“Nos miramos tanto que olvidamos mirar; y al perder el mundo de vista,
empezamos también a perdernos a nosotros mismos.”
Por. Boris Berenzon Gorn
X: @bberenzon
¿Un narcisismo salvaje? Hay gestos casi imperceptibles que revelan el pulso íntimo de una época con mayor precisión que cualquier tratado. Un teléfono alzado frente al dolor ajeno, no para socorrer, sino para dejar constancia de la propia presencia. Un debate público que degenera en pasarela de egos. Una conversación donde cada voz aguarda su turno sin haber concedido antes la escucha. No son meros hábitos contemporáneos ni distracciones tecnológicas: son síntomas de una mutación más honda, casi silenciosa, en la forma en que concebimos la identidad.
Algo se ha desplazado en el centro de gravedad del sujeto. El yo ya no se forma en el intercambio ni se afianza en el vínculo, sino que se proyecta hacia afuera como imagen que busca confirmación. La experiencia deja de ser encuentro para volverse exhibición; la palabra, en vez de tender puentes, levanta vitrinas. Así, la vida cotidiana se llena de presencias visibles y, paradójicamente, de ausencias reales. Nos mostramos cada vez más, pero nos encontramos cada vez menos.
Lo que asoma en estos gestos no es simple vanidad, sino una sensibilidad de época: la necesidad de ser vistos antes que la disposición a ver; la urgencia de afirmarse antes que la paciencia de comprender. Bajo esta lógica, la identidad corre el riesgo de volverse superficie tensa, siempre expuesta, siempre vulnerable, incapaz de descansar en la densidad de una relación que no sea espejo.
No atravesamos solo un período de énfasis en lo individual; habitamos un tiempo donde el yo ha adquirido un tamaño desproporcionado. Ya no funciona como punto de partida hacia el mundo, sino como filtro único de la realidad. El yo no se ofrece al encuentro: se presenta. No se construye en el intercambio: se proyecta. Aquello que durante décadas fue descrito como rasgo psicológico hoy se comporta como atmósfera cultural, como tono dominante de la vida pública y privada.

La antigua narración de Narciso ayuda a entenderlo. Su destino no está sellado por el amor propio, sino por la imposibilidad de apartarse de su imagen. No muere por quererse, sino por no poder vincularse. El reflejo ocupa el lugar del mundo. El otro desaparece. Con el paso del tiempo, el pensamiento psicológico señaló que cierto grado de narcisismo es parte del desarrollo humano; sin una mínima afirmación del yo, no hay identidad. El problema surge cuando esa afirmación se absolutiza y el mundo deja de ser interlocutor para convertirse en escenario.
Sigmund Freud ya había advertido esta tensión entre el narcisismo necesario y sus formas regresivas. Más adelante, Heinz Kohut subrayó que detrás de la grandiosidad narcisista suele esconderse una herida temprana en la constitución del self. Otto Kernberg, por su parte, describió configuraciones donde la falta de integración emocional produce sujetos que oscilan entre la autoexaltación y el vacío. En el terreno cultural, Christopher Lasch habló de una “cultura del narcisismo” donde la sociedad misma fomenta personalidades frágiles, necesitadas de aprobación constante. Más recientemente, pensadores como Byung-Chul Han han señalado cómo la lógica de la exposición permanente y del rendimiento transforma al sujeto en proyecto de sí mismo, atrapado en una vitrina sin descanso.
En años recientes, el tema ha reaparecido con fuerza en análisis culturales y psicológicos difundidos por medios internacionales como The New York Times y otras publicaciones de referencia. Se ha insistido en desmontar una idea extendida: quienes presentan rasgos narcisistas no son ajenos a la culpa; más bien, no logran sostenerla. La transforman en enojo, en victimización o en acusación hacia otros. La crítica se experimenta como amenaza, no como posibilidad de aprendizaje. Lo que parece seguridad es, en muchos casos, una identidad frágil sostenida por la necesidad constante de reconocimiento. La falta de empatía, la autoimportancia exagerada y la dependencia de la admiración externa no aparecen como episodios aislados, sino como patrones persistentes que impactan vínculos y comunidades.
Lo inquietante es que estos rasgos ya no se presentan únicamente como dificultades personales, sino como condiciones del entorno. La visibilidad se ha convertido en valor supremo. La sensación de existir se asocia a la exposición. No estar presente en el flujo continuo de imágenes produce la sensación de quedar fuera de la realidad. La identidad se vuelve tarea permanente de edición: qué mostrar, cómo aparecer, qué versión de uno mismo sostener frente a los demás.
Surge así una paradoja: nunca se habló tanto de uno mismo y, sin embargo, la experiencia interior se debilita. El yo se mira desde fuera, como si fuera un objeto que debe optimizarse. De ahí proviene una susceptibilidad creciente. La observación crítica hiere, el desacuerdo incomoda de manera desproporcionada. Las tensiones sociales se amplifican porque la discusión deja de centrarse en ideas y se desplaza hacia la defensa de la propia imagen.
