jueves 04 junio, 2026
Mujer es Más –

Por. Boris Berenzon Gorn

X: @bberenzon

 

 

“El mundo la convirtió en un sueño. Ella pasó la vida intentando despertar.”

 

Los antiguos levantaron templos para sus dioses. La Edad Media construyó altares para sus santos. El siglo XX aprendió a fabricar celebridades. Entre todas ellas, ninguna alcanzó la condición de mito con la velocidad, la intensidad y el costo humano de Marilyn Monroe. Un siglo después de su nacimiento, su rostro continúa iluminando pantallas, museos y escaparates, como si el tiempo hubiera decidido detenerse exactamente allí, en el instante preciso en que una mujer dejó de pertenecerse para convertirse en símbolo.

Marilyn Monroe sigue siendo uno de los espejos más complejos de la modernidad. Su historia no habla únicamente de Hollywood. Habla del deseo, del mercado, de la fama, de la soledad, de la construcción industrial de los sueños y de la manera en que una sociedad transforma a una persona en emblema para después consumirla lentamente. Pocas figuras del siglo XX han sido tan fotografiadas, reproducidas, imitadas y, al mismo tiempo, tan mal comprendidas. Su rostro aparece en museos, camisetas, anuncios publicitarios, películas, canciones, galerías de arte y memes digitales. Se ha convertido en una moneda cultural universal. Todo el mundo cree conocerla. Casi nadie conoció realmente a Norma Jeane Mortenson.

Su centenario es totalmente inquietante. ¿Marilyn habría cumplido cien años? La imagen que conservamos tiene poco más de treinta. La distancia entre ambas edades revela uno de los secretos más profundos de la cultura contemporánea: no amamos a las personas; amamos las imágenes que construimos de ellas. Mientras los demás seres humanos atraviesan el tiempo, ella quedó atrapada en una fotografía. Como una mariposa preservada entre las páginas de un libro, permanece suspendida en una juventud infinita que nunca tuvo la oportunidad de conocer la vejez, las arrugas ni esa serenidad que a veces concede el paso de los años.

Norma Jeane nació en 1926 en un mundo que comenzaba a descubrir el inmenso poder de la industria cultural. Creció entre orfanatos, familias sustitutas, incertidumbres afectivas y una profunda sensación de abandono. Aquella niña tímida y vulnerable terminó convirtiéndose en la mujer más observada del planeta. El recorrido parece un cuento de hadas. En realidad, se parece más a una tragedia griega escrita por publicistas.

Marilyn fue probablemente el primer gran producto global del deseo. Hollywood comprendió antes que nadie algo esencial: la belleza podía convertirse en una mercancía planetaria. La rubia platino, los labios entreabiertos, la sonrisa luminosa, la voz infantilizada, la aparente ingenuidad y el vestido blanco levantado por una corriente de aire terminaron formando uno de los íconos visuales más reconocibles de toda la historia. Aquella escena de The Seven Year Itch dejó de pertenecer al cine para ingresar en el museo imaginario de la humanidad.

El problema apareció cuando el símbolo comenzó a devorar a la persona. Marilyn descubrió muy pronto que el mundo estaba enamorado de un personaje que ella misma no terminaba de reconocer. Los estudios querían una mujer ingenua. Ella quería ser actriz. Los fotógrafos buscaban sensualidad. Ella estudiaba literatura, teatro y poesía. Los periódicos vendían fantasías. Ella cargaba depresiones, insomnios y una fragilidad emocional cada vez más difícil de ocultar. El mundo quería una fantasía rubia. Norma Jeane intentaba desesperadamente seguir siendo un ser humano.

Nuestra época suele celebrar la belleza como privilegio. Marilyn nos recuerda que también puede convertirse en una cárcel. La sociedad admira la belleza mientras exige que permanezca inmóvil. La juventud se convierte en obligación. El deseo se transforma en mercancía. La apariencia acaba siendo destino. Quizá por eso sigue pareciendo tan contemporánea. Las redes sociales han democratizado aquello que Hollywood ensayó con ella hace décadas. Hoy millones de personas viven sometidas a una presión semejante: ser visibles, ser deseables, ser admiradas, ser consumibles. Instagram no inventó a Marilyn. Marilyn anticipó Instagram.

