Las filósofas mexicanas han desempeñado un papel fundamental en la construcción del pensamiento crítico en nuestro país; sin embargo, durante siglos su labor permaneció invisibilizada. La historia de la filosofía —en México y en buena parte del mundo— ha sido narrada predominantemente desde una perspectiva masculina, lo que dejó fuera de los relatos oficiales, de los programas académicos y del reconocimiento público a numerosas pensadoras.
Esta exclusión no implica ausencia ni una producción intelectual menor. Por el contrario, revela las condiciones sociales, culturales e institucionales que restringieron la visibilidad, circulación y legitimación de sus aportaciones. El problema no radica en la inexistencia de filósofas, sino en los mecanismos históricos que determinaron quién podía ser reconocido como sujeto legítimo del pensamiento.
En este sentido, la Dra. María de los Ángeles Eraña Lagosa, investigadora del Instituto de Investigaciones Filosóficas (IIF) de la UNAM, señaló que esta invisibilización responde, en gran medida, a la organización social que durante siglos impidió a las mujeres acceder plenamente a la educación formal, especialmente a la educación superior.
“En México, la presencia sistemática de mujeres en las universidades comenzó apenas en el siglo XX. Si los espacios donde se producía y validaba el conocimiento filosófico estaban vedados para ellas, resultaba sumamente difícil que sus ideas fueran publicadas, discutidas y reconocidas por la academia”, comentó.
No obstante, la exclusión no operó únicamente en el plano institucional. Más allá de las barreras educativas, existió —y en ciertos ámbitos persiste— un orden simbólico que asoció la racionalidad, la ciudadanía y la autoridad intelectual con un modelo específico de sujeto: varón, frecuentemente blanco y perteneciente a determinados sectores sociales.
Todo aquello que se apartaba de ese estándar fue considerado secundario, particular o irrelevante. Así, no solo las mujeres, sino también otros grupos situados fuera de ese ideal normativo, quedaron marginados del espacio público y del debate intelectual. La filosofía, entendida como práctica pública de reflexión crítica, fue configurada entonces como un territorio reservado para quienes encajaban en ese modelo dominante.
Además de las barreras históricas de acceso a la educación, las mujeres han enfrentado —y continúan enfrentando— obstáculos vinculados con la distribución desigual de las responsabilidades domésticas y de cuidado. Las labores del hogar y la atención a hijos, parejas o familiares han recaído mayoritariamente en ellas, reduciendo no solo su tiempo disponible, sino también su tiempo mental para la reflexión profunda.
Al tratarse de una disciplina que exige concentración prolongada, revisión constante de argumentos y un trabajo minucioso con el lenguaje, la filosofía requiere tiempo. Eraña Lagosa subrayó que formular y reformular ideas demanda un espacio de dedicación sostenida que no siempre ha estado al alcance de quienes cargan con múltiples responsabilidades cotidianas. Incluso en años recientes, como durante la pandemia, se evidenció que mientras la producción académica de muchos hombres aumentó, la de numerosas mujeres disminuyó debido al incremento de las tareas de cuidado.
Un pensamiento que abarca múltiples campos
A pesar de estas condiciones estructurales adversas, las filósofas no han limitado su reflexión a un ámbito temático específico. Persiste el prejuicio de que su trabajo se circunscribe únicamente a cuestiones relacionadas con la condición femenina; sin embargo, esta idea resulta profundamente equivocada.
Los temas que abordan reflejan la amplitud y vigencia de su pensamiento. Han desarrollado aportaciones fundamentales en ética aplicada —bioética, ética del cuidado y justicia global—, filosofía política —democracia, ciudadanía, derechos humanos y memoria histórica—, epistemología —con especial atención a la crítica del androcentrismo en la producción del conocimiento—, filosofía del lenguaje y teoría crítica, entre otros campos.
Asimismo, han trabajado en estética, filosofía de la ciencia, estudios poscoloniales y decoloniales, ecología y ecofeminismo, así como en debates contemporáneos sobre tecnología, biopolítica y subjetividad. Reducir la producción filosófica de las mujeres a una temática específica no solo empobrece la comprensión de su obra, sino que invisibiliza su aporte sustantivo al pensamiento contemporáneo.
Las mujeres se abren camino
Aun en contextos restrictivos, las mujeres encontraron formas de pensar y escribir sobre el mundo. Aunque los espacios en que lo hicieron fueron, en muchos casos, privados o semicerrados —conventos, círculos intelectuales restringidos o publicaciones de circulación limitada—, su capacidad de argumentación dejó una huella profunda.
Un ejemplo emblemático es Sor Juana Inés de la Cruz, quien desde el convento desarrolló una obra de notable densidad crítica y filosófica, demostrando que el rigor intelectual no depende exclusivamente del reconocimiento institucional, sino de la fuerza de la reflexión y del cuestionamiento.
