué porcentaje de votos ganará el próximo presidente de México? Como están las cosas, advierten expertos que un candidato podría ganar sólo con el 25% de los votos.  ¿Se imagina usted, ganar con los votos de una cuarta parte de los electores?

 

No es lo más deseable, las consecuencias de gobernar con más rechazo que apoyo, ya las hemos padecido los mexicanos. En 2000 Vicente Fox  (PAN) obtuvo el 42.52% de los sufragios. En 2006 a Felipe Calderón (PAN) le fue suficiente lograr el 35.89% de las preferencias, frente al 35.33% de Andrés Manuel López Obrador (PRD-PT-Convergencia).

 

En 2012, Enrique Peña Nieto (PRI) llegó a los Pinos sólo con el 38.21% de sufragios. Ninguno de los tres alcanzó la mayoría absoluta. La tendencia de votación con la que gana un candidato ha ido a la baja y en 2018 se acentuará esa tendencia.

 

Con estos antecedentes y ante la fragmentación del voto  se hace necesaria la segunda vuelta electoral. Solo así, el próximo presidente podrá gobernar con una amplia base de legitimidad y representatividad, además que ayudaría a resolver los problemas de gobernabilidad y postelectorales como en 2006.

 

Francia es pionero en el tema. Incorporó la segunda vuelta en 1787. La lista de países en el mundo que tienen esta figura es muy amplia.

 

En América Latina, las naciones que no contempla este sistema son muy pocas: Honduras, Venezuela, Nicaragua, Panamá y Paraguay.

 

Recientemente en Perú hubo elecciones presidenciales. En la primera vuelta, Keiko Fujimori, de fuerza por el Cambio, obtuvo el 49.60% de los votos; su contrincante Pedro Pablo Kuczynski, de Peruanos por el Kambio el 48.90%.  A Fujimori no le alcanzó para llegar a la presidencia. En la segunda vuelta, las cosas cambiaron, Kuczynski logró la victoria con el 50.12% contra el 49.88% de Keiko.

 

En España no ocurrió lo mismo, luego de dos vueltas, ni el Partido Popular (PP) ni el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) alcanzaron la mayoría absoluta. Los problemas continúan.

 

La segunda vuelta no es una propuesta nueva en México. El año pasado la presentó el PAN, fue ignorada. Sin embargo, ya advirtieron que insistirán y que una vez más la impulsarán en el siguiente periodo ordinario de sesiones que inicia este 1 de septiembre.

 

Se ve complicado que logren los votos suficientes para implementarla en 2018, para que el próximo presidente o presidenta sea elegido con “la mitad más uno” de los votos.

 

La “élite política” se ha opuesto a considerar reformas para establecer la segunda vuelta electoral y se ha entrampado en fórmulas novedosas, pero fallidas, para aumentar la confiabilidad de las elecciones.

 

¿A que le tienen miedo la mayoría de los partidos políticos? ¿A quién le favorece el voto fragmentado?

 

Sabemos que el voto duro priista siempre está al servicio de su partido. Pero también hay que recordar que en América Latina la mayoría de presidentes de izquierda han ganado en la “segunda vuelta”.

 

Muchos le sacan la vuelta, otros insisten en ella, pero ahí está a la vista esta figura electoral. De ninguna manera es la panacea de la democracia, pero sí se trata de un enorme paso hacia delante en la forma de elegir y gobernar con legitimidad en México.

 

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