Una de las injusticias más persistentes alrededor de Monroe consiste en reducirla a una mujer hermosa. Leía con voracidad. Frecuentaba intelectuales. Estudió actuación con Lee Strasberg. Admiraba a Walt Whitman, James Joyce y Fiódor Dostoievski. Su biblioteca personal sorprendió a quienes la conocieron después de su muerte. La rubia distraída era, en buena medida, una construcción comercial. La mujer detrás de la máscara era mucho más compleja. Quizá por eso continúa fascinando a escritores, psicoanalistas, historiadores, sociólogos y filósofos. No encaja cómodamente en ninguna categoría. Fue celebridad y víctima. Fue ícono y persona. Fue mercancía y sujeto. Fue una mujer atrapada dentro de un símbolo.

Pocas historias ilustran mejor el funcionamiento de los mitos modernos que la famosa anécdota según la cual Marilyn propuso tener un hijo con Albert Einstein para combinar su belleza con la inteligencia del científico. La historia se repite constantemente. No existe evidencia sólida de que haya ocurrido. Eso importa poco. Los mitos sobreviven porque expresan aquello que las sociedades desean creer. La anécdota no habla realmente de Einstein ni de Marilyn. Habla de nuestra obsesión por reunir belleza, inteligencia y perfección en una sola figura. Habla del viejo sueño occidental de fabricar seres excepcionales capaces de resolver todas nuestras contradicciones.

Marilyn comprendió también el poder de las frases. Algunas se volvieron tan famosas como sus fotografías. “La imperfección es belleza, la locura es genialidad, y es mejor ser absolutamente ridículo que absolutamente aburrido”. La sentencia conserva la fuerza de una declaración de independencia frente a una sociedad obsesionada con la perfección. Otra frase atribuida a ella sostiene: “Una mujer inteligente besa, pero no ama; escucha, pero no cree, y se va antes de que la dejen”. Más allá de la autenticidad exacta de estas palabras, ambas expresan una sensibilidad moderna marcada por el miedo al abandono, la necesidad de protección emocional y la búsqueda de autonomía.

También se le atribuye otra observación cargada de ironía: “Los hombres son como el vino: algunos se vuelven vinagre, los mejores mejoran con el tiempo”. Detrás del humor aparece una mirada aguda sobre los vínculos, el envejecimiento y las expectativas sociales. Marilyn poseía una inteligencia emocional que con frecuencia quedó oculta detrás de las campañas publicitarias que la presentaban como una mujer ingenua.

Pocas actuaciones duran menos de dos minutos y dejan una huella tan profunda como aquella noche de mayo de 1962 cuando cantó “Happy Birthday, Mr. President” para John F. Kennedy. En unos cuantos segundos transformó una canción infantil en una escena cargada de erotismo, glamour, ambigüedad política y poder simbólico. Aquella presentación terminó convirtiéndose en el retrato de una época. La América optimista de la posguerra comenzaba a mostrar sus grietas. Detrás del brillo aparecían los fantasmas de la Guerra Fría, la ansiedad nuclear, las tensiones raciales y la fragilidad emocional de sus héroes públicos.

Cada generación ha encontrado una Marilyn distinta. Los años cincuenta vieron una bomba sexual. Los sesenta contemplaron una celebridad trágica. Los setenta descubrieron una víctima del sistema. Los ochenta la transformaron en objeto pop. Los noventa la convirtieron en mercancía global. El siglo XXI observa algo diferente: una mujer vulnerable atrapada en la maquinaria de la fama. Hoy sabemos mucho más sobre la salud mental. Resulta imposible ignorar las señales: ansiedad, insomnio, dependencia farmacológica, sensación de abandono, dificultades afectivas y búsqueda permanente de reconocimiento. Desde la psicología profunda, Monroe parece encarnar una paradoja clásica: cuanto más deseada era por el mundo, más difícil le resultaba sentirse amada.

Entre los múltiples documentos asociados a sus últimos días existe una nota dirigida a su psiquiatra que suele citarse como una de las expresiones más conmovedoras de su fragilidad emocional. Más que una despedida formal, revela la intensidad de un sufrimiento acumulado durante años. No era la voz de una estrella. Era la voz de una persona exhausta. Detrás del mito aparecía algo profundamente humano: la vulnerabilidad.

Por ello su historia sigue interpelando a la cultura contemporánea. Vivimos en una época obsesionada con la visibilidad. Nunca había sido tan fácil ser observado. Nunca había sido tan difícil sentirse visto. La paradoja que atravesó la vida de Marilyn se ha convertido en una experiencia colectiva. Millones de personas exhiben fragmentos de su vida cotidiana mientras enfrentan sentimientos de soledad, ansiedad y desconexión. La celebridad que parecía excepcional terminó anticipando uno de los rasgos centrales de nuestra condición contemporánea.