En la actualidad, la labor de las filósofas mexicanas se orienta no solo a recuperar y visibilizar a las grandes exponentes del pasado, sino también a fortalecer el trabajo presente. Diversas iniciativas buscan documentar su producción, promover espacios de diálogo y consolidar redes de colaboración académica.
Uno de estos espacios es la Red Mexicana de Mujeres Filósofas (ReMMuF), fundada en febrero de 2020 bajo el amparo de la UNESCO, cuyo objetivo es promover, visibilizar y conectar a mujeres filósofas en México y América Latina.
De igual manera, se han impulsado propuestas orientadas a las nuevas generaciones, como talleres de filosofía para niñas, niños y jóvenes, así como proyectos educativos y diccionarios especializados que fomentan, desde edades tempranas, la formulación de preguntas críticas.
Estos avances, señaló la investigadora del IIF, han contribuido a que el papel de las filósofas mexicanas sea cada vez más relevante en el debate público y académico. Uno de los cambios más visibles es su presencia en paneles, congresos y foros de discusión filosófica. Hoy es más común encontrar mujeres participando activamente en debates que antes estaban dominados casi exclusivamente por hombres.
“Muchas filósofas no solo intervienen en los debates, sino que también diseñan las agendas, eligen los temas y definen las problemáticas a discutir. Esto implica un cambio profundo: ya no se trata de ser invitadas a espacios ajenos, sino de construir espacios propios y compartidos”, expresó la Dra. María.
Grandes filósofas mexicanas
Si bien figuras como Sor Juana Inés de la Cruz ocupan un lugar destacado, Eraña Lagosa subraya la importancia de reconocer a otras pensadoras cuyas obras han dejado una huella significativa.
Rosario Castellanos, por ejemplo, no solo fue una de las grandes figuras de la literatura mexicana del siglo XX, sino también una pensadora con sólida formación filosófica. Su obra articula reflexiones sobre identidad, alteridad, género y estructuras de poder, convirtiéndose en un referente indispensable para el pensamiento feminista y la crítica cultural en México.
En el ámbito institucional, Graciela Hierro desempeñó un papel pionero al impulsar formalmente los estudios feministas en la academia mexicana. Su trabajo abrió nuevas líneas de investigación y consolidó espacios universitarios dedicados al análisis filosófico del feminismo y la ética del placer.
Por su parte, Carmen Rovira dejó un legado fundamental en la historiografía filosófica mexicana. Más allá de sus investigaciones, su trayectoria representa un ejemplo de perseverancia intelectual en entornos donde las mujeres enfrentaban prejuicios explícitos y barreras estructurales.
En el campo de la historia de la filosofía y el estudio de la modernidad, Laura Benítez Grobet realizó aportaciones significativas tanto en investigación como en formación académica, contribuyendo a consolidar una tradición rigurosa en estos ámbitos.
Asimismo, Juliana González destacó por su trabajo en ética y bioética, ampliando el horizonte de la reflexión filosófica en México hacia problemas contemporáneos complejos. De igual manera, Elsa Cecilia Frost aportó estudios esenciales sobre la filosofía novohispana y la historia de las ideas en México, enriqueciendo la comprensión del pensamiento colonial.
A estas figuras se suman otras pensadoras contemporáneas como Paulette Dieterlen, reconocida por sus trabajos en ética, filosofía política y justicia distributiva, y Margarita Valdés, cuyas investigaciones en ética y filosofía del lenguaje han tenido una influencia notable en el ámbito académico.
En conjunto, estas filósofas no solo produjeron obra original de alto nivel, sino que transformaron estructuras académicas, ampliaron los temas considerados legítimos dentro de la disciplina y abrieron caminos para nuevas generaciones. Su legado constituye una parte esencial de la tradición filosófica mexicana y confirma que la construcción del pensamiento en el país ha estado profundamente marcada por la contribución de las mujeres.
La meta: el reconocimiento natural
La historia de las filósofas mexicanas es, en suma, una historia de resistencia intelectual frente a estructuras que intentaron relegarlas al silencio. Hoy, su labor no solo busca recuperar nombres y obras del pasado, sino también transformar las condiciones presentes para consolidar un pensamiento filosófico verdaderamente plural e inclusivo.
Ante ello, la especialista del IIF invitó a las jóvenes interesadas en dedicarse a la filosofía a abrirse espacio con paciencia, pasión y perseverancia.
“Sobre todo, a encontrar su voz propia, aunque sea un proceso largo que exige trabajo constante; también es una fuente profunda de satisfacción intelectual. El camino puede no ser sencillo, pero vale la pena recorrerlo. Entre más espacios se abran, más se facilita el camino a quienes vendrán después”, concluyó.
Finalmente, el objetivo es que llegue un momento en el que ya no sea necesario preguntarse si las mujeres tienen un lugar en la filosofía, sino que su reconocimiento se dé de manera natural, entendiendo que su participación contribuye a hacer de esta disciplina un ámbito más plural, crítico e inclusivo.
