Por. María del Socorro Pensado Casanova
X: @mariaaspc / IG: @pcasanovams
Si algo ha demostrado la experiencia de las últimas décadas es que la igualdad formal no es suficiente cuando la violencia de género sigue atravesando los espacios donde las mujeres viven, trabajan y participan en la vida pública.
La igualdad de oportunidades y de condiciones para todas las personas constituye uno de los principios fundamentales de los derechos humanos. Sin embargo, el reconocimiento normativo y la realidad cotidiana nos muestran una brecha evidente.
Hoy sabemos que concebir la violencia contra las mujeres únicamente dentro del ámbito doméstico es insuficiente. La violencia de género atraviesa todos los espacios de la vida social y se manifiesta también en los entornos laborales, en las instituciones académicas y en los espacios de decisión política.
El trabajo representa mucho más que una fuente de ingresos. Es una condición esencial para la autonomía económica, la dignidad personal y la posibilidad de construir un proyecto de vida propio. Sin embargo, para muchas mujeres el acceso al empleo, su permanencia en él y su desarrollo profesional se ven condicionados por contextos de discriminación y violencia que siguen profundamente arraigados.
Uno de los ejemplos más claros es el acoso laboral que enfrentan muchas mujeres embarazadas. A pesar de las protecciones legales existentes, en numerosos espacios de trabajo el embarazo sigue siendo percibido como un “problema” o una “carga”. No son pocos los casos en los que las mujeres son presionadas para renunciar, relegadas de responsabilidades o excluidas de oportunidades de crecimiento profesional. Esta forma de violencia laboral refleja la persistencia de una cultura que continúa penalizando la maternidad y trasladando de nueva cuenta la responsabilidad de los cuidados a las mujeres.
Esta realidad también se reproduce en espacios que deberían estar comprometidos con el pensamiento crítico y la construcción del conocimiento. En el ámbito académico, muchas mujeres enfrentan formas de violencia institucional que van desde el hostigamiento y la descalificación sistemática hasta la exclusión de proyectos, redes de investigación o espacios de decisión. Estas prácticas generan entornos laborales profundamente hostiles que, en muchos casos, terminan empujando a las mujeres a renunciar. No se trata de decisiones libres, sino de renuncias forzadas por dinámicas de poder que buscan desgastar, aislar o silenciar. Cuando la violencia se normaliza en la academia, las instituciones reproducen estructuras que, lejos de promover la igualdad, terminan expulsando a las mujeres de los espacios donde se produce y se legitima el conocimiento.
Además, se suma otra preocupante modalidad de violencia que ha cobrado mayor visibilidad en los últimos años, la violencia política de género. Muchas mujeres que hoy ocupan espacios de representación y liderazgo dentro de los gobiernos enfrentan campañas de desprestigio, hostigamiento, amenazas e intentos sistemáticos de deslegitimar su autoridad. No se trata únicamente de confrontación política. Se trata de ataques que buscan expulsar a las mujeres de los espacios de poder y recordarles que esos lugares históricamente no fueron pensados para ellas.
La violencia política de género revela que el problema no es solo jurídico, sino profundamente cultural. Las mujeres que participan en la vida pública continúan enfrentando resistencias estructurales que intentan limitar su voz, cuestionar su capacidad o desacreditar su liderazgo mediante estereotipos y agresiones que rara vez se dirigen contra los hombres.
Frente a este panorama, es necesario transformar las estructuras institucionales, fortalecer mecanismos de prevención y sanción de la violencia, y promover entornos laborales, académicos y políticos en los que las mujeres puedan ejercer plenamente sus derechos.
La conciliación entre la vida laboral y la vida privada frente a la violencia de género sigue siendo un desafío estructural para nuestras sociedades. Y, la igualdad seguirá siendo una promesa incompleta mientras la violencia continúe condicionando la experiencia cotidiana de millones de mujeres.
Por último, también es necesario reconocer una realidad incómoda… La confrontación, la competencia destructiva y las humillaciones entre las propias mujeres forman parte de dinámicas que durante generaciones han sido normalizadas por el sistema patriarcal.
Necesitamos recordar cada segundo que la igualdad no se construye desde la rivalidad ni desde el silencio frente a la injusticia. La próxima vez que una mujer sea desacreditada, humillada o atacada por el simple hecho de ocupar un espacio que le corresponde, detente un momento. Si eres mujer no te conviertas en un instrumento de esa violencia, y, si eres hombre y la observas no guardes silencio.
