domingo 06 abril, 2025
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COLUMNAS COLUMNA INVITADA

«REPÚBLICA DE KALY-COATLICUE» Einstein plagió a Mileva Maric´ (P.II)

Por. Alfonso García Pérez

Al alemán Albert Einstein (1879–1955), no le brindaron el Premio Nobel por la “ecuación” de la equivalencia entre la masa y la energía, en el marco de su teoría especial de la relatividad de 1905, y que no consideraba aun a la deformación del espacio por la gravedad. Tal ecuación jamás fue aceptada como un producto serio, pues no derivaba de un proceso de experimentación, ni de matemáticas superiores, las cuales Einstein reconoció que no dominó sin el apoyo de su esposa* y de su amigo Conrad Habicht, sino hasta 1915, cuando formuló a su teoría general de la relatividad, ya con la variable de la deformidad del espacio por la gravedad. En rigor, a “E = MC2”, se le consideró una metáfora, un símil pedagógico para explicar a un público no versado en ciencia, la cual enfatiza que la masa y la energía son una continuidad, que son lo mismo, pero en grados y en momentos diferentes, como cuando las nubes y el hielo son lo mismo; y para aterrizar la explicación didáctica de que, un poco de masa “contiene”, o puede desdoblarse en, cantidades inmensas y exponenciales de energía o, que grandes cantidades de energía “condensada”, dan un poco de masa.

¿Pero por qué al cuadrado? ¿De dónde sacó eso? ¿Por qué la velocidad de la luz? ¿Qué tipos de masa y de energía, y en qué momentos se da la correlación constante?  En realidad, lo que quiso decir Einstein fue que: Un poco de masa equivale a muchísima energía, o como decimos en México: A un chorro, un chingo. 

Ni las dos teorías de la relatividad ni esta ecuación de Einstein fueron utilizadas ni referidas por quienes manipularon con éxito al átomo y a la relación masa-energía, y que ya trabajaban bajo los principios de la relatividad del italiano Galileo Galilei (1564 – 1642), del británico James Clerk Maxwell (1831 – 1879), del austriaco Ernst Mach (1838 – 1916), y del filósofo norteamericano William James (1842 – 1910), así como conforme a la teoría de la Termodinámica de Sadi Carnot – Rudolf Clausiu. Maxwell fue quien planteó que la luz, la electricidad y el electromagnetismo son un mismo proceso, y una misma entidad en momentos y en grados diferentes, en su célebre Dynamical Theory of the Electromagnetic Field de 1865, y fue quien expuso por primera vez que la velocidad de la luz es la mayor posible y que es una constante universal.

Esa lista de científicas y científicos relativistas sin Einstein es: 

El británico William Crookes (1832–1919), quien descubrió al elemento Talio, y la desviación de los rayos catódicos al ser influenciados por campos magnéticos; los descubridores del electrón: el irlandés George Johnstone Stoney (1826–1911) y el británico Joseph John Thomson (1856–1940), Premio Nobel de Física en 1906; y los configuradores del modelo del átomo: el neozelandés Ernest Rutherford (1871–1937), Nobel de Química en 1908, y el danés Niels Bohr (1885-1962), Nobel de Física en 1922, y a quienes curiosamente Einstein despreciaba (“Dios no juega a los dados”). 

Tampoco mencionan a Einstein las decenas de personalidades del siglo XX, quienes desarrollaron a la fisión nuclear, que encabezaron Lise Meitner y Otto Hahn, ni mucho menos las del proyecto “Distrito Manhattan”, que lideraron Fermi, Chadwick, Szilárd, Seaborg, Bohr, Emma Anderson, Katherine Way y por supuesto el gran Oppenheimer. El único científico de la zaga atómica que manifestó admiración por Einstein fue el nazi Max Plank (1858–1947), Nobel de Física en 1918, y creador de la mecánica cuántica, para contabilizar a micro partículas, también criticada por Einstein. Plank reconoció como interesante al medidor de fluctuaciones eléctricas registrado por Einstein en 1908, pero que en realidad fue desarrollado con el matemático suizo Conrad Habicht (1876–1958), con su hermano Paul Einstein, y con su esposa Mileva Maric´s. El medidor fue superado por el del alemán Johannes Geiger (1882–1945) y olvidado.

En este camino sin Einstein, pero de relativismo puro, destacan los matemáticos:  el francés Jules Henri Poincaré (1854–1912), creador de la teoría de la curvatura del espacio; el holandés Hendrik Antoon Lorentz (1853 -1928), Premio Nobel de Física en 1902; el lituano Hermann Minkowski (1864–1909); y el ruso Aleksandr Fridman (1888–1925), cuya integración no fue obra de Einstein, sino del austriaco Kurt Gödel en 1931. 

