Por. María del Socorro Pensado Casanova
X: @mariaaspc / IG: @pcasanovams
Del bisturí nadie se escapa. Están las personas más jóvenes intentando prevenir el envejecimiento con baby botox y labios “más sexy”, buscando una abdominoplastia, una vaginoplastia o corregir la diástasis abdominal después del embarazo y, en general, la búsqueda del rescate a la vida cotidiana pensando que para alcanzar la perfección basta una operación.
“No me gusta mi nariz”. “No me gusta mi cuerpo”. Sonrisa gingival. Rinoplastia. Ácido hialurónico. Nefertiti Botox. Lóbulos rasgados. Piel gruesa. Piel delgada. Rinomodelación. Liposucción. Cirugías faciales.
Todo parece tener arreglo dentro de una industria que convirtió el cuerpo humano en un proyecto permanente de corrección. Es inquietante cómo la medicina estética dejó de venderse únicamente como lujo para transformarse en una necesidad emocional disfrazada de autocuidado. Cada vez existen más personas convencidas de que el problema de su vida se encuentra en una parte específica de su cuerpo. Como si el amor propio pudiera inyectarse, operarse o moldearse en una clínica. Como si el espejo finalmente pudiera devolver tranquilidad después de una intervención estética.
Los medios de comunicación siempre han vendido la idea de una belleza extrema. Desde hace años se han conocido casos de implantes que en realidad se trataban de aceites o sustancias peligrosas que terminaban reventando dentro del cuerpo de artistas y pacientes, particularmente en glúteos y mamas. Incluso se ha dado a conocer el llamado síndrome de ASIA o enfermedad por implantes mamarios, relacionado con reacciones inmunológicas y complicaciones derivadas de ciertos materiales utilizados en procedimientos estéticos. Sin embargo, las redes sociales logran perfeccionar todavía más este negocio de inseguridades.
Ahora incluso cirujanos y cirujanas convierten las operaciones en contenido digital. “Arréglate conmigo para ir a operar”. “Operar es lo mejor del mundo”. Graban procedimientos, muestran cuerpos anestesiados como entretenimiento y repiten constantemente que el peligro prácticamente no existe. Todo parece sencillo, rápido y seguro. Te convencen de que necesitas modificarte y de que absolutamente nada ocurrirá. La estética se transformó en espectáculo mientras miles de personas consumen diariamente videos donde el dolor, la sangre y las cirugías aparecen como parte normal de la rutina. El algoritmo vende perfección mientras minimiza los riesgos físicos, emocionales y económicos detrás de cada procedimiento.
Aquí el verdadero problema está en identificar la cédula profesional de quienes realizan estos procedimientos y verificar si esa cédula es real o falsa, si la clínica tiene permisos sanitarios o si simplemente opera en clandestinidad. Los costos lo son todo. Muchas personas toman decisiones médicas guiadas únicamente por precios accesibles y promociones en redes sociales. ¿Cómo identificar automáticamente un material ilegal dentro del cuerpo?
Aquí, como en casi todo, el dinero también determina las probabilidades de seguridad. Quien tiene recursos económicos suficientes puede acudir a hospitales reconocidos, especialistas certificados y clínicas con mejores condiciones sanitarias. Quien no los tiene, muchas veces termina recurriendo a espacios clandestinos donde el riesgo aumenta considerablemente. Pero incluso dentro de clínicas aparentemente prestigiosas nadie puede garantizar que todo saldrá bien. Existen alergias, rechazos y efectos secundarios imprevisibles. Un pequeño aumento de labios con ácido hialurónico puede convertirse en una deformidad permanente. La toxina botulínica puede generar reacciones adversas y el llamado “efecto almohada” en el rostro. Y en los casos más graves, la muerte de pacientes que únicamente buscaban sentirse mejor con su apariencia.
Las muertes de mujeres en clínicas clandestinas cada vez son más visibles en México. Casos como Blanca Adriana, Nayeli, Jaqueline Yamileth o Keila Julissa dejaron de ser notas aisladas para convertirse en evidencia de una crisis profundamente normalizada. Fallan las revisiones sanitarias. Fallan los controles institucionales. Fallan las verificaciones profesionales. Pero también falla una sociedad obsesionada con vender perfección estética a cualquier costo. Mientras en Internet se romantizan procedimientos y filtros imposibles, cada vez más mujeres arriesgan su salud, su cuerpo y su vida intentando alcanzar estándares que cambian constantemente.
Es devastador aceptar que detrás de múltiples clínicas clandestinas existe una industria multimillonaria alimentada por inseguridades humanas, desinformación y ausencia de regulación efectiva. Y si bien médicos y médicas también necesitan vender porque finalmente trabajan dentro de una industria privada, resulta urgente exigir mayor responsabilidad ética sobre aquello que se publicita, la manera en que se promocionan los procedimientos y los riesgos reales que muchas veces se minimizan frente a miles de personas. Porque la belleza jamás debería convertirse en una condena del bisturí.
