lunes 03 agosto, 2026
Mujer es Más –
COLUMNAS COLUMNA INVITADA

SA RIBA DE LA VALL El legado del #MeToo

Por. María del Socorro Pensado Casanova

X: @mariaaspc
IG: @pcasanovams

 

“Abuse and neglect negate love. Care and affirmation, the opposite of abuse and
humiliation, are the foundation of love.”
Bell Hooks, All About Love: New Visions, New York, 2000.

 

En 2017, el movimiento #MeToo, impulsado desde 2006 por Tarana Burke, transformó las redes sociales en un espacio de denuncia colectiva frente al acoso y la violencia sexual. Por primera vez, millones de mujeres pudieron reconocerse en las historias de otras y comprender que no estaban solas en sus experiencias. La era digital permitió romper silencios, identificar patrones y cuestionar a hombres que durante décadas habían ejercido poder con absoluta impunidad en ámbitos sociales, políticos, educativos y laborales. No obstante, más adelante las mismas plataformas que amplificaron las voces de las víctimas se convirtieron en escenarios de amenazas, hostigamiento y nuevas formas de violencia.

En América Latina, #MeToo encontró un terreno que llevaba años denunciando los feminicidios, las desapariciones y el abuso sexual. No llegó a una región en silencio, sino a una región donde las mujeres ya habían tomado las calles y habían construido movimientos como Ni Una Menos. Lo que sí permitió la conversación digital fue conectar testimonios de distintos países y mostrar que las prácticas de acoso no eran excepcionales ni pertenecían únicamente al espacio doméstico. 

En México, el movimiento alcanzó una fuerza especial en 2019 a través de etiquetas vinculadas con el periodismo, la literatura, el cine, la academia y otros sectores profesionales. Las redes se convirtieron en una vía para narrar experiencias que difícilmente encontraban respuesta en los mecanismos formales de denuncia. Aquello mostró la extensión del acoso sexual y la enorme desconfianza hacia las autoridades judiciales que, demasiadas veces, no han sabido investigar sin prejuicios ni estereotipos. Años después, la violencia sexual continúa atravesando todos nuestros espacios. Al menos la mitad de las mujeres mexicanas han experimentado alguna forma de violencia sexual a lo largo de su vida. 

Lo cierto es que la violencia sexual no reconoce fronteras. Casi una década después de la expansión mundial de #MeToo, la violencia que dio origen a aquel grito colectivo sigue presente. En España, los Sanfermines de 2026 volvieron a registrar denuncias por agresiones sexuales, justo cuando se cumplían diez años del caso de La Manada, la violación grupal cometida durante las fiestas de Pamplona en 2016. Aquel caso cambió para siempre la conversación social y jurídica sobre el consentimiento en España, provocó movilizaciones multitudinarias y contribuyó a reformar la legislación. Sin embargo, diez años después, la ciudadanía volvió a salir a las calles para exigir una Pamplona libre de agresiones sexistas. 

La pregunta es inevitable, ¿Cuánto hemos avanzado realmente si seguimos denunciando las mismas violencias en los mismos espacios y bajo dinámicas tan parecidas?

Frente a estos hechos, todavía se insiste en colocar a las fiestas, el alcohol, la noche o las concentraciones multitudinarias en el centro del problema. Así, una vez más, la responsabilidad termina desplazándose hacia las mujeres: revictimizándolas. Se les pide que beban menos, que regresen temprano, que no se separen de sus amigas, que eviten ciertos lugares o que cambien su manera de vestir. Pero el enemigo nunca ha sido la celebración. El error está en confundir el escenario con la causa. Las fiestas pueden convertirse en espacios donde la violencia se manifiesta, pero no son ellas las que la producen. La causa está en una cultura que trivializa el consentimiento, normaliza la invasión del cuerpo de las mujeres y continúa justificando a quienes entienden su libertad como una provocación o una disponibilidad.

Después de movimientos globales, reformas legales, campañas institucionales y millones de testimonios, es incomprensible que la situación permanezca de manera tan similar. Haber aprendido a nombrar la violencia sexual es importante, pero no basta cuando las mujeres siguen encontrándola en el trabajo, en las redes, en las calles, en los conciertos y en las celebraciones. 

La prevención no puede seguir consistiendo en advertencias dirigidas únicamente a las posibles víctimas. Necesitamos seguir insistiendo en una educación sobre el consentimiento, la realización de investigaciones diligentes y sanciones efectivas, el goce de espacios seguros y de políticas públicas capaces de transformar las relaciones de poder. 

El mayor logro de #MeToo fue romper el silencio. El desafío pendiente es evitar que, casi diez años después, sigamos escuchando los mismos relatos. Porque la verdadera transformación llegará cuando las mujeres ya no tengan que volver a contarlos.

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