lunes 23 febrero, 2026
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COLUMNA INVITADA  ¿Narcisismo o violencia lúdica?

Por. María del Socorro Pensado Casanova

X: @mariaaspc / IG: @pcasanovams

 

El miedo disfrazado de carácter nos lleva a cometer actos de los que podemos arrepentirnos por el resto de nuestras vidas. Entre esos actos están la violencia lúdica y el narcisismo. La novedad de llamar narcisista a cualquier persona que vulnera nuestras libertades y pretende tenernos bajo su control o dominio es una realidad. Sin embargo, si vamos más allá de lo que escuchamos y repetimos sin ocuparnos de buscar su significado, encontramos diferencias. De acuerdo con Karina Torres, psicóloga de la UNAM, el narcisismo se trata de una necesidad constante de reconocimiento social y de una autoimagen idealizada, que cuando se vuelve extrema se transforma en un trastorno de la personalidad.

Por otro lado, la violencia lúdica es una forma de violencia reactiva que atraviesa la vida cotidiana con una normalidad inquietante. No siempre se reconoce como violencia porque no suele presentarse como un acto extremo, sino como una respuesta inmediata frente a una agresión percibida. Este tipo de violencia aparece cuando alguien se siente atacada, cuestionado o desplazada, y responde de forma casi automática para protegerse del daño, del ridículo o de la humillación frente a otras personas.

Además, este tipo de violencia tiene raíces en un miedo constante que acompaña la experiencia de la propia vida. Un miedo que no siempre es consciente, que puede ser real o imaginado, pero que se manifiesta en cada interacción que llevamos a cabo. La posibilidad de ser herida, ignorado, comparada o excluido activa mecanismos de respuesta que buscan restaurar una sensación de control. El psicólogo y psicoanalista alemán Erich Fromm aseguraba que la violencia lúdica se presenta como un recurso al servicio de la vida, es decir, como una reacción que pretende preservar la dignidad propia, aunque termine dañando los vínculos que sostenemos.

Y es así, como los celos o la envidia hacia una pareja sentimental u otras relaciones personales traen a relucir la hostilidad en el carácter individual y en la violencia psicológica que se ejerce con tanta frecuencia, misma que resulta difícil de identificar y de eliminar, ya que normalizamos conductas que nos hacen daño. Es evidente que las dinámicas de la hostilidad son respuestas emergentes de la frustración que nace de no poseer lo que deseamos o lo que otras personas tienen. Si bien, los bienes materiales ocupan un espacio bastante importante frente a esta reacción, también lo son el reconocimiento, el afecto, el éxito y la validación social.

Claros ejemplos que detonan estas conductas violentas los encontramos en simples hechos de no sentirnos amadas o queridos, o bien, de no sentirnos suficientes para los demás. Muchas veces creemos enojarnos por múltiples razones cuando, en realidad, el enojo y la furia tienen una sola raíz u origen que no sabemos identificar.

¿Por qué normalizamos la violencia lúdica y el narcisismo? Porque justificamos estas reacciones como carácter, temperamento o sinceridad, cuando en el fondo son expresiones de una dificultad profunda para manejar nuestro malestar. La violencia lúdica no busca destruir a la otra persona, pero sí marcar territorio, reafirmar una posición y evitar sentirse vulnerable. En ese proceso, sustituimos el diálogo por la reacción y relegamos la escucha por una necesidad urgente de defendernos.

En este punto aparece el narcisismo individual y social. El mundo comienza a percibirse como un conjunto de objetos al servicio del propio deseo y el amor se dirige exclusivamente hacia el yo. Nos convertimos en un centro absoluto en medio de todas las cosas. Lo que sentimos y lo que queremos adquieren una mayor relevancia que el impacto que nuestras acciones tienen en quienes nos rodean porque las demás personas se transforman en amenazas.

Promover una competencia constante, una comparación permanente y una validación externa como medida de valor hacia una persona solamente refuerza la violencia en nuestros entornos. La atención desplazada hacia el beneficio personal y la supervivencia emocional como prioridades reproducen la violencia lúdica, con aprendizaje, legitimación y una dificultad para ser cuestionadas.

Los estudios de psicología forman una pieza fundamental para comprender por qué a pesar de todos los esfuerzos públicos sigue existiendo una resistencia a la eliminación de la violencia. Además, nos aportan la oportunidad de comprender y apostar por relaciones honestas, cuidadosas y sensibles.

Elegir la conciencia en lugar de la inercia nos lleva a gozar una vida libre de violencias.

 

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