lunes 02 marzo, 2026
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COLUMNA INVITADA Sobre ética y condena

Por. María del Socorro Pensado Casanova

X: @mariaaspc / IG: @pcasanovams

 

 

“Ningún miedo es insoportable, a menos que te sobren tiempo y cabeza para pensar en él.”
Arturo Pérez-Reverte, La Reina del Sur, 2002.

 

¿Hasta qué punto el amor hacia una persona puede llevar a alguien a seguirla, incluso cuando forma parte de una célula del crimen organizado?

En una cultura de la violencia y “amor” al narco, nos vemos obligados a mirar la respuesta a través de la filosofía, la justicia y la ética.

El amor, en la filosofía, es una decisión con consecuencias éticas. Un ejemplo clásico de esta idea aparece en el diálogo sobre el amor atribuido a Sócrates. Aristófanes narra el mito de los andróginos, seres completos que Zeus separa y condena a buscar eternamente a su otra mitad. Sócrates, por su parte, introduce la figura de Poros y Penia, el amor como hijo de la abundancia y la carencia, como deseo de aquello que se carece.

La filosofía, es una trayectoria, el camino que la sociedad atraviesa para darle lógica y sentido a la sabiduría que reconoce cada día. Así, ninguna persona posee la filosofía, la recorre. Quien cree saberlo todo suele caer en la presunción y la arrogancia, porque no permite que sus opiniones ni su pensamiento sean cuestionados. En cambio, desde la filosofía partes de una certeza incómoda pero liberadora, es imposible saberlo todo. Cada segundo aprendemos algo nuevo inclusive cuando creemos haberlo entendido todo.

Las nuevas generaciones hemos crecido conviviendo con la violencia, muchas veces sin haber tenido las palabras para nombrarla. Nos preguntamos por qué el miedo se volvió cotidiano, por qué ciertas agresiones se repiten y se normalizan, por qué el daño aparece tan temprano en nuestras vidas. Crecemos, y las preguntas no desaparecen, se vuelven más incómodas. Nos interrogamos sobre lo que toleramos, sobre los silencios que sostenemos y sobre las decisiones que tomamos cuando la violencia deja de ser una excepción y comienza a formar parte de nuestra vida diaria. La duda no desaparece con la edad, solo cambia de forma.

Pensemos en una situación extrema, un accidente. Despertamos en un hospital, heridos, desorientados, sin recordar lo ocurrido. Las primeras preguntas surgen de inmediato, dónde estoy, por qué estoy aquí, qué me pasó. Estas preguntas son profundamente filosóficas, porque no buscan solo información, sino sentido. Al plantearlas, iniciamos un camino hacia la verdad de los hechos y hacia la reconstrucción de nuestra propia historia.

Los filósofos coinciden en algo esencial, es necesario querer aprender de la vida. La palabra filosofía aparece con frecuencia en nuestro entorno cotidiano, aunque no siempre seamos conscientes de ello. En momentos de dolor escuchamos frases como hay que verlo con positivismo, y en momentos de logro alguien nos recuerda que lo que se siembra se cosecha. Ambas expresiones condensan una forma de pensamiento filosófico que intenta dar sentido a la experiencia humana.

Y es aquí donde la filosofía se encuentra con la justicia. Amar no es solo sentir, es elegir, cuestionar, resistir. Amar la justicia implica no conformarse con respuestas fáciles ni con verdades cómodas. Implica preguntarse incluso cuando duele, incluso cuando la respuesta incomoda. La filosofía nos enseña que la justicia no es un estado alcanzado, sino un horizonte hacia el cual caminamos.

A las mujeres que aman a hombres vinculados al narco se les exige una culpabilidad inmediata, como si el afecto anulara toda complejidad moral. Pero también es legítimo preguntarnos cómo es posible que alguien acostumbrada a vivir rodeada de violencia, miedo y normalización del daño sea llevada a permanecer ahí, a quedarse, a amar en un entorno que condiciona la elección. La ética no puede reducirse a la condena simplista, pero tampoco puede renunciar a interrogar las decisiones, los silencios y las formas en que el amor, cuando deja de cuestionar, puede convertirse en complicidad.

Mientras estemos vivos, no dejaremos de preguntarnos por el sentido de la vida y por la responsabilidad que implica habitar este mundo. Nadie lo sabe todo, y la filosofía nos lo recuerda con humildad, para colocarnos frente a nuestras propias preguntas.

No se trata de tener respuestas definitivas, se trata de sostener la pregunta ética cuando incomoda y cuando el amor se cruza con la violencia y exige tomar una posición de justicia.

 


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