Por. María del Socorro Pensado Casanova
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“¿Cómo no ser pluralista si el viaje en Metro es lección de unidad en la diversidad?”
Carlos Monsiváis, Los rituales del caos, Ciudad de México, 1995.
Recuerdo la emoción que sentía cada vez que llegaba en Metro al Zócalo de la Ciudad de México siendo una niña. Pocas cosas me entusiasmaban tanto como aquellos paseos de fin de semana en los que no necesitábamos un automóvil y podía observar todo lo que sucedía a mi alrededor. ¿Desde cuándo tomar el Metro genera prejuicios?
El Sistema de Transporte Colectivo Metro de la Ciudad de México ha atravesado numerosos episodios desde su inauguración en 1969, menos de un año después de los acontecimientos del 2 de octubre de 1968, cuya conmemoración acaba de cumplir 58 años y no se olvida. Con el paso del tiempo también ocurrirían hechos dolorosos, como el colapso de un tramo elevado de la Línea 12, el 3 de mayo de 2021, así como las constantes preocupaciones ciudadanas relacionadas con su funcionamiento.
Sin embargo, en esta ocasión toca reflexionar sobre las desigualdades sociales, los prejuicios y el miedo que pueden acompañar al simple hecho de utilizarlo.
En pocos de los sistemas de transporte subterráneo que existen fuera del país hay espacios exclusivos para mujeres y menores de 12 años. En la Ciudad de México, estas medidas tienen sus antecedentes en 1970, cuando se asignaron dos vagones exclusivos para mujeres, y fueron oficializadas en julio de 2000. Su existencia constituye el reconocimiento de una realidad que continúa exigiendo mecanismos de prevención y protección.
El miedo al acoso existe y no puede minimizarse. No obstante, confieso que en repetidas ocasiones, especialmente durante las horas de mayor afluencia, yo misma he abordado cualquier vagón con tal de llegar a tiempo a mi destino. Esta experiencia me lleva a pensar que, además de las preocupaciones legítimas por la seguridad, existe otra cuestión que merece nuestra atención: el estigma social.
¿Por qué utilizar el Metro puede convertirse en motivo de crítica? ¿En qué momento un medio de transporte público comenzó a relacionarse con determinadas condiciones económicas o posiciones sociales? Me cuesta comprender que, en una ciudad caracterizada por sus enormes congestionamientos viales, todavía existan prejuicios hacia quienes optan por trasladarse en Metro, bicicleta o cualquier otra alternativa de movilidad.
Por supuesto, no todas las personas cuentan con las mismas posibilidades. Las distancias, los horarios laborales, las responsabilidades familiares, las condiciones de accesibilidad y la seguridad de los trayectos influyen directamente en nuestras decisiones. Para algunas personas, utilizar un automóvil resulta indispensable, mientras que para otras el transporte público constituye la alternativa más accesible y eficiente.
Lo que verdaderamente me sorprende es la incomodidad que todavía puede generar decir que uno se traslada en Metro, como si la elección de un transporte determinara el valor, la preparación o la posición de una persona dentro de la sociedad.
Quizá el problema no sea únicamente cómo nos transportamos, sino cómo hemos aprendido a mirar a quienes se transportan de manera diferente. Cuando una mujer evita determinado vagón por temor al acoso, estamos frente a una problemática de seguridad y desigualdad de género. Cuando alguien siente vergüenza de reconocer que utiliza el transporte público, aparece una forma distinta de exclusión, alimentada por prejuicios que establecen diferencias entre las personas a partir de sus posibilidades económicas.
¿Por qué criticamos las decisiones de movilidad de otras personas? ¿Qué nos lleva a relacionar un medio de transporte con la condición social de quienes lo utilizan? Muchas de nuestras opiniones se construyen a partir de experiencias personales que no necesariamente representan la realidad de los demás.
No se trata de exigir que todas las personas elijan el mismo medio de transporte, sino de comprender que nuestras diferencias no justifican actitudes de superioridad ni menosprecio.
Hoy continúo utilizando el Metro con la misma naturalidad, junto con los cerca de cuatro millones de personas que diariamente recorren sus 12 líneas, aunque con una conciencia distinta de las desigualdades y los temores que pueden acompañar a quienes compartimos sus vagones.
La movilidad es un derecho. Entonces, ¿por qué algo tan cotidiano como tomar el Metro provoca incomodidad, críticas o incluso vergüenza? ¿Qué pesa más para quienes experimentan ese rechazo: el miedo a utilizar el transporte público o el temor a lo que otras personas puedan pensar de ellos?