El ámbito político refleja esta dinámica. Las figuras públicas tienden a ocupar el centro del relato, mientras los proyectos colectivos se vuelven secundarios. Admitir un error se vive como pérdida de autoridad, no como ejercicio de responsabilidad. La discusión pública se contamina cuando la discrepancia se interpreta como ataque personal. Así, lo común se debilita, y la política corre el riesgo de convertirse en competencia de protagonismos más que en búsqueda de soluciones compartidas. El líder deja de ser representante y se convierte en marca. La gestión se subordina a la narrativa personal.
En la vida cotidiana, el efecto no es menor. Las relaciones afectivas pueden resentirse cuando el vínculo se entiende principalmente como fuente de validación. El otro deja de ser alguien con quien construir y se convierte en confirmación de la propia imagen. El conflicto, inevitable en cualquier relación profunda, se vive como amenaza intolerable. En el trabajo, la proyección personal puede imponerse sobre el esfuerzo colectivo. En la conversación pública, opinar pesa más que escuchar.
Este narcisismo extendido resulta insaciable. Requiere atención constante y nunca se da por satisfecho. Al mismo tiempo, revela una carencia: ausencia de arraigo interior, dificultad para sostener el silencio, incomodidad frente a la soledad no mediada por pantallas o miradas externas. Es una expansión hacia afuera que intenta compensar una sensación de vacío. La identidad se infla, pero no se consolida.
Uno de los efectos más delicados es la erosión del sentido de lo compartido. Cuando el centro de gravedad se desplaza de manera excesiva hacia el yo, el “nosotros” pierde fuerza. La idea de pertenecer a un destino común se fragmenta en agrupaciones que funcionan como espejos, donde se busca confirmación antes que diálogo. La sociedad corre el riesgo de convertirse en suma de presencias individuales sin verdadera trama relacional.
Aquí aparece un punto decisivo: la disminución de la autocrítica. Reconocer límites, errores y dependencias es una condición de madurez tanto personal como colectiva. Sin ese ejercicio, el aprendizaje se estanca y el conflicto se vuelve permanente. Cuando predomina la lógica narcisista, la revisión de uno mismo se sustituye por la defensa incesante de la propia posición.
Las consecuencias sociales no son abstractas. Se manifiestan en polarización, cansancio colectivo, vínculos frágiles, dificultades para sostener proyectos a largo plazo y una sensación difusa de aislamiento aun en medio de la hiperconexión. Mucho intercambio de mensajes, pero poca experiencia de encuentro.
Atender este fenómeno no implica anular el yo, sino situarlo. La identidad se fortalece no solo en la afirmación, sino también en la relación, en la escucha, en el reconocimiento de que el otro no es prolongación de uno mismo. Desplazar ligeramente el centro, permitir que la mirada se pose en algo más que el propio reflejo, puede ser un gesto pequeño, pero culturalmente decisivo.
Pero si este desplazamiento no ocurre, el escenario se vuelve más sombrío. Una cultura dominada por el narcisismo tiende a perder su capacidad de autolimitación, de memoria y de responsabilidad. La política se degrada en espectáculo, el debate en confrontación permanente, el amor en intercambio de validaciones, el trabajo en vitrina de egos. La sociedad se vuelve ruidosa y, al mismo tiempo, vacía. El exceso de yo no produce plenitud, sino fragilidad colectiva.
Quizá la lección que atraviesa siglos siga vigente: el problema no es tener un yo, sino no poder apartarse de él. Mientras la imagen propia ocupe todo el campo de visión, el mundo se reduce. Y cuando el mundo se reduce al tamaño del yo, también se reduce nuestra capacidad de convivir, de crear en común y de sostener algo que nos trascienda. Esa es la advertencia severa de nuestro tiempo: una civilización que no logra salir de su reflejo corre el riesgo de perder no solo el vínculo con los otros, sino también la profundidad de sí misma.

Manchamanteles
En México, el narcisismo cultural adopta matices propios, entrecruzados con una historia de reconocimiento negado, desigualdad estructural y una vida pública intensamente mediática. En un país donde amplios sectores han debido luchar durante décadas por visibilidad, voz y dignidad, la búsqueda de reconocimiento es comprensible; sin embargo, en el ecosistema digital y político contemporáneo esa necesidad puede desplazarse hacia una exhibición constante del yo como forma de existencia social.
La política se personaliza hasta extremos donde la figura eclipsa al proyecto; el debate público se llena de posicionamientos identitarios que hablan más de pertenencia que de argumentos; en la vida cotidiana, la validación externa —en redes, en consumo, en estatus— se vuelve termómetro del valor personal. Esta dinámica convive con profundas carencias materiales y afectivas, produciendo una tensión particular: una sociedad que reclama justicia y comunidad, pero que al mismo tiempo se ve arrastrada por lógicas de autoafirmación permanente. El resultado es una esfera pública ruidosa, emocionalmente intensa, donde la crítica se vive con frecuencia como ofensa y donde la construcción de lo común enfrenta el obstáculo de egos hipersensibles en un contexto históricamente herido.
Narciso el obsceno
El narcisista contemporáneo no pregunta “¿qué está pasando?”, sino “¿cómo salgo yo en esto?”.
