viernes 23 enero, 2026
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BORIS BERENZON GORN COLUMNAS COLUMNA INVITADA

RIZANDO EL RIZO La izquierda mexicana ante el intervencionismo (Segunda parte)

 

Violencia, administración del miedo y agotamiento de la imaginación política

(neoliberalismo–2026)

 

Por. Boris Berenzon Gorn 

 

Uno de los giros más complejos —y menos reconocidos— en la historia reciente de la izquierda mexicana es que su crisis no proviene únicamente de la derrota, sino también del éxito. Gobernar durante un periodo prolongado transforma la relación con el conflicto, con el tiempo y con el lenguaje. El poder cotidiano tiende a absorber la crítica, a volverla innecesaria, incómoda o peligrosa.

Cuando la izquierda accede al gobierno, entra en una lógica distinta: la de la administración permanente. En ese tránsito, el riesgo no es negociar —toda política lo hace—, sino confundir la negociación con la verdad, la prudencia con la renuncia, el realismo con el abandono del horizonte emancipador. El problema no es gobernar; el problema es creer que gobernar equivale a pensar por toda la sociedad.

La izquierda en el poder corre así el riesgo de perder su función histórica más valiosa: ser conciencia crítica incluso —y, sobre todo— de sí misma.

La violencia como operador ideológico. Cuando el miedo reemplaza a la política. La violencia ocupa hoy un lugar central en la vida mexicana, no solo como experiencia material, sino como dispositivo ideológico. No se trata únicamente de lo que ocurre, sino de cómo se narra, se explica y se utiliza políticamente. La violencia no solo mata: ordena el discurso público.

Cuando la violencia se presenta como omnipresente, incontrolable y absoluta, produce un efecto devastador: reduce el campo de lo pensable. Todo lo que no sea solución inmediata parece irresponsable; todo lo que no sea fuerza aparece como ingenuidad. En ese marco, el intervencionismo se vuelve imaginable, incluso deseable, como último recurso.

Foto: Pixabay

La izquierda mexicana conoció históricamente este mecanismo. Supo que la violencia interna ha sido, una y otra vez, el mejor argumento para la intervención externa. Sin embargo, hoy parece atrapada en una paradoja: reconoce el peligro del intervencionismo, pero acepta el marco narrativo que lo hace plausible.

Aquí el miedo reemplaza a la política. El debate se achica. La soberanía deja de ser pregunta colectiva y se convierte en trámite defensivo. No se discute qué tipo de país se quiere, sino cómo evitar el peor escenario. Y cuando la política se reduce a evitar catástrofes, deja de ser política: se vuelve gestión del temor.

Una de las formas más eficaces del intervencionismo contemporáneo es el chantaje humanitario. La violencia real —innegable, insoportable— se presenta como argumento moral para suspender la soberanía. No se habla de dominación, sino de ayuda; no de intervención, sino de rescate; no de control, sino de asistencia.

La obscenidad de este discurso no radica en su sensibilidad, sino en su hipocresía estructural. La intervención se presenta como acto ético, pero nunca se interroga por las condiciones que produjeron la violencia ni por los efectos de largo plazo de esa supuesta ayuda. Se promete orden inmediato a cambio de una dependencia prolongada. Decir que la violencia no se resuelve desde afuera es impopular. Pero la izquierda, históricamente, nunca fue valiosa por decir lo popular, sino por decir lo necesario.

La soberanía sigue apareciendo en discursos oficiales, comunicados diplomáticos y declaraciones públicas. Pero ha perdido densidad social. Ya no convoca, no organiza, no moviliza. Funciona como término jurídico, no como experiencia vivida.

La izquierda mexicana fue durante décadas una gran productora de lenguaje político. Creó conceptos, metáforas, marcos interpretativos que permitieron a amplios sectores comprender su posición en el mundo. Hoy, ese lenguaje se ha empobrecido. Se defiende la soberanía, pero no se la narra.

Cuando una comunidad pierde la capacidad de narrarse, otros narran por ella. Y esas narrativas suelen presentar la intervención como técnica, la dependencia como racionalidad y la renuncia como madurez.

La izquierda enfrenta aquí una tarea urgente: reconstruir un lenguaje soberano que no sea defensivo, sino propositivo, que no se limite a decir “no”, sino que sea capaz de decir “esto sí”.

Universidad, intelectuales y el silencio cómodo

Las universidades públicas y los intelectuales críticos fueron durante décadas uno de los pilares del antiintervencionismo mexicano. Allí se pensaron las relaciones de dependencia, el imperialismo, la colonialidad del poder. Hoy, ese papel aparece debilitado. Parte de la academia ha optado por el silencio estratégico: no hablar para no ser instrumentalizada, no intervenir para no alimentar narrativas conservadoras. Sin embargo, el silencio no es neutral. Cuando la crítica se retira, el sentido común se reconfigura sin resistencia. El resultado es que los lenguajes dominantes sobre violencia, seguridad e intervención se producen fuera de la izquierda, muchas veces desde lógicas tecnocráticas o securitarias. La soberanía queda así reducida a asunto de expertos, no de ciudadanos.

La izquierda social tampoco está exenta de responsabilidad. Fragmentada, agotada y moralmente saturada, ha perdido capacidad de articulación. Hay indignación, pero dispersa; hay denuncia, pero sin continuidad; hay sensibilidad ética, pero poca organización.

La cultura digital ha intensificado este problema. La reacción es inmediata, pero efímera. El gesto sustituye al proceso. La denuncia reemplaza a la construcción. El resultado es una política de estallidos sin acumulación. Sin organización, la crítica se diluye. Y sin crítica organizada, el intervencionismo avanza como solución “práctica”.

La tesis más dura —y quizá la más necesaria— es esta: el intervencionismo se vuelve imaginable cuando la imaginación política se ha agotado. No es solo una imposición externa; es un síntoma interno.

Cuando una sociedad deja de creer en su capacidad de transformación, empieza a buscar soluciones fuera de sí misma. La intervención aparece entonces como atajo técnico frente a problemas estructurales. Pero los atajos, en política, suelen conducir a callejones más largos.

La izquierda mexicana, que históricamente fue un reservorio de imaginación política, atraviesa hoy una crisis en ese terreno. Sabe lo que no quiere, pero le cuesta decir con claridad qué quiere en su lugar.

Ilustración. Diana Olvera

Manchamanteles 

Nombrar el intervencionismo no es un gesto retórico. Es un acto político. Significa decir que la violencia no se resuelve con tutela externa, que la soberanía no es un trámite diplomático y que la democracia no puede sobrevivir sin imaginación colectiva.

La soberanía no se defiende solo con comunicados, sino con lenguaje, memoria, organización y crítica. Recuperar eso es la tarea pendiente de la izquierda mexicana en el siglo XXI.

Narciso el obsceno

El mayor peligro es la intervención en sí, y la naturalización de la renuncia. narcisista—esa izquierda satisfecha con su reflejo institucional— confunde responsabilidad con silencio y gobernabilidad con inmovilidad crítica.

Pero la izquierda puede ser muy valiosa por administrar bien lo existente, sino por imaginar lo que aún no existe. Su función histórica no es tranquilizar, sino inquietar; no es cerrar debates, sino abrirlos; no es administrar el miedo, sino desactivarlo.

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