Texto y fotos: Berenice Sevilla
Dolor, denuncias, acompañamiento y cariño, movieron a la ola violeta el 8M. La voz de miles de mujeres que marcharon por las calles del centro de la Ciudad de México, se hizo escuchar más que otras veces.



Las confesiones de abusos sexuales por el novio, el amigo o un familiar; el inmenso dolor de las madres buscadoras y de víctimas de feminicidio; y las denuncias de mujeres a quienes sus exparejas les arrebataron ‘a la mala’ a sus hijos (violencia vicaria); marcaron la edición 2026 del Día Internacional de la Mujer, en México.
Hemos ganado batallas y derechos, sí; pero hoy más que nunca las niñas, adolescentes, adultas y adultas mayores no estuvieron dispuestas a callar años de abusos y violencias, así lo gritaban y se leía en las múltiples pancartas que inundaron las calles.



¿Es normal que miles de mujeres tengan, por lo menos, una historia de abuso en sus vidas? ¿Ya es parte de nuestra cotidianidad ver los rostros de hombres y mujeres en fichas de búsqueda o plasmados en playeras que portan sus madres? ¿Es normal escuchar de cientos de jovencitas que fueron violadas?



Si bien la marcha del 8M se ha convertido un espacio de denuncia, es deseable que éstas se escuchen en las más altas esferas del poder y no se queden sólo de este lado de los vallas metálicas con las que cercaron el Palacio Nacional.



“¡Mujer, escucha, esta es tu lucha! ¡Amiga, hermana, esta es tu manada! ¡Ni una más, ni una más, ni una asesinada más! ¡No está con su papá, está con su agresor! ¡Somos malas, podemos ser peores!”, fueron algunas de las consignas que encontraron eco al escuchar: “¡Esas morras si me representan!”.




Escucha, lágrimas, abrazos solidarios y baile, fueron el otro escenario que se vivió. Porque, dicen, “bailando también se lucha”; porque la sororidad se respiraba en la multitud escoltada por las jacarandas de la temporada; porque el respaldo de las abuelitas que salieron a marchar por primera vez también se sintió.






