Por. María del Socorro Pensado Casanova
X: @mariaaspc / IG: @pcasanovams
“Hacer del futuro un lugar que queramos visitar.”
Sylvia Pankhurst, 1882-1960.
El 8 de marzo de cada año, se conmemora el Día Internacional de la Mujer, una fecha elegida para reconocer y reflexionar la lucha de las mujeres por la igualdad de oportunidades y condiciones. Sin embargo, cabe preguntarse cuántas personas tienen presente el verdadero significado de este día y lo reconocen como tal.
Durante mucho tiempo, en México, el 8M ha sido interpretado como una ocasión para felicitar a las mujeres y regalar flores, como si se tratara de un cumpleaños o de otro festejo similar. De igual manera, en muchas otras regiones del mundo, la tradición de felicitar a las mujeres en el 8M persiste. Este hábito, arraigado en varias generaciones, no debe ser motivo de reproche hacia quienes aún lo practican, ya que desconocen el verdadero sentido de la fecha. No es justo agredir a quienes continúan con este “festejo” inexistente, pues se trata de una costumbre heredada y no de una intención maliciosa. Si exigimos una vida libre de violencias, también procurémosla y no provoquemos el daño que no queremos para nosotras.
Por eso, es importante ser comprensivos con aquellas personas que todavía no han adoptado una perspectiva feminista o no muestran interés en hacerlo. La igualdad es un criterio formado a lo largo de los años, basado en el conocimiento y la práctica de un trato igualitario hacia todas las personas, no es un intento de convencer a alguien.
Ahora bien, la cuestión cambia para quienes, sabiendo que en el 8M se conmemora la lucha por la igualdad, continúan felicitando y negándose a reconocer esa igualdad de las mujeres frente a los hombres. Además, debido a la alta incidencia de violencia contra las mujeres en nuestro país, así como a los esfuerzos por garantizar su seguridad, el rechazo a la igualdad por parte de la sociedad significa la perpetuidad de la cultura de discriminación y violencia por razón del género.
Es una realidad la impotencia y tristeza de observar, cómo se desvirtúan fechas importantes como el 8M no tiene comparación alguna. Y esto no solo ocurre con las felicitaciones, sino también con las opiniones y ataques que surgen respecto a las manifestaciones de la lucha feminista. Hay quienes solo se involucran al 8 de marzo, creyendo que ondear la bandera violeta ese día es suficiente para formar parte del movimiento. Al mismo tiempo, otros consideran que salir a las calles a exigir justicia no sirve de nada. Estas posturas reflejan una falta de entendimiento sobre la lucha e historia feminista, así como de su verdadera finalidad: la igualdad entre todas las personas.
En lo personal, soy una fiel creyente de que cada paso que demos hacia la igualdad se verá reflejado en el presente y en el futuro, por más pequeño que parezca. Eliminar y dejar de aceptar conductas basadas en estereotipos de género en todos los espacios en los que nos encontremos, por ejemplo, pueden prevenir actos constitutivos de violencia contra las mujeres y enseñar a futuras generaciones a vivir en una cultura basada en la igualdad, la libertad y el respeto.
Este 2026, la vida tras el 8 de marzo transcurre en medio de desigualdades y violencia contra todas las personas, siendo las mujeres, las niñas y las adolescentes integrantes de aquellos grupos más afectados por razón de su género. Su significado no debe agotarse en una sola jornada de consignas, marchas o publicaciones en redes sociales.
Insistamos en que la lucha por la igualdad no se limita a una fecha en el calendario, sino que se construye todos los días, en las decisiones cotidianas, en la forma en que educamos, en cómo respondemos ante la injusticia y en la manera en que cuestionamos las estructuras que sostienen la desigualdad. Defender la igualdad implica incomodar aquello que durante mucho tiempo se ha considerado normal sin hacer daño.
El compromiso con la igualdad que adoptamos cada 8M exige constancia, no basta con alzar la voz un día, si el resto del año guardamos silencio frente a la discriminación o la violencia. La transformación y justicia social ocurren cuando la memoria de la lucha permanece viva más allá de las marchas y se convierte en una práctica diaria de respeto, justicia y dignidad.
