viernes 09 enero, 2026
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BORIS BERENZON GORN COLUMNAS COLUMNA INVITADA

RIZANDO EL RIZO   La vanidad del salvador: democracia en vitrina

Por. Boris Berenzon Gorn

Al parecer, algunos héroes no luchan
por la causa… sino por el mejor
ángulo de la foto…

La historia política contemporánea está llena de figuras que se presentan —o son mostradas— como paladines de una causa justa y que terminan convertidas en piezas de un tablero geopolítico ajeno a las expectativas que despertaron. María Corina Machado, en la Venezuela de estos años, encarna con nitidez ese tipo de liderazgo: una biografía de oposición persistente al chavismo, un discurso liberal y antiautoritario, una aureola internacional reforzada por el Premio Nobel de la Paz y, al mismo tiempo, una creciente identificación con la estrategia de presión —e incluso de intervención— de Estados Unidos. No se trata de juzgar su honestidad subjetiva ni de negar la deriva autoritaria del régimen venezolano, sino de observar cómo su figura encaja en un modelo político que se ha vuelto rancio: el del “héroe salvador” alineado con el pragmatismo de Washington, celebrado en foros internacionales y sostenido en la idea de que la llave del futuro no está en la fuerza social interna, sino en el poder militar, económico y diplomático de la potencia hegemónica.

Ese guion se ha repetido tanto que hoy aparece desgastado. Guaidó, antes que Machado, fue elevado fugazmente a la categoría de presidente interino, reconocido por gobiernos occidentales mientras Venezuela seguía hundida en el colapso y la polarización. Antes, en otros escenarios, fueron idealizados Ahmed Chalabi en Irak, Hamid Karzai en Afganistán o Aung San Suu Kyi en Myanmar: símbolos morales convertidos en banderas para justificar sanciones e intervenciones hasta que, agotada su función, fueron relegados o envueltos en contradicciones. En América Latina, la galería incluye disidentes cubanos transformados en iconos mediáticos o figuras nicaragüenses que pasaron de héroes de resistencia a piezas del ajedrez geopolítico, donde el anticomunismo y la lógica de bloques pesaban más que los anhelos democráticos reales.

El patrón es claro: primero se fabrican rostros; luego, esos rostros legitiman sanciones, bloqueos o intervenciones; finalmente, cuando los costos se vuelven incómodos, se les deja caer. El caso chileno lo muestra desde el reverso: Augusto Pinochet fue presentado como “baluarte de Occidente” mientras se perpetraban crímenes atroces. En Centroamérica, los contras nicaragüenses y las dictaduras de Guatemala, El Salvador y Honduras fueron financiadas en nombre de la libertad, para luego ser abandonadas cuando el mapa geopolítico cambió. En Panamá, Manuel Noriega pasó de aliado útil a enemigo a derrocar. El paladín resulta así un instrumento descartable, héroe de una propaganda más preocupada por estabilizar un orden que por democratizarlo.

Venezuela ofrece hoy una escena elocuente. Durante años, la oposición osciló entre la movilización interna y la “salida” promovida desde el exterior. Machado —como antes Guaidó— abrazó la estrategia de sanciones, aislamiento y despliegue militar “disuasivo” en el Caribe. El drama es que ese guion, revestido de lenguaje democrático, coloca el destino del país en manos de despachos lejanos, más atentos a equilibrios regionales e intereses energéticos que al sufrimiento cotidiano de la población. Así, el líder opositor se vuelve intérprete privilegiado de la voluntad del imperio: porta la voz del “pueblo oprimido”, pero adapta su discurso al repertorio esperado por think tanks, medios globales y cancillerías.

El problema no es sólo geopolítico: es simbólico y ético. Cuando el porvenir de una nación parece depender más del movimiento de portaaviones que de la organización paciente de la sociedad, la política se infantiliza. Se delega en un Otro omnipotente la restauración del orden. En términos psicoanalíticos, el sujeto político renuncia a su autonomía y se aferra a una figura paterna que promete castigar al tirano. Esa búsqueda de protección externa alimenta el narcisismo del líder opositor: ya no encabeza sólo una lucha interna, sino una misión histórica validada por los focos del mundo.

Freud explicó cómo las multitudes depositan su ideal del yo en la figura del jefe. Hoy, en la era del espectáculo permanente, esa lógica se intensifica. El liderazgo se mide en trending topics, fotografías, premios, homenajes. El héroe debe encarnar una narrativa global del bien contra el mal. Y, cuanto más nítida sea la dicotomía, mejor funciona la historia. La política, entonces, se simplifica: un tirano absoluto frente a un salvador absoluto. Todo aquello que no cabe en el guion —apoyos populares complejos, oposiciones moderadas, críticas democráticas al intervencionismo— se elimina como ruido.

