Por. María del Socorro Pensado Casanova
X: @mariaaspc / IG: @pcasanovams
Cuando era niña, en mi colegio durante la infancia, todas las niñas practicábamos alguna actividad recreativa por las tardes, en mi caso, primero fueron las artes plásticas, luego las clases de piano y posterior vino el ballet junto con la danza contemporánea, mis pasiones más profundas, que durarían hasta que los deberes de mi Facultad de Derecho y después el trabajo, me lo permitieron. Entre mis compañeras de clase, algunas iban a gimnasia, a natación, a fútbol y una de ellas tenía un particular amor por el baloncesto.
Con el paso de los años, las personas hacemos nuestra vida, en paralelo o en perpendicular, y es así como dejas de tener contacto con algunas de las personas que crecieron a tu lado. Nueve años después de graduarnos, leí una noticia que me rompió el corazón, mi compañera del cole que amaba el baloncesto había perdido la vida en un accidente de carretera al regresar de un partido.
Hasta ahora no tengo el recuerdo de haber sentido una sensación de pérdida tan triste y penosa como en aquella ocasión, pero si de algo estoy segura, es que me dije a mí misma sobre lo injusta que es la vida cuando la pierdes cumpliendo tus sueños y haciendo lo que más amas cuando tienes un camino brillante por delante. Entre las estrellas que te acompañan, para mí siempre serás la mejor mujer jugadora de baloncesto que he tenido el placer de conocer.
Hoy, con una Secretaría de Mujeres en México que promueve y empodera a las mujeres en el deporte, que refuerza la importancia de la igualdad para todas las personas en este ámbito y que se interesa en implementar estrategias para que todas las niñas, adolescentes y mujeres conozcan sus derechos para realizar y ser reconocidas en actividades físicas, reflexiono sobre la fortuna que nosotras tuvimos de crecer en espacios en los que desde niñas, se nos respetó e hizo válido elegir cualquier deporte. Pero sé que no para todas fue ni es así.
Aún existen diversos obstáculos para el ejercicio y goce del derecho a la igualdad sustantiva de las mujeres y al derecho a la cultura física y a la práctica del deporte consagrados en el artículo 4° constitucional. La discriminación y violencia por razón del género, las prácticas que favorecen la brecha salarial y la perpetuidad del sistema patriarcal continúan siendo una realidad desastrosa para muchas mujeres cuya vocación es el deporte.
Este 2026, en el que México se posiciona en el ámbito deportivo global como sede mundialista de la FIFA en la categoría masculina, mientras la Copa Mundial Femenina se celebrará en Brasil el año próximo, representa una excelente oportunidad para reafirmar la igualdad de oportunidades y para no permitir que, como lo hizo hace meses un jugador reconocido al reducir a las mujeres al hogar, se sigan legitimando estereotipos que limitan nuestra participación.
Tenemos la posibilidad de mostrar que nos hemos esforzado por construir espacios más igualitarios y que seguimos haciéndolo, entendiendo que el deporte no depende de permisos sociales ni de concesiones simbólicas. Que, aun cuando se trate de un Mundial masculino, la dignidad y la participación de las mujeres no pueden supeditarse ni relativizarse, mucho menos humillarse. Ya sea baloncesto, fútbol o cualquier otra disciplina, el derecho a jugar, competir y ser reconocidas debe ser el mismo. El deporte es, ante todo, un derecho, y la igualdad implica acceso real, presencia plena y reconocimiento en las mismas condiciones para todas.
Y, a pesar de la brecha salarial persistente, de la menor visibilidad mediática y de los impedimentos estructurales que aún enfrentan las atletas, las mujeres han demostrado una y otra vez que el talento, la disciplina y la entrega no dependen del género. La desigualdad no está en el desempeño, sino en las condiciones. Por eso, hablar de deporte hoy es también hablar de justicia: de garantizar los mismos recursos, el mismo reconocimiento y las mismas oportunidades, para que ninguna niña crezca creyendo que su lugar está en la grada y no en la cancha.
Vivamos y disfrutemos el camino al Mundial lleno de entusiasmo, sí, pero también con convicción: los hombres no van primero, vamos juntas. Porque el deporte, como los derechos, no admite turnos ni permisos, se ejerce en igualdad.