Por su parte, Hermann Minkowski reflexionó, desde antes de su libro Raum und Zeit (Espacio–Tiempo): “De ahora en adelante, el espacio en sí y el tiempo en sí, están condenados a desvanecerse como meras sombras, y tan solo una suerte de unión de los dos conservará a una realidad independiente”. 

¿Cuál fue entonces el mérito de Einstein, y su ventaja sobre de todos estos científicos? Su elocuencia, su capacidad de divulgar pedagógicamente a un público no científico. Einstein era el mayor reportero en esa era para los avances científicos de principios del siglo XX. Sería, por decirlo así, el Carl Sagan (1934 – 1996) de la época. 

Einstein se graduó como profesor para escuela secundaria, en el Politécnico de Zurich, y no como físico puro o experimental, ni como ingeniero, y nunca fue investigador ni académico en alguna Universidad de renombre. De hecho, siempre fue rechazado para estudiar en la Universidad de Zurich, la mejor de ciencias puras. La otra ventaja de Albert Einstein fue el influyentísimo de su familia judía, cuyo tráfico de influencias le permitió, desde 1902, trabajar en la Oficina de Patentes de Berna, Suiza, gracias a lo cual tuvo acceso a los más avanzados descubrimientos científicos de la época. Y con esta ventaja familiar obtuvo trabajos como profesor particular a grandes burgueses de la época, a quienes enamoró con su impecable pedagogía y con su lenguaje amable.

Einstein aprendió física y matemáticas superiores en esa oficina de patentes, y no en su escuela politécnica, donde lo máximo a lo que tuvo acceso fue a ecuaciones de segundo grado y geometría euclidiana, pero que, como dijo el británico Isaac Newton (1643 – 1727): “Si he visto más, es poniéndome sobre los hombros de gigantes”.

Einstein tuvo el privilegio de dar clases particulares a gente importante, y que debido a su fama de elocuente gran didáctica, pudo convertir en pequeñas conferencias, en las que actualizaba a las élites respecto a los fascinantes avances de la ciencia. 

Entonces, sin mucha trayectoria, pudo publicar en 1905, en Anales de la Física, sus cuatro artículos científicos teóricos que le dieron la inmortalidad. Pero, ¿cómo fue posible, si no dominaba a las matemáticas superiores ni a la física experimental o mucho menos a la aplicada? Pues resulta que su esposa Mileva Maric´ le ayudó.

La serbia Mileva Maric´(1875 – 1948), estudió física y matemáticas en el Instituto Politécnico de Zurich, pero bajó la tutela directa del físico alemán Heinrich Friedrich Weber (1843–1912), un muy rudo profesor del que Einstein huyó, proveniente de la Universidad de Heidelberg, en la que Weber aprendió directamente de los más aburridos y más grandes físicos alemanes del siglo XIX: Gustav Robert Kirchhoff (1824–1887, de la teoría de los circuitos eléctricos), y Hermann von Helmholtz (1821–1894).

A pesar de los permanentes regaños, exigencias exageradas, y desprecios, que Weber tuvo hacia Mileva Maric´, decide recomendarla a la Universidad de Heidelberg, donde ella estudió bajo la tutela del físico alemán Phillip Lenard (1862–1947), Nobel de Física en 1905, descubridor de los rayos catódicos, y el mayor estudioso al efecto fotoeléctrico (el modelo para medir a las ondas electromagnéticas y el principio de que la luz reflejada emite electrones), en continuidad del descubridor del efecto fotoeléctrico, su profesor directo, el alemán Heinrich Rudolf Hertz (1857–1894), y del francés Jean Baptiste Perrín (1870–1948), Premio Nobel de Química en 1926, quien también formuló al modelo del átomo como un sistema solar, base del modelo definitivo Rutherford–Bohr. Y pues estas fuentes de conocimiento no las tuvo Einstein, lo cual comprueba que la mayor parte del artículo Nobel de la Teoría del Efecto Fotoeléctrico, fue de Mileva.

En su libro A la sombra de Einstein, de 1969, Desenka Trbuhovic Gjuric demuestra que, en decenas de cartas familiares, Einstein reconoce que la mayoría de sus teorizaciones hasta 1915, las realizó en conjunto con Mileva Maric´, y que por eso, en 1921, entregó todo el monto económico del Premio Nobel a su exesposa serbia.  

El estilo oportunista de Einstein llega la cenit en 1915 cuando, para ilustrar a su Teoría General de la Relatividad, con la variable de la deformación del espacio por culpa de la fuerza de la gravedad, hace referencia a la muy cambiante órbita de Venus alrededor del Sol, que pudo ser descrita gracias a más de 30 años de registro de diferentes astrónomos, hoy ignorados, en un observatorio argentino, y gracias a que el astrónomo británico Arthur Stanley Eddintong (1882–1944), la pudo confirmar en el eclipse solar de 1919, con sus fotos desde el Golfo de Guinea, en las que se observa que, aparentemente, se modifica la posición de las estrellas alrededor del Sol. 

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