La celebración del intervencionismo es el punto extremo de esta simplificación. Cuando sectores de la oposición reciben con júbilo despliegues navales o incautaciones de bienes públicos, se cruza un umbral ético: la soberanía y la autodeterminación se vuelven sacrificables en el altar de la caída del enemigo. Pero la historia latinoamericana está llena de advertencias: Guatemala en 1954, República Dominicana en 1965, Panamá en 1989. Todas fueron presentadas como cirugías morales y terminaron en décadas de fragilidad y dependencia. Lo mismo ocurrió con Irak en 2003. El error consiste en creer que la justicia puede llegar en forma de misil “inteligente”.

En este contexto emerge una crisis de sombras: la política se convierte en teatro de imágenes. El régimen autoritario aparece como monstruo; el opositor, como figura aurática; la intervención, como espectáculo televisivo. Las sombras sustituyen a los cuerpos. Lo que queda fuera del encuadre es lo esencial: los hospitales sin medicinas, los exilios, la inflación, la fractura íntima de las familias. Vivimos, entonces, en una caverna platónica donde el espectáculo produce la realidad.

El héroe, fascinado por su propia imagen, corre el riesgo de volverse prisionero del personaje. No puede matizar sin parecer traidor. Y algo similar ocurre con quienes gobiernan en nombre del antiimperialismo mientras saquean a sus pueblos: también ellos cultivan la figura heroica. El narcisismo, a izquierda y derecha, es estructural.

En este teatro, el Premio Nobel de la Paz se ha convertido en una pieza de mercadotecnia moral. Sin negar aportes valiosos, su uso diplomático ha desgastado su aura: Kissinger en plena guerra de Vietnam, Obama al inicio de su administración bélica, Santos en un proceso aún frágil, Suu Kyi en silencio ante el genocidio rohinyá. El Nobel corre el riesgo de legitimar narrativas en vez de sostener una ética de paz.

Todo esto conduce a una crisis más honda: la de los valores éticos genuinos frente a la mercadotecnia moral. Democracia, derechos humanos, soberanía, antiimperialismo… todas se convirtieron en etiquetas disputadas. Gobiernos que criminalizan protestas se declaran garantes de la ley; oposiciones que piden bloqueos se proclaman humanistas; potencias con larga historia de intervenciones apelan al derecho internacional. La argumentación es impecable; la realidad, mucho menos.

América Latina debería ser especialmente sensible a este riesgo. La memoria de golpes, dictaduras “protegidas” y guerras internas debería vacunarnos contra la tentación del salvador externo. Pensar a María Corina Machado sólo como heroína o sólo como marioneta empobrece el análisis. Lo decisivo es ver cómo una causa justa puede terminar mimetizada con el pragmatismo de una potencia, entrando en una zona de riesgo ético donde se vuelve instrumentalizable. El pragmatismo de Trump su uso y abuso todo lo desacredita porque además le abrieron la puerta de la locura.

Tal vez haya que dejar de apostar por héroes que inevitablemente se desgastan y volver a la política sin espectáculo: instituciones, ciudadanía crítica, memoria histórica, justicia cotidiana. Ninguna intervención militar ha traído por sí sola paz duradera. Ningún premio sustituye a la construcción paciente de una democracia real. En un mundo donde los Nobel se disputan en medio de guerras, donde oposiciones sueñan con portaaviones y donde los autoritarismos se adornan con discursos de soberanía, la verdadera ruptura no es cambiar de héroe: es cambiar de guion.

Ilustración. Diana Olvera

Manchamanteles

De cara a este panorama, la pregunta no es quién será el próximo paladín, sino cómo inventar otras formas de liderazgo. Tal vez haya que descentrar al héroe y recentrar la comunidad política; desconfiar del brillo de los premios y mirar a los procesos lentos: instituciones, educación cívica, memoria crítica, movimientos sociales que sobrevivan a los ciclos mediáticos. Desde el psicoanálisis, esto implica renunciar a la fantasía del gran Otro salvador —sea un líder carismático o una superpotencia— y asumir la responsabilidad compartida.

Narciso el obsceno

El narcisismo político convierte a los “héroes o heroínas” en vitrinas de sí mismos: cuanto más buscan salvar a un pueblo, más terminan salvando su propia imagen, hasta que la causa se vuelve apenas un decorado para su vanidad.

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