Cuando Andy Warhol multiplicó el rostro de Marilyn en colores eléctricos terminó de convertirla en una religión visual. La mujer desapareció. El ícono permaneció. Warhol comprendió algo decisivo: en la sociedad de consumo las celebridades funcionan como santos laicos. Sus rostros sustituyen antiguos altares. Sus fotografías se convierten en estampas. Sus historias adquieren dimensión legendaria. Sus tragedias terminan formando parte de un relato colectivo que cada generación vuelve a reinterpretar.

Marilyn envejece de una forma extraña: ella no envejece, envejecemos nosotros. Cada época proyecta sobre su figura las obsesiones que más la inquietan. Los años cincuenta vieron glamour; los sesenta, tragedia; los ochenta, celebridad; los dos mil, salud mental; nuestro tiempo observa identidad, género, exposición permanente y vulnerabilidad emocional. Por eso regresar a Monroe no constituye un ejercicio de nostalgia, sino una forma de leer el presente. En ella convergen el deseo y el mercado, la fama y la soledad, la belleza y el sufrimiento, la persona y la imagen. Su historia revela cómo el espectáculo fabrica ídolos con la misma velocidad con que produce agotamiento, y cómo una sociedad que promete reconocimiento suele multiplicar la sensación de vacío. Marilyn cambia porque cambiamos nosotros; al mirarla, terminamos preguntándonos cuánto de nuestra identidad nos pertenece realmente y cuánto ha sido construido por las miradas ajenas.

A cien años de su nacimiento, Marilyn continúa sonriendo desde carteles, museos, pantallas y redes sociales. Parece feliz. Parece eterna. Parece invulnerable. Quizá ahí reside el secreto de su permanencia. Marilyn Monroe no es solamente una mujer. Es una pregunta. Una pregunta sobre la belleza. Sobre el deseo. Sobre la fama. Sobre la soledad. Sobre el poder de las imágenes. Sobre la fragilidad humana escondida detrás del brillo.

Marilyn sobrevivió a Hollywood, a sus amantes, a los escándalos y a su propia muerte. Lo que sigue vivo no es la mujer, sino la fantasía. Un siglo después continuamos comprando la misma promesa con distintos nombres: fama, éxito, reconocimiento, seguidores. Cambiaron las pantallas. El vacío sigue siendo el mismo.

Ilustración. Diana Olvera

Manchamanteles

Después de Marilyn llegaron otras figuras atrapadas por la misma paradoja: convertirse en símbolos antes que en personas. Elvis Presley, Princess Diana, Amy Winehouse, Britney Spears o Michael Jackson enfrentaron, cada uno a su manera, la fractura entre la vida real y la imagen pública. La diferencia es que Marilyn vivió esa experiencia antes de las redes sociales y los algoritmos. Lo que en ella fue una tragedia excepcional se ha convertido en una condición cotidiana. Por eso sigue pareciendo tan contemporánea: fue una de las primeras víctimas de una cultura que transformó la visibilidad en destino y la atención permanente en una nueva forma de soledad.

Narciso el obsceno

Marilyn encarnó una paradoja que Freud habría reconocido de inmediato: cuanto más alimentaba el deseo de los otros, más difícil resultaba sostener el propio deseo de existir,

Artículos Relacionados

COLUMNA INVITADA La intimidad en tiempos de IA: el desafío más allá de la Ley Olimpia

Editor Mujeres Mas

ACTOS DE PODER  La injerencia de Estados Unidos comienza con sus armas

Editor Mujeres Mas

ORACIONES A SAN LÁZARO La soberanía y la elección que ya comenzó

Editor Mujeres Mas

SA RIBA DE LA VALL Embarazos inviables

Editor Mujeres Mas

RETROVISOR El tijeretazo humanista a jubilados y extrabajadores

Editor Mujeres Mas

KIREI Cosas bellas

Editor Mujeres Mas
Cargando....
Mujer es Más es un medio en el que todas las voces tienen un espacio. Hecho por periodistas, feministas, analistas políticos y académicos que hacen de este sitio un canal de expresión para compartir historias, opiniones, victorias, denuncias y todo aquello que aporte en la vida de quien nos lee.